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EL DESTINO CIRCULAR DE LA ARGENTINA EDUARDO TISCORNIA Miembro de la fundación Bariloche ISBN 950-562-710-6 A
Maia, cuya fina intuición crítica A
mi hija Cecilia, y con ella, Y
un recuerdo muy hondo para Federico,
RECONOCIMIENTOS Un libro que trata de describir globalmente una cultura implica observaciones personales, lecturas y una cantidad de influencias que nacen en cambios de impresiones, de ideas y aun de prejuicios. Además lleva como cualquier otra obra, un trabajo invisible que evoca la gratitud del autor. Por eso, estos reconocimientos tienen un espectro más amplio que el habitual, porque evocan recuerdos agradecidos que comienzan con Eustaquio Méndez Delfino quien fue el primero que dio al autor la oportunidad de participar en la compleja máquina del Estado argentino. Su nombre encabeza el de otros hombres públicos que también le abrieron las puertas: Alberto Gordillo; Rodolfo Rosauer; Carlos Aguirre, con quien fue posible una estrecha colaboración cívico-militar y Niceto Ayerra. Esa posibilidad dispensada gratuitamente de ver por dentro a la Nación y a las Provincias, es fuente importante de estas páginas e incluye viejos funcionarios de la Administración que se agrupan con un símbolo de eficacia y responsabilidad en la figura de Alvaro Vizcarguénaga, imagen de los resortes íntimos que han mantenido el país en marcha. Al pasar a la larga lista de interlocutores inteligentes, surge Helio Jaguaribe, hombre civilizado en las más profunda acepción del término, que muy pronto advirtió al autor los riesgos de darle al concepto de cultura una tal amplitud que la hiciera a-histórica, o para usar sus palabras una culturomachia. También son para recordar los diálogos con la gente de la Fundación Bariloche, comenzando con Carlos Alberto Mallmann quien, influencia germinal de esa institución, abrió al autor muchas vertientes reflexivas; Oscar Nudler y sus agudas definiciones; Jorge Sábato, amigo entrañable, experto en mil cuestiones; Fidel Alsina, abierto al cosmos; Juan Carlos Secondi, capaz de levantar montañas; Isabel y Gilberto Gallopin, ecólogos que enseñaron al autor a relacionar el mundo del hombre con el de la naturaleza: José Azulay, que le ilustró sobre la visión poética y Carlos Suárez para quien el Universo es sólo una gran fuente de energía. Todos copartícipes con el autor en la época en que la Fundación era una suerte de Castalia, que no se puede recordar sin nostalgia y que fue dañada por el autoritarismo de nuestra cultura que denuncia este ensayo. Sin orden alguno de mérito, siguen ahora en la libertad de la memoria, algunas menciones específicas, como el recuerdo cálido a José Enrique Miguens, amigo de toda la vida, también de la grey de la Fundación y que como experto en sociología ayudó al autor en sus reflexiones; Arnaldo Musich, que con verba cortante pone las cosas en su lugar; Eduardo Castro Sánchez y Manuel Laprida, capaces de una objetividad poco común en estas tierras y por supuesto Oscar Puiggros, que da siempre la nota analítica certera sobre nuestra realidad incierta. También el autor reconoce en Roberto Rocca la divergencia con sus hipótesis y de allí una fuente de nuevas reflexiones sobre el papel de las clases dirigentes en el desarrollo de una cultura. Muchas veces Eduardo Isaharoff corrigió puntos de vista del autor, enriqueciendo sus perspectivas con observaciones que se originaban en psicología analítica o en los diálogos de Popper con Eccles y que eran suscitadas por largas lecturas de la obra en gestación. El autor quiere hacer explícito también su reconocimiento a quienes soportaron a pie enjuto las reverberaciones y la forzosa e inevitable repetición de su circuito obsesivo, mientras desarrollaba sus hipótesis. Allí, una mención fraterna para Enrique Harriague. Al llegar el libro al borde de su publicación, un agradecimiento muy afectuoso a Alicia Jurado, quien tomó a su cargo la tarea no menuda de conciliar el estilo del autor con la gramática castellana. A Tom Gonda, por su impecable diseño gráfico de las tapas, que introdujo en la obra al menos un atractivo visual, cuidado en su ejecución minuciosa por Lidia Ferram y por Cecilia Massimino. Por supuesto que queda algo muy importante. Es la colaboración silenciosa, sin la cual la obra no hubiera aparecido; la de Graciela Borda, que ordenó la biblioteca del autor y compiló la primera lista bibliográfica del ensayo, y la de Nora Lusardi, que completó el trabajo y pasó el manuscrito ilegible a su perfecta legibilidad. La propia hermana del autor, María Inés, secretaria itinerante e incansable, y por fin, un reconocimiento agradecido para María Vaquera, que mantuvo andando la casa, mientras el autor especulaba. Buenos Aires, Noviembre de 1983.
Una cultura se va modelando con incontables decisiones de cientos de miles de individuos, que actúan ejercitando su libertad dentro de pautas personales y generales que condicionan en mayor o menor grado los límites de su libre albedrío y que van dando una fisonomía identificable a su vida comunitaria. El uso en el párrafo anterior de las palabras libertad y libre albedrío, precisa implícitamente que el vocablo destino en el título de este libro, no tiene connotación determinista alguna. Su ubicación espacial al nombrar a nuestro país y la temporal al poner las fechas 1810-1984, dejan claro que su descripción se refiere exclusivamente a las ocurrencias de una época histórica dada. Al encarar a la Argentina como cultura, el autor hubo de hacer otra elección metodológica: fue la de utilizar el modelo de una historia clínica para describir su evolución en el lapso señalado. El modelo tiene algunos riesgos. Implica una clasificación que es a la vez un juicio de valor. Lo que se va a describir se considera un sistema enfermo. Es decir una entidad cuyo funcionamiento es impropio y contrario a sus capacidades. Se puede inscribir entonces en lo que algún autor llama la indagación insistente de un presunto mal nacional, que es denunciada como pasión negativa autóctona. El autor asume el riesgo de ser calificado como destructivo, porque cree firmemente que lo destructivo es negar una realidad que asoma en las páginas de todos los diarios de los últimos cincuenta años y en la historia desde mucho antes. Este libro no se dirige a los argentinos que prefieren no plantearse cuán precaria y delicada es la salud de la nación, aún cuando no pueden menos que percibir su deterioro. Se dirige a los que coinciden con Konrad Lorenz, que dice que en medicina el conocimiento de las causas de la enfermedad es a menudo más importante que las medidas a tomar para luchar contra ella. Es sabido que frecuentemente, por no ahondar el análisis, esas medidas atacan sólo los síntomas y no el mal en sus causa Este por lo tanto persiste y aún recrudece en la primera ocasión. El autor ofrece el resultado de sus reflexiones a los jóvenes que reciben con escepticismo los panoramas que le ofrece el lenguaje sentimental y, por el contrario, ansían enfrentarse con una descripción honesta de la realidad que han heredado, porque se consideran con energía suficiente para modificarla. Corresponde recordar que está en la tradición de las historias clínicas, remontarse a los más lejanos antecedentes documentados y a sus interpretaciones verosímiles, porque hay debilidades que se transmiten de generación en generación, limitando las defensas de un cuerpo, sea humano o social. Eso explica que esta búsqueda se haya internado en el pasado remoto de nuestra cultura. También es útil tener en cuenta que las historias clínicas de un paciente no abundan en detalles sobre sus cualidades positivas o sus dones innatos, ni se detienen en la descripción entusiasta de sus éxitos. Sí está en su estilo concentrarse con la mayor seriedad posible en el análisis de su patología. Está en el carácter de nuestra cultura la fácil distribución de culpas, diluyendo así la responsabilidad que nos toca en cada nueva desventura y no está entre nuestros rasgos manifiestos la tendencia autocrítica. Cargados de amor propio o pundonor según sea nuestra profesión, reaccionamos ágilmente a toda afirmación que roce la imagen que tenemos de nosotros mismos. Al escribir estas páginas, el autor ha debido necesariamente cuestionar sus ideas pasadas al reflexionar sobre hechos contemporáneos. Esta historia clínica revela una carga considerable de negligencia y frivolidad en los que han participado en muchas de las evoluciones que describe y a dicho autor también le cabe su cuota de frivolidad y negligencia, en acciones y omisiones y en la persistencia en mitos y quimeras, cuyo delirio bien pudo haber descubierto mucho antes. Si condena la falta de defensas de la sociedad frente al autoritarismo, ha de aceptar que sus estudios profesionales de abogacía no lo convirtieron precisamente en un paladín al servicio del derecho y la libertad. En una palabra, no es quién para tirar la primera piedra ni tampoco la última. Este melancólico y tormentoso atardecer de una manera autoritaria de ver el mundo, al que asiste nuestra cultura entera, hace imprescindible acudir a esa gracia del hombre de ser capaz de salir de sí mismo y tratar de verso desde afuera. La amplitud del panorama de esta perspectiva múltiple y esclaracedora, es el privilegio de su especie. Pero en esta tierra tan bendita tiene que volver a aprender a mirar y volver a aprender a escuchar. Es aquí que comienza el mensaje que el autor quiere transmitir a la juventud de su país. Sabe que su generación no es la primera que fracasa en la Argentina. Carlos Pellegrini, probablemente la figura de mayor calidad y lucidez de su tiempo, al finalizar su vida creía que el esfuerzo para hacer un gran país era superior al que podía realizar su generación: ya pervertida y enervada -decía— ... será necesario que surja una nueva que tenga el fanatismo de la libertad. Las generaciones que han gobernado el país desde la emancipación de su tutela colonial, no han tenido nunca por cierto, el fanatismo de la libertad, con la sola excepción de aquella que luchó por la liberación de los pueblos de América. Han tenido, sí, otros fanatismos: el de sí mismos o el de dogmas diversos o el de ser depositarios únicos de la verdad o el del consumo ostensible; en suma, todos los que incitan a la arrogancia y al desdén; a la falta de respeto por el prójimo y que recorren un escenario atroz que va desde el más íntimo y soez atropello a la dignidad humana, hasta el atropello internacional. La invocación a la juventud implica el reconocimiento de los enormes dones que nosotros no hemos atinado a administrar. Significa recordarlos que el camino hacia la humanización —al fin y al cabo un invento del hombre— requiere un aprendizaje y un ejercicio para el cual llega dotado, pero incompleto. El infante recién nacido no reconoce sus manos como suyas. Su mundo no está aún del todo separado de su madre. Esta "'otreidad" ir cobrando un relieve paulatino como las figuras que emergen de la niebla. Crecer, para el individuo o para una cultura, es un lento proceso de discernimiento, una larga tarea de reconocer la unidad en la diversidad y ésta en aquella, es aprender el código de los demás, y no, obligarlos a que aprendan el nuestro. Así el niño o la cultura construye su representación del mundo y del Universo que lo contiene. De ello depende la conciencia da su ubicación en ese mundo de todas las criaturas y en ese Universo de todas las estrellas. La concepción Ptolomeica que ponía a la Tierra en el centro del sistema celeste, asignaba al hombre un lugar que no era el suyo. La revolución Copernicana, quizás la más profunda de las revoluciones de Occidente, lo ubicó a su pesar como debía ubicarlo, es decir como habitante transitorio de una minúscula porción espacio-temporal, en un planeta de edad indefinida, situado en una de las fronteras estelares entre millones de galaxias. Nuestra cultura, periódicamente invadida por despotismos diversos, sigue aún en la concepción Ptolomeica. No hay modernización posible si no salimos de esa oscuridad y pasamos a reconocer la revolución Copernicana, que los despotismos niegan, tan cegados por su propia imagen que no ven el Sol. Existe un campo de información que nutre y enriquece a cada cultura. Es de ese campo que debe partir la reflexión, abriéndolo a todas las nociones para ser capaces de discutirla. Es en ese campo, en el que no existen verdades únicas, donde se aprende que lo más importante del método cartesiano es la duda y que, como dice el gran físico Niels Bohr: Lo opuesto de una afirmación correcta es una afirmación falsa Pero lo opuesto de una profunda verdad puede muy bien ser otra profunda verdad. Entre las generaciones Perdidas, muchas han sufrido persecuciones. Otras han sido bloqueadas por los conflictos de nuestro sistema social o por la desidia de la burocracia. En todos los casos, sólo quedó una inmensa y patética frustración. Este mensaje lleva implícito un misión, no depuradora, ni agresiva, ni tampoco sobrehumana. Es la misión profunda que empieza en la intimidad de cada uno, la que lo hace capaz de aceptar sus errores y corregirlos, la que busca e interroga, la que mira en su derredor y descubre, la que aprende a escuchar. En suma, la que lo prepara para asumir el privilegio de vivir en un país donde aún quedan tierras por labrar, caminos por trazar y ciudades por levantar. Es la misión de conquistar por el derecho lo que se ha perdido por la violencia. Es la que usa la copiosa técnica contemporánea sin embriagarse con sus logros y sin llenarse de soberbia; es la que transforma sus instrumentos en herramientas del conocimiento y se sirve de ellos para aprender y para enseñar, Para transmitir y para educar. Esta tarea no es para un día ni para una noche. Pero hay que empezada ya. Hay trabajo Para todos los hombres de buena voluntad que quieran habitar ti suelo argentino, como dice la letra de la Constitución, ese documento que tiene suficientes previsiones para bien gobernar y para oponer el derecho a los despotismos sin salir de la Ley. No es para un día ni para una noche esta misión, pero muchas reconstrucciones han hecho los hombres sobre ruinas mayores que las nuestras; han necesitado, sí, tesón e inteligencia, unidad de objetivos y suma de esfuerzos. No nos faltan mentes claras ni manos hábiles para tan enorme desafío. Aquí termina el mensaje del autor a la juventud. Con él comienza la historia clínica de una cultura, para que conozca sus propensiones negativas y registre la antigüedad de sus lesiones, tenga un diagnóstico y formule un tratamiento que pueda ser adecuado. De otra manera continuará inevitablemente la repetición circular. La nación no morirá, porque las naciones no mueren. Pero vivirá una vida cada vez más contraída, como las estrellas, hasta ser casi un agujero negro donde la vida sea tan compacta que la opresión la haga insoportable.
Los rasgos que identifican la cultura argentina no surgieron súbitamente, un día de mayo de 1810. Se fueron configurando como las formas de un tapiz desde mucho antes. Individualizar sus hilos y seguir la combinación de su diseño no es tarea estéril, si realmente buscamos claves en nuestro comportamiento.En cada uno de nosotros, las opciones que tenemos hoy y que nos permiten ejercitar la tenue libertad del hombre, también fueron parcialmente tejida por aquellos antepasados que algún día decidieron llegar a estas tierras entre otras posibles, formar una familia y elegir una actividad. En toda su red, aparte del azar, pusieron lo que tenían: inteligencia, sensibilidad, percepción, creencias y temores. Sobre todo, una manera de ver el mundo.culturas tienen una génesis idéntica, sólo que más complejo que la individual, porque las posibilidades combinatorias se elevan a otra magnitud. Hacer el inventario y la relación de los dones y limitaciones que heredamos y el análisis de nuestra propia administración de ese activo y ese pasivo, equivale a un balance patrimonial sin el cual no es posible formular programa alguno. Las características de la monarquía española que decidió la onquista y colonización de América y las del pueblo que las llevó cabo, tejieron algunos densos hilos que marcaron la estructura del iseño de las Indias. Los Reyes Católicos, que habían impulsado la Reconquista de manos de los árabes, legaron a su descendiente Carlos I la primera nación de Europa con una monarquía fortalecida, tanto frente a la nobleza como a los fueros comunales. Con ella también transmitieron la certeza de una fe religiosa, y la misión de guardarla y defenderla de los infieles. Además, le legaron las Indias, descubiertas por Cristóbal Colón sin saber qué había encontrado. Fue hombre extraño, combinación de fe y ensueño; de codicia o ingenuidad; de soberbia y de modestia; de fantasía y cruda ambición. Vivió entre el hechizo y el desencanto, del deslumbramiento a la decepción. Parte en la tierra o en el mar y parte en las nubes. Su historia es ejemplar, porque resume la suerte de los triunfadores en el turbulento e indomable imperio español. Es un modelo cuyos rasgos marcarán formas de conducta que se repetirán en la conquista, en las colonias y en las naciones emancipadas: el denuedo y el coraje; la precariedad del poder y la gloria; la presencia de la envidia y las intrigas, el olvido de los merecimientos, la violencia y la usurpación del mando; la arrogancia y la crueldad; la intolerancia y la improvisación. Del primer viaje volvió Colón con un cortejo de oro y papagayos. Los Reyes lo llamaron: Don Cristóbal Colón, nuestro Almirante del Mar Océano o Visorey y Gobernador de las islas que se han descubierto en las Indias Del segundo viaje volvió con cara macilenta, los ojos hinchados y desaliñado: vestido con unas ropas color de hábito de San Francisco. Del tercer viaje volvió preso y cargado de grillos. El que había desatado los atamientos del Océano, cruzaba encadenado aquel Océano cuyas cadenas había roto, diría Madariaga. Del cuarto viaje volvió gotoso y tullido, casi para morir.Carlos, ya Emperador del Sacro Imperio Romano, conoció a través de su correspondencia con su ilustre súbdito Hernán Cortés, las asechanzas a los vencedores, éste, al describirlo en sus cartas sus logros, puntualizaba que ellos habían sido conseguidos sin ser ayudado de cosa alguna, antes muy estorbado por muchos émulos y envidiosos que como sanguijuelas han reventado hartos de mi sangre.Esta información y otras coincidentes, no hicieron variar la política imperial, cuyo carácter centralizador gobernaba la emigración hacia el nuevo continente. Sólo los súbditos de la corona de Castilla podían pasar a aquellas tierras y comerciar con sus territorios. Como extranjeros fueron considerados a este respecto —dice el especialista J. M. Ots Capdequí— los propios españoles peninsulares no castellanos. Carlos V quiso ampliar el comercio a todos los súbditos de su Imperio europeo, pero su criterio no prevaleció. Sólo en 1596 se aceptó la equiparación con los castellanos a los demás españoles: navarros, aragoneses, etc. 1 En la Recopilación de Leyes de 1680, se recogen estos principios, persistiendo la prohibición para los extranjeros de todo origen. Tan estrecha política inmigratorio, consecuente con la celosa visión imperial, hizo que, al decir del geógrafo López de Velasco, citado por Ricardo Levene, a finas del siglo XVI, la población española en toda América no pasara de ciento cincuenta mil personas. Por otra parte, los que emigraban a Indias lo hacían sin mujeres. De allí que su descendencia fuera mestiza y no todas las culturas indígenas podían transmitir cualidades superiores Carlos V tenía demasiadas preocupaciones en Europa como para ocuparse de los problemas de Indias. La explosión del Protestantismo lo llevó a sucesivos conflictos armados que sólo terminaron con su abdicación. Este rebrote herético provocó el recrudecimiento de la fe y con ella emergió la Contrarreforma, la Iglesia militante que llegó a América. La visión de la Contrarreforma, en las palabras del historiador Vicente Sierra en su libro Sentido misiones de la conquista de América, consistió en dar paso a un espíritu de severidad que purificó las prácticas sacerdotales...eliminó de su seno a los moderados, a los espíritus intermedios y a los conciliadores..., es decir, consolidó la intransigencia del clero y le dio para reforzar su celo, el arma renovada de la Inquisición. Octavio Paz describe otra perspectiva de la Contrarreforma, esta vez vista desde sus consecuencias en América: Entre los acontecimientos que inauguraron el mundo moderno, se encuentra con la Reforma y el Renacimiento, la expansión europea en Asia, América y Africa. Este movimiento fue Iniciado por los descubrimientos y conquistas de los portugueses y los españoles. Sin embargo, muy poco después y con la misma violencia, España y Portugal se cerraron y encerrados en sí mismos, se negaron a la naciente modernidad. La expansión más completa, radical y coherente de esa negación fue la Contrarreforma. La monarquía española se identificó con una fe universal y con una interpretación única de su fe. El diseño de las Indias españolas se hace con: a) una insuficiente población europea casi totalmente masculina y no de la mejor edad. Hernán Cortés había escrito a Carlos V: es notorio que la mayoría de la gente española que acá pasa, son de baja manera, fuertes y viciosos de fuertes vicios y pecados, b) una desequilibrada distribución de las poblaciones en un inmenso territorio; c) con pueblos esparcidos por razones a menudo circunstanciales, y d) una iglesia única y militante que perseguía lo que no fuera su sola fe. Esta estructura impuso un campo de restricciones. Configuró distintas culturas insulares marcando algunos rasgos que se mostrarían indelebles. La descapitalización de Indias, debida al hecho de todas su riquezas minerales fueron exportadas a España durante más de dos siglos, en el período de la mayor producción de oro y plata, agregaba el dato final para denunciar la falta de un programa de desarrollo regional en el extenso imperio. La configuración estructural de Hispanoamérica, fue así decidida por una serie de voluntades cuya visión del mundo era ya anacrónica. Dice Ots y Capdequí: la vieja Edad Media castellana ya superada o en trance de superación en la metrópolis, se proyectó y se continuó en estos territorios de Indias. Tal modelo arcaico sentó costumbres a las que el iluminismo no llegó a conmover. Como ocurre con los seres humano desnutridos en su infancia, las culturas pobremente alimentadas en sus primeros siglos crecen con carencias, cuya corrección es solamente posible aceptando esa realidad y enfrentándola con fría lucidez y cálida energía. El fenómeno conquistador fue un estallido múltiple de hechos heroicos, de vida y de muerte; magia y religión cristiana; mezcla de grandeza y de crueldad, de los quejidos de los sacrificios humanos y de los autos de fe; empresa titánica hecha por puñados de hombres igualmente dispuestos a morir por otro o a traicionarlo; tan valientes como desleales, que se despojaban unos a otros del poder, el mando y las riquezas; dependientes de una monarquía celosa y obsesiva. De esas coronas de gloria e ignominia entretejidas, fueron naciendo las naciones conflictuadas de Hispanoamérica. Las gentes de España, violentas, arrebatadas, heroicas, hicieron las colonias que pudieron. Ortega y Gasset describió así el proceso: La colonización Inglesa fue la acción reflexiva de minorías, bien en consorcios económicos, bien por secesión de un grupo selecto que busca tierras donde servir mejor a Dios. En la española es el "pueblo' quien directamente, sin propósitos conscientes, sin directores, sin táctica deliberada, engendra otros pueblos. Grandeza y miseria de nuestra colonización vienen de aquí. Nuestro "pueblo' hizo todo lo que tenía que hacer: pobló, cultivó, y cantó, gimió, y amó. Pero no podía dar a las naciones que engendraba lo que no tenía: disciplina superior, cultura vivaz, civilización progresista. Hispanoamérica recibió esta herencia y le agregó su propio espíritu. Más tarde, las ansias y las urgencias de inmigraciones tardías. Así crecieron sociedades fragmentadas, puestas desde la primera hora bajo el signo del conflicto, de la confrontación perpetua, de las que surgían de tanto en tanto grupos cerrados que usurpaban primero y usufructuaban después un poder autoritario. El lenguaje era uno de Norte a Sur y de Este a Oeste; con él, el rico legado poético y literario de siglos de oro. El arte religioso, modificado por el candor indígena, fue opulento y barroco. La imaginería, torturada, lacrimosa, a menudo con honda belleza patética. En las piedras, los rastros oscuros de viejos ritos sangrientos y otros luminosos de invocaciones al sol. Toda esta carga sonora y explosiva está en esta parte de América. Discriminarla y analizarla para desactivar sus tendencias nocivas, es tarea inevitable. A título comparativo, vale la pena hacer una breve referencia a las características de la colonización inglesa y europea en América del Norte, porque en ellas hay rasgos que explican su forma de desarrollo posterior. Como primer dato importante, cabe señalar que la emigración a las colonias de América comenzó en las primeras décadas del siglo dieciséis y ya no se detuvo. Los pasiones religiosas y políticas que destrozaron el imperio británico durante todo el reinado de Carlos I —dice Tocqueville—llevaron hacia los costas de América nuevos enjambres de sectarios. La población de Nueva Inglaterra iba creciendo rápidamente y mientras la jerarquía de clases aún distribuía despóticamente a los hombres en la Madre Patria, la colonia presentaba más y más el espectáculo nuevo de una sociedad homogénea en todas sus partes... Las colonias inglesas (y esta fue una de las principales causas de su prosperidad) han gozado siempre de más libertad interior y de más independencia política que los colonias de los demás pueblos... los principios del gobierno representativo y las formas exteriores de la libertad política se introdujeron en estas colonias casi desde su nacimiento. Es también útil comentar que en el siglo XVII no era únicamente en España donde existía intolerancia religiosa; también los protestantes y los anglicanos eran por demás intolerantes. Pero, curiosamente, esta misma intolerancia manifestada en distintas sectas, dio lugar a la pluralidad en el suelo americano. Fue precisamente un teólogo —Roger Williams— quien encabezó un movimiento en Nueva Inglaterra que resultó en la independencia religiosa de puritanos, calvinistas y católicos y que fue el germen de la separación de la Iglesia y del Estado. Al respeto por otras creencias se agregó pronto la libertad de prensa. Sobre ello dice Tocqueville en 1830: Entre los doce millones de hombres en el territorio de los Estados Unidos, ni siquiera hay uno solo que se haya atrevido todavía a hacer la propuesta de coartar la libertad de prensa. Este era un verdadero fundamento de la libertad general, como lo había advertido Hamilton en el Federalista porque estaba asentada... en la opinión pública y en el espíritu general del pueblo y del gobierno. Es decir, en la sólida base de la cultura entera.
La Primera fundación de la ciudad de Buenos Aires por Don Pedro de Mendoza en 1536, apenas fue más que una piedra fundamental. Según Enrique de Gandía, sólo una sucesión de fracasos y desastres que tienen la belleza trágica de las desventuras infinitas. El relato contemporáneo a tan trágica experiencia lo hizo Ulrico Schmidel, un sargento alemán que fue el primer cronista del Río de La Plata...permanecimos reunidos durante un mes en la ciudad de Buenos Aires con gran penuria y escasez hasta que se hubieran aprestado los barcos. Un día llegaron los indios, los atacaron ferozmente y quemaron el lugar. Se despobló la desguarnecida aldea. El Fuerte de Nuestra Señora de Asunción, se transformó en ciudad. Las pampas retornaron su ritmo silvestre, pero con una gran diferencia: el ganado traído por la expedición. Alcides D'Orbigny, en El hombre americano, clasificó las culturas que habitaban el territorio de esta República en la época de la conquista:... Los guaraníes... aunque no carecían de piedras... sólo se construyen cabañas de cañas... Nómade por gusto y por necesidad, el habitante pampeano ... tiene por morada los esteros, donde en cada parada se fabrica un abrigo contra la intemperie, mientras el Patacón, el Puelche y el Araucano de las Pampas, más nómade todavía, no solamente no se construyen casas, sino que se contentan con formar, con la piel de los animales que matan, tiendas que transportan con ellos y agrega: La agricultura —desconocida de los Fueguinos, Puelches, Charrúas y de las naciones del Gran Chaco— estaba en pañales entre los guaraníes, para quienes hasta hoy, voltear árboles, prender fuego, escarbar la tierra más fértil y recolectar constituye todo el arte agrícola. Estas culturas tan primitivas se adaptaban a los incidentes naturales y vivían de sus productos. De vida simple y organización social y religiosa muy somera, sus artesanías eran elementales y su vestimenta inexistente o escueta. Las culturas del norte argentino, que vivían extramuros de la incaica, lograron una elaboración mayor —pero tampoco una civilización—. Ninguna ciudad quedó de su paso por el mundo. En 1580 Garay fundó otro puerto: el de Santa María de los Buenos Aires. La riqueza no eran tesoros escondidos, sino tesoros semovientes —el ganado silvestre— que se había multiplicado en la soledad de la pampa. El fenómeno de su crecimiento fue resultado del azar, porque se debió al abandono de la ciudad fundada por Mendoza en 1536. El azar se integra en las culturas como protagonistas fundamental, que ata y desata los hilos que urden los hombres en sus quimeras. Así entra un personaje de gran importancia en nuestra historia: el caballo. Articulación móvil, da estilo a una civilización y la modela hasta que aparece el ferrocarril, casi tres siglos después. A caballo se pelea la independencia y a caballo se corren los matones por la pampa abierta. Montada es también la conquista del desierto. Las cargas de caballería dan y quitan victorias y retardan la cohesión nacional con montoneras tumultuosas. El ganado orienta la economía y fortifica el poder de grupos cerrados con la exportación de cueros y el contrabando. Se enriquece el comercio y se extiende el pastoreo en la llanura tendida. Las características del campo y del ganado, la distribución del poder y la turbulencia de la anarquía consiguiente, dan claves para entender las largas luchas civiles. Es historia de grandes espacios deshabitados y de grupos siempre en pugna durante cuatro siglos, del siglo XVI al siglo XX. Buenos Aires tiene singularidades que interesa destacar al describirla. Con ellas y las características de los colonizadores ir surgiendo la cultura nueva, muchos de cuyos rasgos quedarán troquelados como invariantes de la historia argentina. Sus comienzos son modestos. Dice Juan Agustín García: En las costas del Atlántico no existió la pomposa corte de los Virreyes del Pacífico, ni el estado económico y social se prestaba para esta corrupción. Faltaba el elemento principal, el dinero, el oro extraído por los esclavos de las minas, las piedras preciosas y la riqueza prodigiosa y fácil del Perú. Buenos Aires era sobria, no por virtud, sino por pobreza. Empero, con menos intensidad, se repetía un hecho que observan muchos testimonios: la actitud que asumía el español llegado a Indias. Cualesquiera fuese su condición, apenas hubiera obtenido alguna tierra y siervos, recomponía la figura señoril medieval y presumía de hidalgo por generación espontánea, que no necesitaba de antepasados ilustres. Como dice sagazmente José Luis Romero los colonizadores se encontraron de hecho o instantáneamente, en una situación de privilegio que el patriciado de las ciudades europeas había tenido que lograr trabajosamente a través de un proceso de señoralización feudoburguesa. Así se configuró tempranamente una división social estamentaria, encabezada por los españoles, bajo los cuales seguían las castas inferiores que terminaban en el negro esclavo. Base de la economía colonial, la tierra había sido apropiada en nombre del Rey por el fundador, quien había repartido entre unos pocos grandes extensiones y las tropas de animales que durante años se habían multiplicado. Este grupo fue el privilegiado, junto con los comerciantes que exportaban los cueros e importaban mercaderías extranjeras en profusión, al organizarse eficientemente el contrabando. Ello haría decir más tarde a Manuel Belgrano de los comerciantes españoles, que su única ambición era comprar por uno y vender por cuatro, con toda seguridad La particular condición de Buenos Aires la hizo así, negociante por instinto, por oportunidad y por codicia. Y el grupo europeo adquirió ambiciones urgentes porque aspiraba a vivir como grandes señores, mandar a los indios, negros y criollos como dice García. Los funcionarios reales estaban allí para procurar el acrecentamiento de la Real Hacienda. Este alto menester no limitaba, por cierto, su propia evolución patrimonial. Los criollos no tenían acceso a la función pública y toda la sociedad se organizó desde el principio en forma rígida y jerárquica. La encabezaba el gobernador y después de 1778, el Virrey. En cuanto a los Cabildos, nada habían conservado de aquellos orgullosos Fueros de Castilla anteriores a los Austrias, que cuidaban de la igualdad ante la Ley, la inviolabilidad del domicilio y la responsabilidad de los funcionarios públicos. En Buenos Aires los cargos municipales eran objeto de subasta pública y por lo tanto no se trataba de un servicio sino de una inversión, que debía lograr un alto rédito para ser rentable. Así se trazan surcos en una cultura desde sus comienzos: un poder centralizado en un gobernador o en el Virrey, que representaban la persona real; una economía oportunista que debía ser rápidamente aprovechada; un régimen monopolice de propiedad de la tierra y un acceso restringido por favor soberano; una burocracia reglamentarista, venal y pretencioso; un poder limitado en los Cabildos que presuntivamente debían ser cuerpo participativo. En Vísperas de la creación del Virreynato un memorial citado por Emilio Ravignani, refleja el resultado de dos siglos de administración colonial en la palabra oficial. Se refiero a las causas del lastimoso atraso en el que se hallan las gobernaciones al sur del Virreynato, del Perú especialmente... los de Tucumán y Buenos Aires, (que) es cierto han crecido en población de veinte a treinta años a esta parte, a causa de la tropa y embarcaciones que han ido y continúan con frecuencia pero por esto no se han aumentado a proporción los intereses públicos, ni los de la Real Hacienda, y por el contrario han crecido en gran manera los litigios, quimeras y pleitos conque se aniquilan y consumen los vasallos, viviendo en una continua dircordia como era notorio... Una invariante que comienza con la conquista, continúa en la organización social de la colonia y persiste a través de la independencia hasta el día de hoy, es la del conflicto, marcado como un rasgo cultural permanente en las historias hispanoamericanas. El conflicto es un signo de vida. No puede existir sociedad libre sin disenso. Y la sociedad cautiva, pronto se angosta y vegeta. Pero el conflicto puede entronizarse en una comunidad en constante discrepancia interna. Así cada manifestación está contradicha y ninguna parte cede su posición antitética. Se llega entonces a una suerte de neutralización de fuerzas contrarias y la marcha de la sociedad se estanca. La forma cultural del conflicto en Hispanoamérica es así, recurrente como la malaria; proclama la intransigencia como virtud, acepta el amor propio como manifestación natural que justifica sus propios excesos y la arrogancia como expresión legítima de la autoridad. Sus frutos no son sino los que han de ser, formas airadas de la competencia, falta de espíritu comunitario, limitada calidad de la vida y una presencia constante de la inseguridad. El elemento nutricio original más importante de una cultura es la combinación de los valores que ha recibido como herencia de sus antepasados y de los cuales parte como capital inicial para buscar su propia individualidad. Por ello es imprescindible, a modo de inventario inicial, subrayar con cierta precisión los componentes de ese tabla de valores que había movilizado a los conquistadores y posibilitado la colonización. Intrepidez hasta la temeridad, denuedo y osadía, temple, entereza, brío y resolución. En algunos personajes, como Hernán Cortés, infinita variedad de recursos. En casi todos tesón y arrojo. Sólo con cualidades así pudo haberse logrado la gesta de atravesar montes, llanuras, bosques y sabanas, en un escenario alucinante, poblado de seres nunca siquiera imaginados; sometidos a picaduras sin fin, a ser desgarrados por bestias desconocidas o acometidos por mil dientes invisibles. De esta herencia salió el lado heroico de la epopeya de la emancipación, el aliento y acometividad de las montoneras, el espíritu libertador que cruzó la cordillera y el atrevimiento de enfrentar jefes aguerridos con tropas sin experiencia. Pero esta turbulencia desató también las pasiones. Víctima de sus propios aciertos, dejó anidar la envidia, la codicia desenfrenada y la arrogancia de mil desplantes. Unidas a una profunda ignorancia, la superstición y el angostamiento dogmáticos, dieron frutos limitados, de pobre sustancia, que no ayudaban a vivir ni a comprender y menos a aceptar al otro en sus propios términos. La rigidez religiosa selló la fantasía y apagó la curiosidad. Cimentó una certeza basada en verdades reveladas y en las palabras de Sierra eliminó... a los moderados, a los espíritus intermedios y a los conciliadores que quedaron al margen del camino. Tampoco la obra legislativa del Consejo de Indias, en su minuciosa reglamentación, fue positiva para crear una nueva visión del mundo. Las leyes eran dictadas para regir un medio inédito que planteaba problemas singulares. A pesar de que emanaban de un gobierno celoso y centralizado, no podían ejercerse sino a través de personeros situados a meses de navegación incierta. Esta inevitable ambigüedad, no podía menos que dar lugar a un denso tráfico de interferencias, sospechas y equívocos, de resistencias y denuncias que distanciaban el derecho del hecho que debía regular. Al llegar los albores de nuestra emancipación, recibimos un legado empobrecido con respecto a los pueblos más avanzados de Europa, que habían tenido toda clase de experiencias, vivido muchas vidas, hablado muchas lenguas y a los cuales poco de lo humano les era ajeno. El Renacimiento italiano con sus ciudades-estado; su rica organización política y comercial, que llevaba a sus mercaderes por el camino de la seda hasta la China; las exploraciones a través de los mares; el portentoso choque de la Reforma; el brillo de las cortes y sus múltiples expresiones poéticas, plásticas y musicales; los descubrimientos científicos; la inacabable variedad discursiva de las Universidades, en una palabra, el múltiple uso de las gracias del espíritu y de la Inteligencia europeas, eran nociones que no llegaban hasta las orillas del Plata. La cultura que comenzaba a formarse, lo hizo con muy pocas referencias, en un campo celosamente vigilado al que se filtraba apenas la pluralidad del hombre. Así, se perfilaron opiniones que sólo conocían un escenario exiguo, que era el suyo y al que tomaban como modelo del mundo. Era el reflejo de un despotismo que ya había dejado de ser ilustrado porque hasta en 1798, ya después de la independencia americana y la Revolución Francesa, Carlos IV, padre de Fernando Vil, prohibió las reuniones en las librerías en las que hubiera disputas y conversaciones subversivas. Y en 1794, en cita de José Barreiro el Santo Oficio procesa en México a Fray Juan Francisco Ramírez por divulgar libros de Voltaire, Rousseau y D' Alembert. En el mismo proceso se califica de erética la constitución de Francia.
Sobre la tendencia conflictiva interna, latente en la colonia, y que recrudecería con la emancipación dice Enrique de Gandia: Son conocidas las diferencias que existían entre los españoles, criollos, mestizos, mulatos, indios, negros y sus innumerables mezclas. Las rivalidades y violencias entre unos y otros, por cuestiones personales, fueron continuos desde los primeros tiempos de la conquista. Las audiencias, los virreyes, los gobernadores y los obispos eran absolutistas y pensaban de un modo muy diferente a los Cabildos, a gran parte del pueblo y al bajo clero. Es por estos motivos que la guerra civil empezó mucho antes de las fechas en que se produjeron los primeros cambios políticos... Entre 1775 y 1810 habían ocurrido en el mundo no-hispánico acontecimientos de extraordinario relieve: la independencia americana y la guerra de liberación de Gran Bretaña (1776-1783); la Convención de Filadelfia y la Constitución de los EE.UU. (1787); la gran Revolución Francesa y la coronación de Napoleón I como Emperador de Francia (1789-1804). De estas influencias, la definitiva para nosotros fue la invasión napoleónica a España, que exilió a la monarquía, puso como Rey efímero a José Bonaparte y creó una acefalía en las colonias de Indias. Mayo fue así una revolución sui-generis, que se desarrolló como en moción lenta. No resultó de una explosión incontenible que siempre amenazara desbordarse. Corporizó anhelos y sentimientos de una minoría que no tenía planes ni proyectos largamente preparados, ni una ardiente ideología que la impulsara. Producto de la oportunidad, se fue improvisando en un campo ambiguo, a menudo violento. V. F. lópez escribió que el gobierno colonial tenía una índole tan benigna y tan honorables habían sido los que la manejaban desde Vértiz hasta Sobremonte, que no se había sentido jamás la necesidad de reclamar derechos o mayores garantías que las que todos disfrutaban y una encendida manifestación de Mariano Moreno, publicada en La Gaceta del l( de Noviembre de 1810, describía los resultados de la vida colonial que sólo había formado hombres que en trescientos años no han disfrutado otro bien que la quieta molicie de una esclavitud que, aunque pesada, había extinguido hasta el deseo de romper sus cadenas. La emancipación significaba romper lazos que de alguna manera habían implicado una forma de estabilidad. Mucho más, cuando debía liberar ataduras tan estrechas que apenas existían los deseos de romperlas. La improvisación resultante enaltece a sus protagonistas, que debieron afrontar situaciones para las cuales ningún antecedente los había preparado. Lograr una nueva estabilidad exigía ... que las manos en los que el poder es colocado continúen por cierto tiempo suficiente escribió Madison en el Federalista. Esta continuidad probaría ser imposible. Los personajes surgían, ocupaban una jerarquía establecida y desaparecían, arrancados por fuerzas adversas. Estilo invariable en Hispanoamérica, cuyo origen está en el cuestionamiento incesante de la autoridad que, a su vez, es Inconsecuencia de tablas de valores confusas, en las que predomina el egocentrismo sobre el interés general y la acción despótico sobre la persona individual. Czosiaw Milocz, al recibir el premio Nobel de literatura de 1980, dijo: cualquiera que ejercite el poder es capaz de controlar el lenguaje y no sólo con prohibiciones de la censura sino también cambiando el significado de las palabras. Un fenómeno peculiar hace su aparición: el lenguaje de una comunidad cautiva adquiere ciertos hábitos duraderos, zonas enteras de la realidad dejan de existir simplemente porque no tienen nombre alguno. La cultura argentina, genéticamente insular, no se abrió plenamente jamás. Múltiples fueron las manipulaciones del lenguaje a las que fue sometida y muchas las palabras olvidadas porque perdieron muy pronto su razón de ser. Entre ellas libertad de expresión. Mariano Moreno escribió en Junio de 1810 en La Gaceta: si se ponen restricciones al discurso, vegetará el espíritu como la materia, y el error, la mentira, la preocupación, el fanatismo y el embrutecimiento, harán la divisa de los pueblos y causarán para siempre su abatimiento, su ruina y su miseria ... Pero a pesar de estas luminosas palabras, en la misma Gaceta (22/04/1811) se publicó un discurso de Deán Funes —hombre también esclarecido— que dice: Nadie debe extrañar que cuando entramos a producir las pruebas que favorecen la libertad de prensa, empecemos por una excepción de la regla. Esta es de los escritos que traten de la religión ... y en el mismo número del periódico se publica un Reglamento cuyo artículo 13 contienen esta paradoja: Para asegurar la libertad de la imprenta y contener al mismo tiempo su abuso se nombrará una Junta Suprema de Censura. En Octubre de 1811 se podía leer en la Gaceta del día 10: La ignorancia hizo, y hará, siempre tiranos y esclavos. Toda administración misteriosa fue y será ignorante, desgreñada, corrompida y tiránica. Todas las verdades son necesarias y útiles a los hombres y todo error les es funesto. Diez días después, a esta manifestación la interpretada el Primer Triunvirato con un decreto sobre la libertad de prensa. Su artículo 1( afirmaba: Todo hombre puede publicar sus ideas libremente y sin previa censura. Las disposiciones contrarias a esta libertad quedan sin efecto. Pero el art. 2( decía: El abuso de esta libertad es un crimen. Su acusación corresponde a los interesados si ofende derechos particulares, y a todos los ciudadanos, si compromete la tranquilidad pública, la conservación de la religión o la constitución del Estado. Las autoridades respectivas impondrán el castigo según las leyes. Con estos principios, el periódico El Censor apareció el 7/06/1812 y fue clausurado por el Primer Triunvirato el 25/03/1813; Mártir o libre de Bernardo de Monteagudo, vio la luz el 29/03/1812 y desapareció el 25/05/1812. La Crónica Argentina salió el 30/07/1816 y terminó el 8/12/1816. Su redactor, Vicente Pazos Silva, ya censurado en su publicación anterior El Censor, fue opositor al gobierno del General Pueyrredón hasta que éste lo expatrió en 1817. En la tradición que arrancaba de 1810 la invariante histórica era la censura a la libertad de pensamiento y de expresión. La cultura naciente, poca ocasión tenía de acceso irrestricto a noticias y novedades. El gobierno tomó desde el Principio como uno de sus derechos, el de filtrar las informaciones. Y el Pueblo, cuyo espíritu general jamás había gozado de libertad de opinión no estaba preparado para ejercitarla, aceptó ese abuso del derecho sin darse cuenta ni deplorarlo. Nuestra cultura nació y creció con esas carencias en su libertad de expresión. Así se acostumbró a la censura y la aceptó como un derecho natural de quienes gobernaban. Cuando en 1810 se retiraron los españoles de esta sociedad tan estratificada, el estrato criollo colocado en el nivel inmediato inferior tomó su lugar y afectó sus maneras al considerarse heredero de su autoridad. Así, cobraron para ellos mismos lo que Gregorio Marañón describe, hablando de la misma época como la idea desmesurada que el español tenía de sí propio..., generando un campo inacabable de conflictos que asolaron la sociedad y comprometieron el éxito de la empresa liberadora. Por esa razón escribió Mariano Moreno en la Gaceta en Junio de 1810: Tengamos menos amor propio; dése acceso a la verdad y a la introducción de las luces y de la ilustración... La nueva organización social se abrió al comercio libre, pero no a la renovación del conocimiento. El anacronismo sería un invariante de su historia, a pesar de su presunta agitación por las novedades importadas y de la modernización sectorial provocada por el crecimiento horizontal de fines del siglo diecinueve. Declarada la Independencia, el Congreso de Tucumán manifestó en Agosto 1( de 1816: El horror a las cadenas que rompimos obró la disolución de los vínculos de la obediencia a la autoridad naciente. El poder, sin reglas para conducirse, debió hacerse primero arbitrario, después abusivo y últimamente despótico y violento... no tardaron en declararse divisiones intestinas; el gobierno recibió nueva forma, que una revolución varió por otra no más estable; sucedieron a éste otras diferentes que pueden ya contarse por el número de años que la revolución ha corrido; y es tal la indocilidad de los ánimos que puede muy bien dudarse si en todas las combinaciones de los elementos políticos hay alguna forma capaz de fijar su volubilidad e inconsistencia. En esta manifestación del Congreso hay párrafos que describen un estilo reiterativo hasta hoy: el gobierno recibió nueva forma que una revolución varió por otra no más estable... y ... es tal la indocilidad de los ánimos que puede muy bien dudarse si en todas las combinaciones de los elementos políticos hay alguna forma capaz de fijar su volubilidad e inconsistencia. El estilo voluble o inconsistente es un rasgo marcado de la cultura argentina. Asimismo las formaciones reactivas que tal conducta inspira. Los cambios no suelen ser otra cosa que retornos —la etimología de voluble es lo que vuelve—. La inconsistencia reduce el peso, la densidad y la fuerza de una política. El balance de la primera década presentaba la siguiente situación: a) dificultades estructurales de origen: una población insuficiente, descapitalizada, mal distribuida en el territorio y una fundamental asimetría de recursos entre Buenos Aires y el interior; b) un nivel medio deprimido, social y económicamente; c) deficientes cuadros de dirección para la paz y para la guerra, divididos y confusos en cuanto a los fines y a los medios; d) guerras y conflictos internacionales y guerras y conflictos civiles al mismo tiempo; e) facciones en pugna por el poder y sucesión de gobiernos inestables; f) violencia frecuente y generalizada; g) configuración cultural fracturada y antagónica; h) censura, información reducida; i) pobreza de referencias, consiguiente falta de términos de comparación y por lo tanto, ausencia de modelos alternativos de desarrollo.
El decenio siguiente permitió al Estado bonaerense reorganizar la ganadería provincial y acumular el poder económico en pocas manos, asegurándose el poder político. Algunas operaciones militares exitosas alejaron a las tribus indígenas e hicieron pasar de 40.000 km² de tierra útil a más de 100.000 km². En 1822, el gobierno impulsado por el ministro Rivadavia, prohibió la venta de tierras. Elaboró la Ley de Enfiteusis, forma de arrendamiento que se pagaba con un canon anual y cuyo monto era un bajo porcentaje del valor de los campos. El objeto de esta ley era promover su explotación, conservando su propiedad para ofrecerla como garantía de préstamos exteriores. La enfiteusis concentró en 85 personas o grupos, la explotación de dos millones quinientas mil hectáreas. Las devaluaciones de moneda por un lado y el inexistente valor especulativo de una tierra no transferible, disminuyeron su valor y por ende el del canon, a montos ínfimos, que a menudo quedaron impagos. Los hábitos de los gauchos, hasta entonces libres e independientes, limitaban la expansión ganadera, por tratarse de una mano de obra poco inclinada al trabajo constante y disciplinado. Un bando de 1815 comenzó a imponerse para procurar una organización del trabajo pecuario. Se castigó entonces a los vagos con levas forzosas. A través de una reforma policial y judicial se puso el orden en la campaña en manos de los hacendados. Así se hizo posible armar grupos semimilitares entre los cuales los más eficaces fueron los Colorados del Monte de Juan Manuel de Rosas. La empresa ganadera, completada con la limpieza de los intrusos, la disponibilidad de hombres de campo y el desarrollo de los saladeros, se fortaleció con el comercio exterior, principalmente en manos de comerciantes ingleses. De esta manera se formó una poderosa clase ganadera y comerciante que tuvo una gran influencia en el gobierno provincial y en la futura consolidación nacional que puso bajo su imperio. Tal evolución hizo decir al diario El Argos en Abril de 1821: Constituida sólidamente una autoridad sobre las ruinas de doce revoluciones en poco menos de un año, de veinte gobernadores en el mismo período, de seis invasiones sangrientas y desoladoras, ha logrado subsistir sin alteración alguna el largo espacio de siete meses.. Buenos Aires no cambió su visión estrecha, pero acrecentó sus ingresos, que nada le inducía a repartir con el resto de las provincias. Estas, agravada su pobre economía artesanal por las importaciones europeas a precios más bajos, comenzaron a languidecer rápidamente. En 1824 se contrato el primer empréstito con Baring Bros. de Londres, que dejó cuantiosas comisiones. El total convenido era un millón de libras esterlinas, de las cuales, deducidas dichas comisiones, amortizaciones e intereses de los dos primeros años, quedaron líquidas, quinientas cuarenta mil libras. El objeto del empréstito estaba bien determinado: construcción del Puerto, fundación de dos pueblos de frontera o instalación de aguas corrientes en la ciudad. Al llegar los fondos a mediados de 1824 no existían previsiones concretas para su utilización sino solo intenciones difusas. Finalmente se creó un Comité que colocó el dinero en préstamo a moderado interés entre comerciantes. Desde 1824 a 1844 no se hizo reintegro alguno ni por amortización ni por interés. En 1844 Rosas comenzó a pagar cinco mil pesos de plata por mes, después de fracasadas las gestiones hechas por Felipe Arana en 1842 y 1843 para cancelar la deuda, cediendo los derechos argentinos sobre las Islas Malvinas. Rosas había afirmado al acceder al poder en 1835, que era necesario recobrar nuestro crédito que esta peligrando en el exterior y hacerlo prontamente para mejorar nuestro medio circulante, cuya depreciación paraliza la industria, perturba la seguridad y prepara el camino a la miseria. Solo en 1857 se concertó un acuerdo de lenta amortización y el pago de su totalidad fue anunciado por Julio Roca en 1904 al pronunciar su último mensaje presidencial. El uso de los préstamos del exterior, planteados para financiar obras públicas, cuya construcción no había sido planeada a tiempo, o que por razones políticas o de escasez de materiales, o simple ineficiencia, no se ejecutaban de acuerdo con las necesidades financieras, fue desde 1824 hasta Yaciretá, hacia fines del siglo XX, una invariante de la administración argentina. Esa ineficiencia es un rasgo cultural que García describe ya en La ciudad indiana: Así desde sus orígenes el sistema financiero de la ciudad se caracteriza por el déficit, el administrativo por la imprevisión. Se administra en forma infantil. Lo necesario cede siempre a lo superfluo. El gesto vano y decorativo, el despilfarro es la idea madre, dominante en el proceso histórico de esta economía colonial. Antes de arreglar algún camino, cegar los pozos que imposibilitan el tránsito por las calles más centrales, atender cualquiera de las necesidades apremiantes no satisfechas, se pagan luminarias, toros y cañas, se atiende a la vanidad decorativa del Regimiento que ocupa su puesto de honor en esas representaciones. Esta peculiaridad administrativa es otra constante de nuestra cultura. Condiciona en el tiempo y en el espacio la producción y administración de bienes y servicios. El área de la economía no está aislada dentro de una cultura y no es un valor desprendido que se pueda activar sólo con leyes o decretos. La ineficiencia de la burocracia argentina participa de los vicios de los sistemas autoritarios, cuyo eje es la discrecionalidad, a la que la red de funcionarios y empleados menores se adapta de mil maneras. Por el temor, la adulación, la complicidad, o el engaño. La cultura insular no provee modelos externos sino durante lapsos cortos, que pronto se interrumpen para volver a fronteras controladas. Las tablas de valores esclerosadas, rechazan las pautas competitivas de países avanzados. El mecanismo burocrático se hace rígido y defiendo su bajísimo ritmo de trabajo, que pobres retribuciones le permite justificar. El usuario no obtiene respuestas administrativas ni tampoco contenciosas, porque el servicio judicial procede de igual manera. La falta de respeto por los derechos de los ciudadanos, a los que se obliga a pagar sus tasas so pena de interrupción de los servicios, es natural en una burocracia que se sabe impune y que sólo reacciona ante aquellos individuos en quienes reconoce un respaldo autoritario. Para estos, el mecanismo funciona con rapidez y eficiencia. En la época de Rivadavia se inició un nuevo ciclo económico. Forbes, cónsul de los Estados Unidos, en una cita de Busaniche, la describía así en su correspondencia diplomática: Todos los sentimientos o inclinaciones políticas están hoy avasalladas por un espíritu de especulación pecuniaria: establecimientos de bancos, compañías mineras, empréstitos públicos, etc. V.A. Beaumout escribió un libro: Viajes por Buenos Aires, Entre Ríos y la Banda Oriental (1826-1827) donde cuenta sus experiencias en el Plata. Entre ellas se refiero a un capitán Head, interesado en un negocio minero vinculado a Rivadavia, que alude a la inestabilidad e incapacidad del gobierno nacional de las Provincias Unidas; los gobiernos provinciales y sus revoluciones súbitas; los celos existentes entre Buenos Aires y las Provincias... Más adelante agrega un comentario que no ha perdido actualidad: Se hace difícil recuperar —por medidas legales— una suma de dinero que se nos deba, y son tan serios los gastos y dilaciones de la gestión, que pocos se arriesgan a ello ... Relata además, que El almirante Brown, a cuya pericia y energía le deben todo, se ha visto obligado a ir a los Tribunales para poder cobrar su sueldo.. Beaumont comenta esta época de la formación de nuestra cultura: El Producto del empréstito europeo se agotó y el gobierno se halla tambaleante, al borde de la bancarrota, apoyado sobre el débil soporte del papel moneda. En cuanto a cual es realmente la ley en Buenos Aires, no pude encontrar uno solo que me lo explicara durante mis diez meses de residencia allí ... Parece un producto muy variado y flexible.. La guerra con el Brasil, cuyo bloqueo empobreció a Buenos Aires, fue una aventura armada en la que la victoria de Alvear en Ituzaingó, no sirvió para otra cosa que un efímero brillo militar. Lo que se ganó en el campo de batalla se perdió en la mesa de negociaciones y significó la pérdida definitiva de la Banda Oriental. Rivadavia y García, su enviado diplomático, aceptaron la independencia de ese territorio, presionados por Gran Bretaña que no consideraba conveniente a sus intereses que un solo país poseyera ambas márgenes del Plata. Hasta hoy muchas otras veces se mostraría igual ineficacia en el manejo de las relaciones exteriores. El Congreso que había nombrado a Rivadavia Presidente de una nación que no existía como unidad orgánica, redactó una constitución unitaria que fue clamorosamente rechazada. El Presidente presentó su renuncia. El mismo Congreso nombró interinamente a O. Vicente López y Planes que llamó a elecciones en las que fue elegido Gobernador de Buenos Aires Dorrego, que había vuelto del exilio. En su primer mensaje habló de la necesidad de erradicar al espíritu de la especulación y esa vergonzosa codicia que se había entronizado en el alma de las transacciones públicas. Dorrego cayó muy pronto. Lavalle, instigado por los unitarios más sanguinarios, lo hizo fusilar. Muerte inicua o inútil que refrendaba la afirmación de Salvador María del Carril: la espada es un instrumento de persuasión muy enérgico y la victoria es el título más legítimo del poder. La ejecución de Dorrego, sin juicio previo alguno, es un signo de la violencia permanente en esta cultura. La ciudad vivía en un estado de interna agitación y desde hace dos días bajo ley marcial, todas las tiendas y almacenes se han cerrado y se han paralizado las transacciones describe Hugo Galmarini. La incertidumbre se decidió en Puente Márquez cuando Lavalle fue derrotado. El liderazgo es transferido a Juan Manuel de Rosas. Terminó así la época del sistema social convulsionado en 1810, con fuerzas parejas, en lucha continua entre sí y se pasó al modelo alternativo del sistema social dominado, único que una cultura comprimida desde siglos podía ofrecer. Una fuerza dominante, centrada en un gran caudillo, administraría los intereses y la violencia. Por un tiempo, algunos podrían gozar de cierta estabilidad. El panorama general de la década 1820-1830 revela la consolidación del orden administrativo en la Provincia de Buenos Aires y el impulso de la ganadería promovido por el gobierno. La Ley de Enfiteusis que había permitido la concentración de la tierra, fue un vehículo eficaz para consolidar la propiedad en las mismas manos. El gran desarrollo ganadero se hizo integrando el comercio, la industria saladeril, la exportación y la importación con el manejo de la cosa pública, lo que hacía posible el orden interior y el enriquecimiento personal. Buenos Aires afirmó su poder en esta forma de oligarquía, común en Latinoamérica, entregándose tierras fiscales a particulares seleccionados, a precios convenientes. Las grandes fortunas que se formaron así, o incrementaron su patrimonio, eran ricas en tierra pero pobres en capital y en mano de obra. Como bien dice Ferns: A diferencia de las comunidades de Europa, la República Argentina no poseía una abundancia de gente a la cual su clase dominante pudiera usar fácilmente en labores útiles... La impropia estructura demográfica inicial desde el imperio español y la descapitalización original, imponían limitaciones cuya solución debió buscarse en el exterior. Como agrega Ferns: la clase dominante de la República Argentina era excesivamente dependiente de comunidades extranjeras para capital y trabajo. Esta realidad es una de las claves más importantes del receso en nuestro desarrollo como cultura.
Para recordar el concepto de sistema social dominado, tal como se usan esos términos en este análisis, diremos que nos referimos a las instancias repetidas en nuestra historia, en la que un subsistema político, económico o militar, ocupa el Estado, legítimamente o por usurpación y domina el sistema social, restringiendo las libertades de los ciudadanos. De esta manera, distintos grupos reducidos, imponen las reglas de funcionamiento a la comunidad controlando las formas de trasmisión del poder. El sistema dominante más obvio, es el encabezado por la figura de un caudillo como en las épocas de Rosas o Perón. El sistema conservador oligárquico, más difuso y menos opresivo, fue manifiesto en el control de la sucesión política. El sistema dominante militar es el más cerrado de todos, debido a la autonomía de su organización y a otros caracteres particulares. A pesar de ser evidente, es menester dejar bien aclarado que las invariantes no excluyen las diferencias que el tiempo introduce en la cultura. La historia es sobremanera dinámica. Hasta las figuras de los caudillos, cuya constante es el peso de la acción predominantemente afectiva de un individuo. Tienen una identificación histórica muy clara. Las masas de Rosas, Yrigoyen y Perón no son las mismas, aún cuando su comportamiento con respecto al líder tenga rasgos comunes. De lo que se trata es de captar a través de las constantes, las predisposiciones negativas que explican la moción circular de la historia argentina hasta hoy. Se rechaza enfáticamente un determinismo inescapable. Pero sólo el reconocimiento analítico de las tendencias, permite una corrección racional capaz de romper el círculo. En una sociedad hay áreas de privilegio que se permiten una apertura. Son aquellas que constituyen o están alrededor del poder. En los demás estratos, la libertad es muy disminuida. La época de Rosas fue el dominio de un grupo cerrado en torno a la figura de un caudillo. Este grupo se consolidó con el acceso a propiedades que ya explotaba en virtud de la enfiteusis, adquiriéndolas a precios muy convenientes. Rosas compensó además a sus adictos (por ejemplo, a quienes sofocaron el levantamiento llamado de Los libres del sur) con una donación de tierras fiscales, de una extensión variable según el grado militar. El total alcanzó a más de dos millones de hectáreas. Dentro de esa forma de acceso a la tierra, el mismo Gobernador había recibido 60 leguas cuadradas después de su campaña contra los indios. Andrés Carretero en su libro La Santa Federación anota lo siguiente: Entre propiedad de la tierra y ejercicio de puestos políticos hubo un proceso de simbiosis ya que si se tenían campos, se desempeñaban cargos políticos y, posteriormente, por desempeñar cargos políticos, se recibían campos. El mismo autor consigna otras características en un extracto del Diario de la Tarde del 18 de Abril de 1842, que describe el ambiente de ese tiempo. La acción transcurre en el teatro ante una nutrida concurrencia. Al levantarse el telón... empezó a aparecerse una hermosa nube, en la que descendía vestido de Fama el señor Lacasa y dio los vivas y mueras siguientes: ¡Viva la Confederación Argentina! ¡Viva nuestro ilustre Restaurador de las Leyes!... ¡Mueran los inmundos salvajes unitarios pardejón Rivera, manco Paz, imbécil Ferrer ... La gran concurrencia federal que había, contestó a los vivas y mueras con el mayor entusiasmo que pueda imaginarse... La ciudad estaba a merced de la Sociedad Popular Restauradora, conocida con el nombre de La Mazorca, grupo parapolicial encabezado por Cuitiño y directamente supervisado por Rosas. Tenía a su cargo una represión a cuyo clímax se llegó en 1840. La latitud de movimientos de estos hombres era muy grande. Su impunidad absoluta. Los efectos del terror, cuando existe, forman parte del equipaje operativo del grupo dominante para acrecentar su poder y obtener una parálisis en la voluntad de los gobernados. Martínez Estrada, en su espléndido ensayo sobre las invariantes históricas de Facundo, dice que el mayor acierto de Sarmiento ha sido advertir que Rosas es el perfeccionamiento técnico de Quiroga. Cita esta frase:... Rosas su heredero, su complemento, su alma ha pasado a este otro molde más acabado, más perfecto: y lo que en él era sólo instinto, iniciación, tendencia, convirtióse en Rosas en sistema, efecto y fin; la naturaleza campestre, colonial y bárbara cambióse en esta metamorfosis en arte, en sistema y en política regular. La novedad de Rosas consiste en que se rodeó cuidadosamente de todas las formas legales, a través de una Legislatura que promulgó las normas que su minuciosa imaginación necesitó para endosar su despotismo. Tan precisa arquitectura resulta de su clara inteligencia y de una fría disposición admirablemente dotada para la crueldad. Rosas es el primer caso de dominio cerrado moderno de nuestra historia. Sólo a modo de enriquecimiento de este relato es útil referir algunas características de la personalidad compleja de este hombre, una de las figuras más interesantes del siglo diecinueve argentino, tal como las describe Busaniche a través de distintos testimonios contemporáneos de su época. Gregorio Aráoz de Lamadrid, que tuvo con Rosas una relación con curiosos altibajos, escribió sobre él: Desde sus primeros años ya Rosas empezó a desplegar su carácter dominador y perseverante, en sus mismos establecimientos de campo... Todas sus órdenes eran bárbaras y crueles y para que sus domésticos y dependientes supieran hasta que punto quería que fuesen obligatorias empezó por hacerlas ejecutar en sí mismo de un modo singular. Así cuenta que infringía voluntariamente sus propias directivas y se hacía castigar sin piedad, dejándose azotar ante todos sus peones. En una conversación con Santiago Vásquez, agente del nuevo gobierno oriental independiente, sostenida en 1835, se refirió a que los gobernantes, Rivadavia, Agüero y otros despreciaban a los hombres de las clases bajas, los de la campaña que son gente de acción. Para evitar problemas causados por la disposición que hay siempre en el que no tiene contra los ricos y los superiores... consideró muy importante... conseguir una influencia grande sobre esta clase para contenerla, o para dirigirla y me propuse —dijo— adquirir esa influencia y toda costa: para esto me fue preciso trabajar con mucha constancia,... hacerme gaucho con ellos hacían, protegerlos, hacerme su apoderado... Estas palabras revelan la sutileza de Rosas y su disciplina. Muestra una personalidad que más allá de facultades simuladoras, es capaz de lograr una identificación parcial, pero absolutamente real con los individuos que pueden consolidar su poder y obedecerle ciegamente. Este rasgo es típico del verdadero caudillo. La maestría de Rosas en todos los afanes del campo y su habilidad consumada como hombre de a caballo, le aseguraron esa aura hagiográfica que acompaña a los hombres conductores de masas. Personifican en ellos todos los valores —muchos de ellos bárbaros— que les pertenecen, logrando una conjunción de raíces mágicas cuya energía es primordialmente irracional. Es así que el valor máximo de la relación del caudillo con sus hombres se cifra en la lealtad. Este centro afectivo liga profundamente, pero distorsiona en forma grave la tabla de valores que requiere un manejo eficiente de la cosa pública. A menudo el leal carece de las condiciones que exige el cargo para el cual su adhesión sin condiciones lo recomienda. Así se puede apreciar la dificultad funcional innata de la organización personalista. A mitad del siglo, el predominio de la vida campesina era completo. No solamente configuraba el eje de la economía, sino que era un factor de gran influencia en la totalidad de la cultura. El campo entraba en las ciudades, estaba en sus calles, en los desiertos que las rodeaban por todos lados. Basta ver las litografías de D' Orbigny, los óleos de Adams o las acuarelas de Pellegrini, para percibir esa honda simbiosis en las carretas, los jinetes arrastrando reses, los carros aguaceros, las escenas de El Matadero o El Saladero. Si el minuet tenía alguna gracia cortesana, el ropaje del Cielito o la Mediacaña encuadraban de nuevo la realidad económica y social. Una litografía anónima de 1835: Hierra en una estancia ilustra la modestia de los establecimientos ganaderos y la litografía de Bacle —que fue perseguido por Rosas y murió en la prisión— con el Ajusticiamiento de los Reynafé y de Santos Pérez en la Plaza Mayor, revela las costumbres de la época. El espléndido óleo de Monvoisin Soldado de Rosas es la estampa del hombre adicto y fiero. La litografía anónima del Negro Biguá de 1845, muestra a este personaje deforme, bufón de Rosas sobre el cual hacía bromas terribles que eran fuente de gran regocijo suyo y de sus invitados. Los óleos de Morel —otra víctima— son también imágenes campestres, como el Mercado de carretas o la Payada en la pulpería. La violencia era parte del panorama habitual. Antigua la fraternidad del gaucho con la sangre que salía apresuradamente, libre de su presión interna, al matar la res. No eran sorprendentes los procedimientos de la mazorca, sino sólo aterrorizadores ... invariante psicológica fundamental, pues el miedo es "morbus que prospera", disciplinando los ánimos de los pueblos para que soporten cualquier tropelía cuando está respaldada por la fuerza..., según dice Martínez Estrada. Ese miedo suelto por la calle y los caminos, que condiciona una cultura, es el que inspira Amalia o las escenas de Eduardo Gutiérrez. Acompañamiento obsesivo, pegajoso como la humedad, perturbador y constante, acostumbra a los pueblos a convivir con él porque se incorpora a la vida cotidiana. La convivencia que se desarrolla en tal campo de recelos y delaciones, se hace temerosa, caviladora, ensimismada. Estos rasgos repetidos día tras día y año tras año, se van incorporando a la cultura y reaparecen en las épocas de persecución, recurrentes en nuestra historia. Los sistemas dominados rodean al caudillo, hacen suyos a los enemigos y concentran la agresión latente que alimenta sus frustraciones, en invocarlos y denunciarlos. Así se tajo una trama densa y sucia de sospechas, de reticencias y de espionaje que enferma la vida de la ciudad toda. El lenguaje recibe enseguida una carga de silencios y medias palabras, de miradas azoradas y gestos vagos, que van generando un clima ominoso del que es imposible escapar. Los exilios forzados interrumpen carreras a veces brillantes, como ocurrió con la generación del 37: Esteban Echeverría; Juan Bautista Alberdi; Juan María Gutiérrez; Marco Avellaneda: Carlos Tejedor; Félix Frías; Bartolomé Mitre y Domingo F. Sarmiento, que unieron su juvenil entusiasmo tras las ideas del fogoso Dogma Socialista. Era la juventud que en las palabras de Echeverría por su edad, su educación, su posición, debía aspirar y aspiraba a ocuparse de la cosa pública. Esa generación del 37, con sus ideales y su hondo fervor que se preguntaba ya en 1838 ¿Cómo reanimar esta sociedad en disolución? perdió sus mejores años en el exilio. Algunos, como Avellaneda, fueron ejecutados, otros, como Echeverría, murieron jóvenes; el resto, los sobrevivientes, postergaron su capacidad y su vocación pública, combatiendo cada uno a su manera desde donde pudieron. la cultura se conformó con valores estrechos, cuyos protagonistas y voceros cambiaban con frecuencia, conservando sólo el mismo lenguaje, invocando una patria y una bandera a la que cada individuo que mandaba agregaba sus propios colores invisibles, usando iguales palabras para justificar medidas contradictorias. Este ritmo discontinuo no permitió ningún cursos honorum. Sólo excepcionalmente o en —épocas muy especiales, existió la posibilidad de ir aprendiendo en el camino de la vida pública. Cuando la sociedad está dominada y se pone un punto final a la convulsión, el grupo encaramado al poder, deja sólo a sus allegados y los fieles, el acceso a la función pública y a sus prebendas y beneficios. Esta posibilidad restringida erige una valla eficaz frente a todos aquellos a los que el poder excluye. Los grupos dominantes que se irán sucediendo en la historia de la República, tendrán características que se repetirán con nombres y estilos diversos pero dentro de una misma trama. El denso tejido de adhesiones e intereses que liga a los partícipes del poder se manifiesta en un "esprit de corps" y a menudo en una complicidad, como me dio de defensa natural hacia las eventuales amenazas extragrupales. Ello favorece inevitablemente distintas formas de abuso y corrupción, y crea un régimen con sus propias reglas que establece jerarquías internas formales e informales, con sus particulares escalas de premios y castigos. La pertenencia al núcleo cerrado y su natural consecuencia, que es su régimen de excepción, augura a sus miembros una cierta impunidad frente al conjunto de normas a las que responden los extraños al núcleo. Esta invulnerabilidad relativa con respecto a los códigos generales, no existe para los códigos internos, a menudo altamente discrecionales y jerarquizados. Es inevitable que un ambiente de realimentación endógena, dé una perspectiva egocéntrico a los individuos más prominentes del grupo y una eventual megalomanía en los caudillos o en sus voceros más destacados. Se va así perdiendo, más o menos rápidamente, el contacto con la realidad. Cuando la crítica exterior no se puede controlar, se la combate, atribuyéndola a presuntos complots y se señalan como enemigos de la sociedad entera a los que amenazan a su grupo dirigente. En el caso específico de Rosas, estas características se muestran abiertamente. Su modernidad, debido a la existencia, aunque precaria, de una estructura legal y administrativa, adelanta rasgos que se encontrarán en los demás regímenes autocráticos de nuestra historia. El federalismo de Rosas fue sólo una bandera y no una ideología. Otro tanto fue su defensa de la religión católica, que asumió por razones políticas y no por fe en sus dogmas y principios. Si hubiera tenido respeto por la Iglesia no hubiera permitido su retrato en los altares. Otro tanto puede decirse de su manipulación con respecto al personal eclesiástico. La negativa del caudillo a redactar una constitución desconcerté a Ferré y a López. Ella fue congruente con la oposición a la apertura de los ríos y puso en evidencia las resistencias de Buenos Aires a despojarse de sus privilegios y dejar de crecer a expensas del país. La cultura argentina se orientó dentro del estrecho margen que el terror y la zozobra dejaban a los ciudadanos. La incertidumbre provocada por las guerras, las consecuencias de los bloqueos y los costos militares, no facilitaban la vida cotidiana de los miembros más desprotegidos de la sociedad, sobre los cuales recaía un mayor peso de desventuras. Los emigrados vivían en el exterior, privando de su contribución a un país que sólo podría adelantar en libertad. Este esquema inaugurado por Rosas volvería a repetirse en diferentes experiencias. La repetición de épocas convulsionadas que terminan en épocas dominadas, para que al debilitarse ésta se vuelva a la convulsión y así sucesivamente, ha sido continua en la historia de nuestra cultura. No pocas de las fracturas de nuestra sociedad son causadas y a su vez causantes del estancamiento argentino como civilización moderna. Entro 1838 y 1849 los franceses primero y una alianza anglofrancesa después, había bloqueado los accesos a Buenos Aires, y se había batido contra una resistencia heroica de los argentinos. Mansilla en la Vuelta de Obligado, Thorno, Alsogaray y otros, evidenciaron que las raíces del coraje no se habían perdido. Esta inútil contienda estuvo en buena parte alimentada por los unitarios exiliados en el Uruguay que, sin fuerzas para pelear contra Rosas, trataban de conseguir ayudas extranjeras. También influía, desde luego, el espíritu ambicioso de Francia e Inglaterra que, afanadas por ampliar sus márgenes comerciales, no vacilaban ante las más crudas formas de la coerción armada. La actitud de Rosas en esta ocasión mereció las alabanzas del General San Martín, que le legó su espada como reconocimiento a la defensa de los derechos argentinos. En lo que se refiere a la economía del tiempo de Rosas, Miron Burgin dice:... En realidad, poco cambió la economía del país durante los veintidós años de casi ininterrumpido gobierno federal. Lo explica al mencionar la estabilidad en la composición de sus productos y se refiere a la insuficiencia industrial, que fue ineficaz para satisfacer las necesidades de la provincia durante los bloqueos anglofranceses. Agrega una acotación que parece familiar: los industriales nativo: aprovecharon las alzas de los precios, pero hicieron poco o nada para acrecentar la producción o mejorar su calidad. Cambió sí, comenta Burgin, la distribución de los ingresos, al incidir los mayores gastos de la guerra en una disminución de los sueldos y salarios de las clases inferiores, como resultado de la inflación y de la contracción de los egresos del Estado. Los grandes terratenientes, en cambio, impedidos de colocar sus producciones por la merma del comercio exterior, acrecentar su ganado y su patrimonio se capitalizó aún más. La unidad nacional que los defensores de Rosas —en realidad, ideólogos del sistema social dominado— anotan como uno de sus mayores méritos al haber hecho posible la consolidación nacional posterior, es descripta así por María Sáenz Quesada: En la Argentina de 1852, los odios y recelos separaban no sólo a porteños y provincianos, sino también a correntinos, entrerrianos, tucumanos y santiagueños, jujeños y salteños y así sucesivamente. Tales recelos constituían un importante obstáculo para la unificación nacional.
El 1( de Mayo de 1851, el General Urquiza, gobernador de la Provincia de Entre Ríos y lugarteniente de los ejércitos federales de Rosas, el que más le había servido y más se había ensangrentado contra los "salvajes unitarios", dio el grito de insurrección contra él, las memorias de Benito Hortelano, un contemporáneo de ese tiempo citado por Busaniche. Lo que Busaniche califica como la inexplicable indiferencia con que Rosas veía aproximarse la catástrofe de que sería víctima pocos meses después, culminó con la derrota de Caseros el 3 de Febrero de 1852. Rosas y su hija, acompañados por el encargado de negocios británico Mr. Gore, se refugiaron en la fragata inglesa Locust, en la que partieron para Gran Bretaña. Urquiza cobró entonces su ubicación singular en la cultura argentina. Figura de caudillo clásico, con todo lo que ello significa en el fondo y las formas de la conducción de los hombres en su relación instintiva como fuente real de su autoridad, tuvo una lucidez de hombre de estado nacional, que Rosas no alcanzó nunca. Concibió la nación como un organismo que debía ser regido por normas consensuales y se propuso procurar su promulgación. La tarea fue sólo posible formalmente. La estructura económica del país —dice José Luis Romero— caracterizada por la concentración de la propiedad raíz, se oponía a la organización de una verdadera democracia. Si Sarmiento pudo decir que el caudillismo se derivaba del reparto injusto de la tierra, la suerte posterior de la democracia argentina podría explicarse de modo semejante. Yo no espero que la casa se venga abajo. Lo que espero es que deje de estar dividida diría Abraham Lincoln en 1858. Otro tanto podría haber dicho Urquiza en 1852. Nuestra casa tampoco se vino abajo, pero estuvo dividida materialmente diez años y en la realidad, de hecho sigue dividida hasta hoy. Pero esa primera década entre Caseros y Pavón fue especialmente penosa para el interior. Ilustra con caracteres nítidos dos rasgos fundamentales de la cultura que se estaba forjando: el que originaba la estructura asimétrica en recursos entre Buenos Aires y los trece ranchos, como despectivamente se denominaba a las provincias desde el puerto y la actitud pasional y egocéntrica de los dirigentes porteños. El hecho geopolítico de la influencia de Buenos Aires, pudo haber sido corregido por una decisión razonada, fuera de la estrecha perspectiva desde la cual los grupos gobernantes de la ciudad veían al país. Si por una parte podía concebirse a Buenos Aires como la capital biológica —que así la llama Canal Feijóo—, las malas formaciones biológicas también son susceptibles de corrección. Ella fue entrevista y planteada más de una vez por los espíritus lúcidos que reclamaron una nueva capital en otra parte del territorio. El comportamiento de Buenos Aires entre Caseros y Pavón fue prueba ejemplar de una cultura ensimismada. En una visión sólo atenta a sus propios intereses, le permitió apropiarse sin remordimientos del producto del ingreso y egreso de toda mercadería. En vez de ser puerto y llave de un país en desarrollo, prefirió serlo de un territorio más reducido, administrado como un patrimonio familiar. Con esta política revivió el modelo convulsionado, impulsando una dialéctica conflictual que lesionaba todo intento de consolidación. Ninguna de las provincias pudo concertarse armónicamente en un sistema económico general. Apenas liberados del despotismo de Rosas, diferentes corrientes porteñas comenzaron sus desacuerdos con Urquiza. Por un lado, los unitarios que volvían del exilio y que objetaban el federalismo proclamado; por otro, los grandes terratenientes enriquecidos que se oponían a la nacionalización de la aduana. En general, toda la opinión sensible a la perspectiva de perder la hegemonía recelaba la presencia de Urquiza. Desde Valentín Alsina, autonomista recalcitrante, hasta Mitre, que era el único que tenía muy clara la necesidad de la unión nacional, aunque dirigida por Buenos Aires. El Acuerdo de San Nicolás firmado por el gobernador Vicente López y rechazado después por la Legislatura, mostró en las palabras de James Scobie que: La perturbación, visible en todas partes y mencionada por todos los observadores, era empero, más profunda que el mero resentimiento porteño contra Urquiza o la resistencia de los legisladores de la Provincia contra el Acuerdo. Al final sería quizá necesario recurrir a la fuerza militar para desalojar a Urquiza y a sus tropas de la posición dominante que ocupaban en Pelerina. El 10 de Junio (de 1852) se formó un comité de emergencia para hacer frente a esa eventualidad y se forjaron planes iniciales con el fin de conseguir fondos y pertrechos. Cuarenta años de guerras interiores no habían dejado experiencia alguna en los argentinos. Esta incapacidad de nuestra cultura para aprender seguiría siendo una constante de su historia. La pasión se difundía por todas las poblaciones de la provincia y la ciudad entera incubaba una rebelión armada para conservar privilegios que se consideraban inalienables. Así fue el prólogo del golpe militar del 11 de setiembre de 1852, aprovechando la ausencia de Urquiza y las escasas fuerzas de la Confederación. La legislatura que había sido disuelta por Urquiza, se reconstituyó, desconoció la autoridad del caudillo y nombró al General Pinto gobernador de la provincia. De aquí en adelante, en altibajos que culminan en Cepeda y terminan en Pavón, una situación virtual de guerra se estableció entre la Provincia de Buenos Aires y la Confederación, que mal o bien, trataba de consolidar una unión federal. Guerra económica que empobreció a las provincias, ya pobres de por sí, que llevó consigo golpes de estado y choques armados en el interior y luchas abiertas entre Urquiza y las milicias de Buenos Aires. Fueron diez años convulsionados que renovaron episodios de muerte y miseria, revelando una vez más la tendencia a perseverar en la inmadurez. La cultura alentaba la preservación de una adolescencia perpetua, que con recaídas y esperanzadas convalecencias, seguiría su curso circular durante el siglo siguiente. Urquiza, por su parte, mantenía un equilibrio inestable como Presidente de la Confederación. Trataba, con su habilidad intuitiva de caudillo, de preservar la paz entre las provincias del interior, moderando los celos mutuos de los grupos gobernantes y atemperando los apetitos de los aspirantes al poder. El acontecimiento jurídico fundamental después de Caseros fue la Constitución de 1853, a pesar de todas las críticas que se le pueden formular y que explican la forme ]imitada de su acción real en la historia posterior del país. Fue una carta en cierto modo improvisada, redactada con inspiración de variados orígenes como las Bases de Alberdi, la constitución americana, la constitución suiza, los antecedentes constitucionales de 1819, 1826 y el pacto federal de 1831. No nació del análisis profundo de la realidad argentina en forma tal, como para que sus diferentes aspectos hubieran tenido ocasión de ser discutidos. No fue tampoco una regulación que merezca un juicio como el de Charles Beard, cuando describe la constitución americana como un documento económico diseñado con habilidad superior por hombres cuyos intereses patrimoniales estaban en juego y que, como tales tenían una correspondencia directa o indudable, con intereses idénticos del país en general. >En las palabras de Carlos Sánchez Viamonte: Los debates del Congreso General Constituyente no son muy ilustrativos ni explícitos con respecto a los fundamentos en que el Congreso apoyó la sanción de los cláusulas Constitucionales, de tal manera que sólo excepcionalmente pueden servir de fuente interpretativa. Alberdi veía con claridad las dificultades y había señalado los objetivos. En las Bases describe al tipo de hombre que necesitaba Sudamérica, como aquel instruido en las artes y ciencias, auxiliares de la industria, formados para vencer al grande y agobiante enemigo de nuestro progreso: el desierto, el atraso material, la naturaleza bruta y primitiva de nuestro continente. Proclamó también a la industria como único medio de encaminar la juventud al orden y afirmó que en nuestras condiciones gobernar es poblar. Esta doble apelación a corregir la deficiente estructura demográfica colonial y a desarrollar las artes y ciencias que la Revolución Industrial había desatado en Europa y América del Norte, fue desoída u oída sólo en parte. Se tomaron de sus opiniones algunas operativas, que pasaron a la Constitución, y que fueron eventualmente desconocidas, pero la lucidez de sus análisis de fondo se pasó por alto. En la realidad argentina la división de poderes sólo funcionó excepcionalmente. La tendencia autocrática que dio estilo a la cultura, hizo predominar en forma definitiva al Poder Ejecutivo. En cuanto al Poder Judicial, muy excepcionalmente estuvo a la altura de su responsabilidad de restablecer con sabiduría los equilibrios perturbados.
La consolidación del poder en Buenos Aires tuvo consecuencias políticas y económicas que acentuaron los problemas estructurales de la cultura en formación. La influencia más importante fue la forma de apropiación de la tierra, que persistió en el estilo restrictivo que se impuso al modificarse el régimen de enfiteusis. Los estudios e investigaciones sobre este tema, coinciden en señalar las consecuencias de la forma de distribuir las tierras y prestan unánime atención al proceso ocurrido en Buenos Aires. Sea Horacio Giberti con su Historia de la Ganadería Argentina, James Scobie con su elocuente descripción de la Historia Social del Trigo 1860-1910 a Aldo Ferrer en su Tratado de Economía Argentina. Scobie dedica un largo párrafo a esta lucha y dice... el inmigrante agricultor y el pequeño chacarero encontraron muy poco estímulo en la política y legislación de tierras argentinas. La tierra era la riqueza fundamental del país, pero la incompetencia de los gobiernos y la rapacidad de los políticos y especuladores habían entregado ese potencial a la propiedad privada cuando casi no tenía valor. La mayoría de los terratenientes adoptaron una actitud pasiva hacia sus posesiones y con frecuencia las dejan abandonadas. Esperaron que el gobierno eliminase la amenaza de los indios, que el capital británico construyese ferrocarriles, que los administradores irlandeses o ingleses aumentasen su stock ganadero, que los aparceros italianos levantasen las cosechas. Su espera fue ampliamente recompensada, pues el valor de sus extensas posesiones ascendió, de varios pesos por km² a valores del tenor de cientos de miles o aún millones de pesos en medio siglo. Cuando la agricultura demostró el valor de esas tierras, el agricultor ya no podía ser dueño de ellas. Aldo Ferrer puntualiza otras consecuencias y aspectos del problema de la tierra: La política de distribución de las tierras públicas, particularmente en la Provincia de Buenos Aires, llevó a una rápida distribución de la mayor parte de las tierras de la región pampeana entre reducidos grupos de personas. Hacia 1840, las ventas a particulares de las tierras arrendadas bajo el régimen de enfiteusis durante los gobiernos de Martín Rodríguez y Rivadavia, en la década de los años 20, había sido la causa principal de la apropiación privada de 8.600.000 Has. El número de titulares de estas tierras ascendía a 293 personas, lo que arroja un promedio de casi 30.000 Has por propietario. El usufructo gratis de las tierras ubicadas más allá de la línea de frontera —en virtud de disposiciones legales de 1857— y su posterior entrega en propiedad, enajenó del dominio público otras 3.000.000 Has. de la Provincia que fueron adquiridas por poco más de 300 personas. Si se suman a estas ventas de tierras públicas distintas concesiones gratuitas otorgadas principalmente en premio a los méritos militares en la lucha contra el indio, la apropiación territorial privada en la Provincia de Buenos Aires alcanzó a alrededor de los 12.000.000 de Has. Hacia mediados del siglo XIX se había consumado el proceso de apropiación privada de las tierras más fértiles y motor ubicadas de la región pampeana. De las tierras que componen la zona pampeana húmeda, la mayor parte estaba en manos de grandes propietarios territoriales. La ocupación jurídica de estas tierras se había consumado en gran medida hacia 1860, cuando la economía del país se entronca decididamente en la economía mundial y comienza la etapa de la economía primaria exportadora. Esta expansión asimétrica de la riqueza agropecuaria agravó las diferencias de Buenos Aires y el interior y la concentración en pocas manos dotó de una capacidad de presión política y económica considerable a la Provincia que se había apoderado de la Nación. Aunque de una manera diferente —cada cultura desarrolla un esquema particular— se repetía en la Argentina el modelo general latinoamericano de distribución de bienes raíces. La tierra era un bien apetecido por su abundancia creciente al expandirse las fronteras y por la persistencia de los valores sociales y de prestigio asignados a su posesión desde tiempos inmemoriales. Pero la relativa rigidez de los límites debido a la amenaza indígena, condujo a sobrecargar los campos, de allí que las haciendas que aumentaban necesitaran tierras nuevas. Cuando comenzó a llegar la inmigración, la tierra disponible ya estaba apropiada. El resultado fue que, a pesar de la notoria vocación rural de muchos inmigrantes, el 75 % convergió en los centros urbanos. El resto, que fue al campo, tuvo escaso acceso a la propiedad de la tierra y se ubicó en ella, ya temporariamente para recoger las cosechas y volver a su país, o en carácter de arrendatarios. Aldo Ferrer resume así las consecuencias del sistema restrictivo de apropiación de la tierra: El régimen de tenencia impidió, pues, que la producción agropecuaria se apoyara básicamente en una poderosa clase de productores medios, con unidades de explotación de una dimensión tal que hubieran permitido la utilización creciente de la técnica y la maquinaria agrícola con el consiguiente aumento de la productividad y los ingresos. Es así como el grado de capitalización del sector agropecuario se vio limitado por la vulnerabilidad de los pequeños propietarios, de los arrendatarios y de los medieros, cuya capacidad crediticia era exigua y a menudo sólo alcanzaba al almacén que le entregaba mercadería a pagar con altos intereses al levantar la cosecha. En cuanto al crédito bancario, la falta de garantías les vedaba el acceso. En la misma época -1862- en los EE.UU., la Homestead Act., dictada en la Presidencia de Abraham Lincoln, procuró extender la propiedad de tierras laborables a los inmigrantes. En la Argentina, verbalmente dispuesta a crear colonias, la ineficiencia y la desidia de sucesivos gobiernos conspiraron contra una distribución eficaz de la inmigración. Las tentativas de organizar la mano de obra que llegaba del exterior representaron, con algunas excepciones, sólo diferentes formas de fracaso, que nada hicieron para una correcta orientación de la masa inmigratoria que acudió al país. Las carencias estructurales de la cultura, instaladas desde sus orígenes coloniales, no fueron corregidas con la afluencia de extranjeros. Estos llegaron a una sociedad lo bastante inflexible como para ser incapaz de aprovechar el rico caudal de experiencia y humanidad que se les ofrecía, en un espontáneo acto de ilusión. La guerra hizo un alto después de la batalla de Cepeda, del que resultó el Pacto de San José de Flores. La transitoria paz a la que se había llegado, culminó en la convención constituyente que tenía por objeto reformar la carta de 1853. Dice Scobie: La reforma de la Constitución de 1853 trataba de proteger los derechos porteños en cuatro puntos vitales: ubicación de la capital, soberanía de la provincia, predominio económico y relaciones exteriores. Estos eran los problemas constitucionales que habían separado durante ocho años a las Provincias de Buenos Aires. Los dirigentes porteños habían tomado la determinación de que Buenos Aires no renunciara a sus privilegios sobre estos puntos, al entrar a formar parte de la Nación Argentina. El espíritu exclusivo de Buenos Aires mantuvo su intransigencia. La Confederación tenía su tesoro exhausto. La casa siguió dividida. Bartolomé Mitre fue el siguiente gobernador y después de la ambigua victoria de Pavón, Presidente de la República. Pavón terminó la guerra pero no unió al país, sino que en un federalismo unitario regenteado por Buenos Aires, que se había apresurado a afianzar su dominio sustituyendo a todos los gobernadores provinciales que no le eran adictos y llevando una guerra despiadada entre los últimos caudillos como el Chacho Peñaloza, que fue decapitado y su cabeza expuesta en una pica. Sarmiento escribió entonces al Presidente: No sé lo que pensará de la ejecución del Chacho. Yo he aplaudido la medida precisamente por su forma. Sin cortarle la cabeza a aquel inveterado pícaro y ponerla a la expectación, las chusmas no se habrían aquietado en seis meses. En aquellos tiempos turbulentos de la República, no era fácil saber dónde estaba la civilización y dónde la barbarie. Mitre, por su parte no aprobó esta ejecución. Así se configuró una política liberal abierta económicamente al exterior pero cerrado políticamente al interior. El sistema que se instauró en 1862 mantuvo en un círculo controlado el uso y el traspaso del poder hasta 1916. Entre 1862 y 1880 hubo un período convulsionado que fue resumido por el Senador Nicasio Oroño en la Cámara: Desde Junio de 1862 hasta igual mes de 1868, han ocurrido en las provincias ciento diecisiete revoluciones, habiendo muerto en noventa y un combates cuatro mil setecientos veintiocho ciudadanos. En la exigua población de entonces, el porcentaje de muertos en distintos episodios de guerra civil era desusadamente alto. Con la melancólica cita de Oroño, conspicuo político liberal, termina la excelente historia que José Luis Busaniche dejó inconclusa al morir. El conflicto llevado a sus últimas consecuencias persistía en el estilo de la cultura. El acontecimiento exterior más notorio de la presidencia del General Mitre fue la Guerra del Paraguay, que comenzó en 1865: En veinticuatro horas en los cuarteles, en quince días en campaña, en tres meses en la Asunción dijo el Presidente en un rapto de entusiasmo. La guerra duró cinco años, fue terriblemente cruenta y sembró la más pavorosa miseria en el heroico suelo paraguayo. A la Nación Argentina le costó una enorme cantidad de dinero, cuya deuda heredaría Sarmiento. No tiene mayor sentido extenderse en la descripción de este acontecimiento. Sí vale la pena señalar que fue una marca importante en la larga serie de desaciertos en el manejo de la política exterior, atándonos a un aliado —el Brasil— mucho más allá de lo conveniente para nuestros intereses. En las últimas décadas del siglo XX sigue como invariante el error en la percepción de los problemas internacionales. Si la guerra del Paraguay, a pesar de las ganancias territoriales, fue una catástrofe y la violencia interior siguió rampante, ello no obstó al florecimiento de los principios liberales que se manifestaron en el desarrollo de las comunicaciones ferroviarias. La ley Mitre 5315 otorgaba tierras y garantías a los inversores, asegurando exenciones impositivas. Ello aseguró el acceso rápido de los productos primarios al exterior y configuró un paso muy importante en la modernización económica del país. Las inversiones fueron casi totalmente británicas. El comentario de Ferns resulta por demás ilustrativo: La religión de la comunidad argentina, sistema educacional, la estratificación social y la escala tradicional de valores predisponía a sus elementos articulados a basar su poder en la propiedad raíz, en oficios políticos y militares y en un número limitado de actividades comerciales. A esta altura de la historia la propiedad y conducción de la complicada empresa financiera, de transportes o industrias, provocaba escaso interés en los grupos nativos dominantes. En 1865 se distribuyeron fondos en las provincias para educación primaria. En el lapso 1862-1868 se asignaron a este fin 56.739 pesos fuertes. El costo de represión de las montoneras para consolidar la unidad nacional con una indiscutible supremacía bonaerense, fue mayor. Insumió 3.500.000 pesos fuertes. Durante la Presidencia siguiente, la de Domingo Faustino Sarmiento, cuya preocupación por educar es bien conocida, las asignaciones presupuestarias fueron también exiguas. Entre 1869 y 1874, sólo un 2.89 % del presupuesto se dedicó a la enseñanza. El año de la tasa más alta, que fue 1868, utilizó apenas un 3,29 % del presupuesto total. Nuestra historia muestra, como una constante desdichada, el desconocimiento de la instrucción pública como prioridad nacional. El resultado de esta miopía es palpable y explica la pobreza del marco de referencia en el que se mueve el argentino medio. Aislado por su posición geográfica, lo es mucho más por la estrechez de su visión del mundo, hoy construida con datos locales insuficientes o adornada, en un collage confuso, con retazos mal digeridos que le llegan vía satélite. La descripción del estado de la explotación agropecuaria en 1871 la hizo el Dr. Eduardo Costa, delegado de la Provincia de Buenos Aires, al inaugurar la primera exposición de máquinas agrícolas: Creo sí —dijo— que es tiempo de que la estancia salga del estado precario y salvaje en que hoy se encuentra, como se encontraba hace 300 años. Esta cita, tomada de Vedoya, permite a este autor agregar algunos comentarios: La Nación —escribe— careció de Ministerio de Agricultura hasta la segunda Presidencia de Roca (1894- 1904) y la primera Facultad de Agronomía y Veterinaria la creó el Doctor Joaquín V. González en La Plata. La conclusión de estas afirmaciones, trasladadas al plano de la cultura, impone este comentario: La Nación estaba dirigida por un núcleo cuyo centro de poder y riqueza era la propiedad de la tierra. De allí irradiaban economía y política. Ese núcleo era limitado, no afrontaba los riesgos de las novedades más allá de su esfera. Así se explica la falta total de impulso a la industria en la generación del 80. Las ideas claras del grupo industrialista —Pellegrini, López, Cenó y otros— no pudieron vencer la inercia conservadora. La fuerza terrateniente estaba paradójicamente en esta actitud cerrada, que preservaba sus intereses tales como eran y los permitía en ese tiempo su expansión natural. Era una de esas épocas de la historia en las que las meras posibilidades del territorio aseguraban un desarrollo horizontal sin riesgos. Pero esos lapsos son rígidos y cortos. No era esa la política para un país joven que se quería fuerte: la Norteamérica del Sud a la que poblarían pronto, según los vaticinios de Julio Roca, cincuenta millones de habitantes. Las extensas y fáciles adquisiciones de la propiedad casi por la gracia de Dios, que tan largamente había bendecido nuestras praderas, incitaba a una sensación semifeudal, que el acceso a los nuevos refinamientos europeos permitía extender a la campaña. Muy pronto se levantarían en medio de la pampe manoirs y chateaux, countryhouses y grandes casas al estilo colonial español, que harían pondent con los palacios al borde del río. Lamentablemente, estas gracias de la civilización, nacidas en Epson y Longchamps y que florecerían en el Hipódromo del Jockey Club, no se acompañaban con la exploración de nuevos mecanismos que permitieran diversificar la producción, investigando las múltiples posibilidades del suelo. Cuando llegó la inmigración, casi espontáneamente, no había uso para su mano de obra que permitiera crear valor agregado a las nuevas materias primarias. Martín de Moussy —cuenta también Vedoya— había señalado dos años antes todos los vegetales que podían emplearse en la curtiembre... sin embargo nunca se exportaron cueros curtido. La lana salía sucia y los cueros de cabra exportados a Europa se transformaban en similares a la gamuza. La exportación era un negocio de cantidad. La calidad sólo se procuró en el campo de la cría, importando toros, carneros y padrinos de Inglaterra. En el resto se mantenían las técnicas coloniales, cuyo rendimiento era seguro y conocido. Vedoya agrega un cuadro de importaciones entre 1871 y 1874, que ilustra sobre las tendencias de nuestra incipiente cultura nacional. Las clasifica en prescindibles; competitivas —o sea que podían fabricarse en el país— necesarias que no podían sino importarse; y libres de derechos, aquellas cuyo ejemplo eran las locomotoras o los libros impresos. Prescindibles: 15.215.772 pesos fuertes Competitivas: 138.082.598 pesos fuertes Necesarias: 48.910.790 pesos fuertes Libres de derechos: 13.899.674 pesos fuertes El cuadro es muy indicativo. Para comenzar, las mercaderías prescindibles o suntuarias, superan las libres de derechos. Más del 50 % podían haberse fabricado en el país, promoviendo el interior y volcando en él una adecuada protección a los inmigrantes. Es tan clara y definida esta propensión de la cultura, que una composición semejante de las importaciones se repite cada vez que se liberan los ingresos del exterior. La experiencia reciente (1976-1979) ilustra esta realidad. La teoría del gasto ostensible de Veblen, se comprueba en las tendencias persistentes de nuestra cultura. La Presidencia de Sarmiento terminó en 1874. Durante su mandato ocurrió el asesinato de Justo José de Urquiza. De esta manera terminó la vida de este personaje tan rico en cualidades y pródigo en defectos, que marcó una época tumultuosa de tremenda influencia en el futuro del país y de su cultura. De la votación siguiente surgió Nicolás Avellaneda, ministro de Sarmiento, abriéndose paso como era habitual a través del amedrentamiento de votantes alfabetos y la supresión de los que no lo eran. Mitre impugnó al candidato o intentó un movimiento armado que terminó con su derrota en La Verde. Al entregar el mando, el Presidente saliente señaló al entrante: Sois el primer presidente que no sabe disparar una pistola y entonces habéis Debido incurrir en el desprecio soberano de los que han manejado armas para elevarse con ellas y hacerse los árbitros del destino de la patria... Avellaneda era un tucumano que fue apoyado por las provincias. Ofreció realmente una personalidad distinta. Le ligaba a Mitre y a Roca una formación nutrida en los clásicos griegos y latinos y los separaba de ellos una única vocación civil y no militar. En su gobierno trató de rectificar la profunda tradición de la violencia y lo consiguió a medias. El peso de un estilo ya ancestral, que anteponía aspiraciones personales al bien general, a menudo lo envolvió en luchas fratricidas muy alejadas de sus esquemas. No obstante, mostró una vocación de hombre de estado, que mantuvo toda la serenidad posible en cultura tan turbulenta. Alsina fue su ministro de Guerra y Marina. Hombre íntegro, la rivalidad preeleccionaria no menguó su fidelidad posterior. Luchó contra la penetración indígena, mediante un plan de fortines y zanjas que no dio mayor resultado. Raone relata acciones de la guerra en la que Fortines, estancias y pequeñas poblaciones son arrasadas, muriendo sus defensores o siendo llevados cautivos... 300.000 cabezas de ganado aportan su cuota al magnífico botín de esos despiadados malones cuenta al referirse al avance del 26 de diciembre de 1875 que los indígenas llamaron la invasión grande. José Hernández en los versos magistrales de Martín Fierro y Estanislao Zeballos describieron la vida horrible en esas precarias defensas fronterizas. A los soldados y oficiales se les llegó a deber más de dos años de sueldos y sólo podían vivir gracias a los préstamos en especie de los bolicheros. El 29 de Diciembre de 1877 murió Alsina, el gran caudillo autonomista que tanto fervor suscitaba en el pueblo. Profundamente local, había chocado con la concepción nacional de Mitre. El 4 de Enero del año siguiente, Julio A. Roca fue nombrado en su lugar ministro de Guerra y Marina. Este cargo fue el principio del salto que lo llevó a la Presidencia. Roca había sido contrario al plan de Alsina: Para mí, —había dicho— la mejor muralla... es un regimiento... o una fracción de tropas... bien montados... La campaña al desierto alcanzó Choele-Choel el 25 de Mayo de 1879 y se incorporaron 15.000 leguas de tierras. Su distribución fue la tradicional. Dice Roberto Cortés Conde: La aristocracia ganadera, que detentaba el poder, supo guardar las tierras buenas y otorgó a sus servidores las mesetas pedregosas de la Patagonia... De las 4.834.474 Has. distribuidas, sólo 706.772 fueron elegidas en La Pampa... Más adelante precisa: Entre 1880 y 1892 no se puede hablar de ocupación sino sólo de toma de posesión. Estas tierras incorporadas a la Nación Argentina en una sola campaña, son repartidas enseguida en lotes de 10.000 Has. y acaparadas por un centenar de beneficiarios. No se trata para nada de poblamiento, sino sólo del reembolso de una deuda de guerra a los poderosos personajes que habían querido financiar la campaña. Para la mayoría de ellos era hacer fructíferos los valores inmediatamente; es el comienzo de una especulación desenfrenada, una cascada de compras y ventas de títulos en base a planos escuetos donde sólo figuraban con precisión cuadrados de 10 kms de lado... Este frenesí especulativo tuvo su fin con la crisis de 1890. En 1875 había comenzado una crisis económica. Desde 1874 a 1881, los Bancos británicos y las empresas ferroviarias eran atacadas por la prensa y en el Congreso... dice Ferns. La relación entre los préstamos y su uso adecuado, fue desde 1824 una de las causas de crisis. La falta de decisión, la carencia de capacidad técnica y las interferencias políticas o personales, retardaban la conversión de los préstamos del exterior en obras reproductivas. El período de maduración de una obra pública era subestimado, mientras los intereses y las amortizaciones eran exigibles en sus propios plazos independientes. Este rasgo se muestra como invariante en el manejo de la economía, llegando en este siglo al pago reiterado de cláusulas de compromiso originados en préstamos otorgados y no utilizados por falta de proyectos. En 1876 se había debatido extensamente el toma del libre cambio frente al proteccionismo. La primera posición era la oficial, interesada en conservar los ingresos aduaneros, fuente tradicional de sus disponibilidades. También la sostenían los grandes exportadores y comerciantes, beneficiarios del comercio internacional. La proteccionista, era sustentada por Vicente Fidel López, Miguel Cand, Dardo Rocha y Carlos Pellegrini. Este último, en el Congreso, afirmaba enfáticamente su convicción pragmática sobre el tema, nacida de la necesidad de proteger a un país nuevo que se iniciaba en negocios internacionales de gran escala. López, por su parte, agregaba: con el libre cambio, el interior no estará poblado y sólo habrá una miseria progresiva. Aldo Ferrer, desde una perspectiva actual, confirma la lucidez de la posición proteccionista: La política de libre cambio seguida por las autoridades nacionales a partir de la organización del país, influyó decisivamente en las posibilidades de desarrollo del anterior... La política de libertad de las importaciones determinó... la exclusión del interior de los efectos dinámicos de la expansión de las exportaciones agropecuarias de la zona pampeana. Dicho con otras palabras, la asimetría estructural del país, se afianzó, si cabe, aún más. El diseño de la red ferroviaria, contribuyó extensamente a ello, facilitando el ingreso de las mercaderías importadas al interior. El intercambio regional —antiguo pero modesto, como lo califica Ferrer— perdió toda posibilidad de desarrollo. La economía es uno de los subsistemas importantes del sistema social. Influye en los demás subsistemas, como el político y a su vez es influido por éstos, en una constante y mutua interdependencia. Por algo decía Joseph Schumpeter, el gran economista: Los hechos económicos nunca son económicos solamente. La economía es el sistema nutricio del cuerpo social. Atañe a la producción y a la distribución de bienes y a través de ellas crea y destruye valores y modelos de vida en los diferentes grupos de la sociedad. Tiene que ver con todas las creencias e ideologías, están en boga o sean rechazadas, y toca al subsistema religioso, al jurídico y al militar. En una palabra, su función se mezcla con toda la red de valores de una cultura y en su manera de ver el mundo. Esta importancia del sistema económico, empero, no justifica el error frecuente de asignarle una importancia total, como hacen básicamente el marxismo teórico y todos los especialistas a los cuales los árboles no les dejan ver el bosque. Parafraseando la afirmación de Schumpeter ya citada, es claro que las respuestas a medidas estrictamente económicas no son solamente económicas. La propensión especulativa que de pronto hace explotar una economía, tiene explicaciones mucho más profundas que las perceptibles a través de índices y estadísticas. Los vaivenes del balance de pagos de un país no se entienden estudiando solamente los indicadores de exportaciones o importaciones, por desagregados que puedan ser. El inmenso mercado de armas o de drogas y su incidencia en la economía mundial de nuestro tiempo, tiene raíces que penetran en lo más hondo de la especie humana y es una simplificación peligrosa pretender aprehenderlo con el solo análisis de tablas numéricas. La inflación no es un fenómeno económico, es un fenómeno cultural. La recuperación de la crisis ocurrió en 1880 y respondió a medidas políticas sensatas de Avellaneda, a un Estado aún dócil a la contracción de gastos y sobre todo a las condiciones favorables de una economía en proceso de expansión. Creció la exportación y disminuyeron las importaciones. El mercado laboral no exigía grandes egresos fijos y era relativamente reducido. Así, la elasticidad del sistema aún permitía remontar la cuesta sin demasiadas dificultades. Por esa época nació un partido que se llamó Autonomista Intransigente. No fue por cierto la última vez que esta palabra figuró, paradójicamente, en el medio de una actividad —la política— cuyo único y principal menester es la transacción. Su enunciado petrificaba toda ductilidad y toda concesión. Participa de la categórica afirmación de Sarmiento: Las ideas no se concilian... Cuando llegó el momento de suceder a Avellaneda, las opciones se cerraron en una de ellas: Roca o Tejedor. Aquél, hombre de armas, dijo: En nuestra República, en épocas electorales el revólver es la primera razón y el Remington la última instancia de toda elección. Por esto se arma Tejedor, que ve ya claro que tiene que apelar al Juez Supremo y por esto también se dispuso a atacar y a defenderse. Las reglas del juego democrático, en una cultura tan tumultuosa, daban la primacía al candidato mejor armado. Esta era una interpretación libre de la Constitución sancionada en 1853. Pero era la única existente. Así Buenos Aires estaba literalmente en armas. Tejedor, por su parte, distribuía mausers a las tropas de la Provincia. El 2 de Junio de 1880, el Presidente declaró al gobernador Tejedor en rebeldía y consideró que faltaban garantías para desempeñar el gobierno nacional, razón por la cual estableció su sede en Belgrano. Avellaneda llegó a Belgrano acompañado por sus ministros. El Vicepresidente, Mariano Acosta, la Corte Suprema y 40 diputados nacionales con el Presidente de la Cámara, Manuel Quintana, quedaron en Buenos Aires. El 12 de Junio comenzaron los combates. El 25 del mismo mes, después de muchas pérdidas inútiles de vidas jóvenes que demostraban una vez más la insensatez de la violencia fratricida, con la mediación del general Mitre, se llegó a la rendición de las tropas provinciales. Uno de los puntos del acuerdo suscripto señalaba el compromiso de no iniciar ningún proceso a los rebeldes. Esta cláusula del convenio constituye una invariante cultural de enorme significación en nuestra historia. Configuraba otra de las tantas leyes de olvido, que podía juzgarse superficialmente como una prueba al fin de comprensión mutua. Analizada con más profundidad, revela la calificación impropia de la falta cometida porque se despojaba de gravedad a la infracción y se quitaba trascendencia al desconocimiento de la autoridad legítima. Lejos de ser un síntoma positivo para lograr formas de convivencia civilizada, repetía la negación del derecho. La sociedad se educa en el desprecio de la ley —dice J.A. García de la ciudad indiana del siglo XVII— idea tan dominante y arraigada, que a poco andar se transforma en sentimiento, se incorpora al porteño, pervirtiendo su inteligencia y su moralidad La recurrencia de declaraciones que dan por cumplidas las condenas, por restituidos los grados militares y aún por reincorporados a las fuerzas armadas a los incursos en sediciones y rebeliones armadas, son sucesivos reconocimientos de la inaplicabilidad de la ley. Cada vez se vacía a la Constitución de toda consistencia y se la desconoce con toda solemnidad. Esta no es por cierto afirmación antojadiza. Resulta de la urgencia en reclamar de una vez reglas del juego razonablemente estables. La realidad de nuestra cultura argentina revela la profunda subestimación de derecho y la justicia. La reaparición de este rasgo impulsado por opiniones personales, por impaciencias, o por crudas apetencias de poder, mantiene una forma de comportamiento trivial que en 170 años debiéramos haber superado. Después del acuerdo que comentamos, el Presidente Avellaneda, renunció, pero su renuncia, obviamente, no fue aceptada. Quedaba en duda el arduo tema de la elección de una capital definitiva. El Presidente quería federalizar la ciudad, pero para ello era necesario intervenir la provincia y ya estaba muy cansado. Escribió a José María Moreno: Es la revolución anunciada, manejada y predicada como arma de opinión y de partida durante tantos años... me fatigo. En 1624 Céspedes halló la ciudad envuelta en odios y enemistades recíprocas cuenta J. A. García. No hay duda de que la persistencia de esta manera de ser, vista doscientos sesenta años más tarde, es por demás fatigante. La localización de la Capital había sido de antiguo y largo debate. Hubo muchas opiniones. Predominó al final la que consideraba a Buenos Aires para repetir las palabras de Canal Feijóo: la capital biológica. Frente a esta solución se idearon otras altamativas: San Nicolás, Paraná, Córdoba, Fraile Muerto, Rosario, etc. Sarmiento en su Argirópolis la colocaba en la isla Martín García. Después en Rosario. Pero con su habitual versatilidad, en su Presidencia, vetó dos leyes que la llevaban al interior. Alberdi también pensó alguna vez que debería estar fuera de Buenos Aires. Así lo creyeron también Valentín Alsina, Estanislao Zeballos y Carlos Pellegrini. Al cabo de postergaciones, votos y larquísimos debates, o fijó la Capital Federal en la ciudad de Buenos Aires y la Legislatura de la Provincia cedió su municipio. El 8 de Diciembre de 1880 fue el gran día. Con gran pompa y fasto, a la salida del sol, la escuadra saludó a la Nación y a su nueva y definitiva capital. Los carteles, entusiastas, mostraban la retórica incontenible: Regreso a las tradiciones de la Patria de 1810; Nuevos destinos de la Patria Argentina; Coronamientos de la obra de Mayo. Establecer la capital en Buenos Aires era la solución más fácil para terminar un viejo problema. La tradición tumultuoso de nuestra cultura y su total incapacidad consensual, hacían imposible la solución artificial frente a la solución biológica. Crear una ciudad con el destino de ser el centro de las decisiones nacionales, en un lugar apto para corregir los vacíos del espacio, con el clima más conveniente posible, reduciendo el tremendo problema de la simetría estructural del país, era tarea que probó estar por encima de nuestra cultura.
Andrés Carretero hace una ceñida descripción de Julio Argentino Roca: lector constante de los clásicos griegos, latinos y castellanos, al promediar la tercera década de su vida había comprendido la fuerza de las ideas y el poder de la palabra sin despreciar por ello la elocuencia de los resultados de la fuerza bruta, aplicada en el momento preciso y con intensidad adecuada. Le llamaban el Zorro. Opinaba que en política no debían pronunciarse palabras irreparables, precisa excepción en nuestra cultura verbalista y retórica. Su perspicacia le permitía conocer a las gentes o inclinarlas a obrar según sus conveniencias. Fue mejor militar y político que hombre de estado. Tuvo a menudo el azar de su parte, cualidad sin la cual un hombre público no llega lejos. Hablar de la Generación del 80 es casi una metáfora. Nunca actúa una sola generación en una extensa época histórica. Ortega y Gasset lo precisó muy bien y Jaime Perriaux aplicó impecablemente su descripción a nuestro país. La Generación del 80 abarca hombres como Mitre, Sarmiento, Alberdi, que surgieron con Echeverría y los hombres del 37 y otros como Roca, Pellegrini o Roque Sáenz Peña, o Manuel Quintana, mucho más jóvenes. Esta coexistencia es la que hace posible la estabilidad y el cambio en las culturas. El presente de una cultura lo da la dialéctica de su tradición y los modelos que inspira el futuro. La época que comienza con Roca tiene una singularidad particular para los generaciones del siglo siguiente. Entre 1880 y 1914 se trazan surcos de inevitable influencia en el curso de nuestra centuria y se marcan firmemente itinerarios de difícil reversión posterior. Resulta entonces imprescindible comentar esas décadas con algún detenimiento. Bajo el lema de Paz y Administración, se continúa con vigor la política liberal iniciada en la presidencia de Mitre. Con ella, una forma de modernización unilateral básicamente agropecuaria, que no actúa sobre los graves problemas estructurales heredados de la colonia. No se corrige la mala distribución demográfica en el territorio nacional, a pesar de la inmigración europea a la que no se procura estimular ni orientar eficazmente. Tampoco se interrumpe la persistencia de los conflictos en torno al acceso al poder. Dice al respecto José Luis Romero: Sin renunciar a sus ideales progresistas, la oligarquía pretendió sustraerse al proceso de renovación, local que en el país se operaba, su propósito fue desde entonces económico, acentuando en este último el espíritu renovador, en tanto que se contenía en el primero todo intento de evolución... así quedaba señalado el doble camino... liberal hasta sus últimas consecuencias en el plano económico y estatal, y estrictamente conservador en el plano político. Es entonces el desarrollo económico que da el estilo espectacular a este tiempo. El aumento de la capacidad productiva se centra en el incremento de la superficie cultivada debido al ensanche de las fronteras y se multiplica la cantidad de granos exportados. El país comienza a figurar en la lista de naciones en proceso acelerado de expansión y el mundo asiste asombrado al milagro argentino. Este proceso acelerado de expansión tiene tres puntos de apoyo: la inmigración, que afluye y trabaja la tierra; los capitales, predominantemente ingleses, que financian transportes y obras públicas, y la nueva legislación que sustituye a la existente colonial, ya arcaica. Los capitales recogidos colocando títulos públicos en Gran Bretaña especialmente, canalizan ahorros de innumerables pequeños inversionistas que actúan a través de las casas bancarias como Baring o Rothschild. La tremenda expansión de la Gran Bretaña culminó en 1897, cuando en el Jubileo de la Reina Victoria desfilaron en Londres tres llegadas de todos los rincones del mundo. Toda la época vivía la euforia y la ilusión del Progreso con mayúscula. En una la par de soberbia e ingenuidad, el Hombre —también con mayúscula— se creía dueño de una maestría dependiente de su voluntad que le haría construir su propio Paraíso perdido. La Argentina —dicho con más precisión Buenos Aires— entró con entusiasmo en este embrujo. Era bien explicable. Al coro del futuro inefable, al cual no hacían mella acontecimientos tales como la guerra del 70 o la de Crimea, se unía la voz cristalina y juvenil de este país del ganado y las mieses como lo llamaría más tarde Leopoldo Lugones, espectador de sus pampas colmadas de espigas y su Capital de parques y palacios. Si desde estos pesares que arrastramos hace tiempo, imaginamos lo que veían nuestros antepasados en las últimas décadas del siglo, podemos comprender sin dificultad su emoción y sus sueños. Así fue la explosión liberal en el lapso presidido por Roca. Parecía que la anarquía se había dejado atrás y que comenzaba una era inacabable de fortuna y prosperidad. En el mensaje inaugural a las sesiones del Congreso de 1881, el Presidente dijo: A la incertidumbre en que hemos vivido constantemente, aún en los períodos en apariencia tranquilos, ha sucedido una confianza sin límites en el porvenir (cita de Isidoro Ruiz Moreno). Lo que Scobie llamó la revolución del trigo multiplicó sus rendimientos más allá de toda expectativa. Las exportaciones en 1880 fueron de 1.166 Tn. En 1887 llegaron a 237.000 Tn; en 1894 alcanzarían 1.600.000 Tn y en 1908, 3.600.000 Tn. El aspecto de la capital cambió con una rapidez teatral, Torcuato de Alvear —especie de Haussmann argentino— demolió la Recova de Plaza de Mayo, abrió la Avenida, hizo brotar del suelo parques verdes y floridos y dio a la ciudad un sello parisiense que fue la admiración y el encanto de nativos y extranjeros. El Jockey Club se fundó en 1882, inspirado en los viejos clubes ingleses. Fue durante muchos años un centro de sociabilidad y política. En sus mesas se hacían y deshacían gabinetes y se discutía el futuro del país con la naturalidad —y las limitaciones— con que se podía analizar un patrimonio familiar. La fuerza y la debilidad de la cultura argentina en esos tiempos ubérrimos, radicaron en esa firme conducción cerrada de los negocios públicos. El estrato criollo que había sustituido el poder colonial y quienes se habían incorporado a él por sucesión o por accesión, había ocupado las vacantes sin modificar mayormente las reglas del juego político. De allí que la transición no fuera revolucionaria. Se consolidó en el poder de entonces un grupo minoritario con valores modernizados, pero sustancialmente idénticas a los que las jornadas de mayo habían creído erradicar. Ese grupo, al andar del tiempo, amplió su círculo sin variar sus ideales. Abrió prudentemente sus filas a mentalidades escogidas por su afinidad de intereses y apetencias y con posiciones espectables en las provincias. De esta coincidencia nació, por ejemplo, la Liga de Gobernadores. El sistema político funcionó con un mecanismo reconocible. Hermético al exterior, no dejaba paso a filtraciones inconvenientes. Ello aseguraba el libre juego del grupo interno. Allí la competencia hacía ganar al más hábil, al más fuerte o al que tenía mayor respaldo. En ese núcleo se repartían los cargos ejecutivos y legislativos. Al fin y al cabo no existían diferentes ideologías. Los de afuera formaban parte sólo del contexto. En modo alguno del texto. Tenían un lugar que les era propio en una sociedad. Para ellos los negocios públicos sólo eran materia opinable en voz baja. Esta limitada perspectiva de la realidad global la velaba como a través de un banco de niebla y sólo dejaba ver apariencias nebulosas. La incapacidad de los hombres de la generación del 80 para corregir su perspectiva incompleta, limitó lógicamente el alcance de sus ideales y esperanzas. No pudo haber habido un Proyecto Nacional, porque nunca se plantearon en profundidad el análisis entero del país. No se percibieron las deficiencias estructurales ocultas detrás de una expansión que parecía interminable. Obviamente, no podía entonces ocurrírseles encarar las redistribución de las poblaciones en el espacio, orientando sabiamente el caudal inmigratorio y dotándole de capital o de créditos. Tampoco creyeron en la necesidad de sentar las bases de una industria sólida. La división internacional del trabajo que creían inmutable en el tiempo lo excluía como perspectiva rentable hasta para los productos primarios que se daban tan abundantemente en el país. Hicieron sí una modernización de las normas legales para adaptarlas a la nueva etapa de desarrollo. En 1884 la Ley de Premios gratificó con tierras a los militares que habían hecho la Campaña al Desierto. El mismo General Roca, siendo Presidente de la República, recibió veinte leguas cuadradas. No es esto por supuesto condenable. El premio a los grandes servidores de la Patria debe ser público y notorio, que así es la vieja tradición romana recogida por Inglaterra y en general por las monarquías europeas. Los títulos o posesiones vinculaban a los hombres preclaros a la clase gobernante, que así se enriquecía con su concurso. Lo condenable está en lo que pasó con el resto de la tierra. Dice Miguel Angel Cárcano: La tierra pública se repartió en todo el país sin conseguir jamás poblarla. El crecimiento de la economía del país fue completamente lineal. No hubo diversificación ni aumento por valor agregado. La economía del país —dice Ferns— creció en fuerza y en peso, como un niño crece antes de la pubertad, pero el aspecto de sus actividades cambió muy poco. Se mantuvo el esquema colonial de exportación de materias primas y de importación de artículos manufacturados, con la sola modificación del comercio libre. La tierra fue un bien poseído, pero parcialmente inactivo. Los terratenientes de los años 80 daban en garantía su tierra para comprar más tierra. El instrumento utilizado fue la cédula hipotecaria. Ferns estima que entre 1883 y 1887, las tierras revaluaron un 1.000 % en la Provincia de Buenos Aires; un 750 % en Córdoba; un 420 % en Santa Fe y un 370 % en Entre Ríos. La cédula se convirtió en un impulso activo de inflación acelerada. El otorgamiento de los créditos se hacía según las reglas del grupo cerrado y se basaba en vinculaciones personales o en influencias políticas. Rara vez en antecedentes económicos y financieros adecuados. Esta política tenía una falla gravísima: desvinculaba las tierras de su capacidad productiva, sobrevaluándolas por razones ajenas a su rendimiento. La adquisición para explotarlas resultaba en algún momento, tarde o temprano, una mala inversión. Cuando llegó el momento inevitable del estallido de la burbuja, muchos propietarios recientes quedaron arruinados. Roca terminó un día su primer mandato y se dispuso a lograr el segundo cuando llegara el momento. Habilidades no lo faltaban para conseguirlo. Miguel Juárez Celman, emparentado con el Presidente, aunque no elegido por éste, lo sucedió. Llegó al poder en el estilo habitual, con fraude e intimidación por las armas y una activa campaña entre los hombres fuertes de] interior. Fue su compañero de fórmula Carlos Pellegrini, quizás el hombre más brillante y lúcido de su generación. Juárez Celman se perfiló en seguida como gobernante autocrático. Coloso de la sombra de Julio Roca, que partió a un largo viaje, procuró en su ausencia consolidar su posición. Si él provenía de un sistema político cerrado, quiso cerrarlo más aún. Cometió así un error de graves consecuencias, tanto para él como para el país. Olvidó, o no fue capaz de percibir, que los sistemas cerrados funcionan con un mecanismo muy delicado de lealtades y contrapesos dinámicos, que se desequilibra muy fácilmente. Juárez Celman carecía de las cualidades de prudencia e intuición que caracterizaron a su predecesor. Comenzó por extender sus maniobras a la Jefatura del Partido Nacional que había tenido Roca en su Presidencia y se convirtió en el jefe único de una agrupación política que quiso también que fuese única. Allí se acuñó la calificación de Unicato que caracterizó a su gobierno. Más tarde procuró asegurar su liderazgo en el interior a través de acciones que pusiesen el poder provincial en manos adictas. Así lo hizo en Tucumán, después en Córdoba —en cuya gobernación colocó a su propio hermano Marcos— y otro tanto hizo en Mendoza. Fomentó la sedición y la remoción de los mandatarios, actuando así con todo el riesgo y la imprudencia de la más rancia tradición política nacional. Esta actividad invirtió pronto la frase citada que había pronunciado Roca en 1881. En 1888, ya podía haberse dicho que a la confianza sin límites... ha sucedido una incertidumbre... La cultura volvió a padecer el curso habitual: El gobernante irritado con la oposición procuraba controlarla. Si ello no era posible, la eliminaba. La oposición crecía sordamente con estallidos periódicos, más o menos cruentos. La represión se acentuaba y la oposición se fortalecía. La economía se deterioraba. El gobernante caía; la recurrencia de esta espiral descendente, ya no escandalizaba a nadie. El avance tumultuoso, el ataque armado y la violencia eran una secuencia acostumbrada a la que el pueblo asistía como convidado de piedra. Esta manera menguada de ver el mundo no era incompatible con el brillo y las luces de la gran ciudad. A ella acudían actrices célebres y cantantes famosos y el teatro lírico se seguía con pasión en salas repletas. La grandeza, los monumentos, las avenidas, florecían en meras apariencias con pies de barro. Pero detrás del barniz recién pintado quedaban otros mensajes en la pared. La generación del 80, con sus innegables talentos y su refinamiento, afianzó una cultura esquizoide que estallaría varias veces en el siglo siguiente. Por un lado la realidad, que se mueve según la constitución de las cosas. Por otra, su representación artificialmente regida por reglas diferentes, de utilería, urdidas con tanta soltura que sus mismos artífices resultarían engañados por sus propias tabulaciones. En la realidad política y económica, el país había avanzado poco hacia el federalismo. Su impulso original habían sido los caudillos y su razón natural el aislamiento de las poblaciones en un gran espacio territorial. En otras épocas, algunos de esos caudillos, especialmente Artigas, habían visto claramente las posibilidades de una federación, pero la misma índole de sus relaciones con la gente, y con su pueblo, menoscabó su intención de lograr una convivencia federal, basada en normas de poderes compartidos. Por otra parte, el fracaso de congresos y diputaciones demostraba un ambiente general poco dispuesto acuerdos y compromisos. Por su parte la actitud de Buenos Aires, centralista desde la hora coro, había saboteado toda federación que no fuera unitario y bajo su dirección. Esta actitud, que Rosas llevó hasta sus últimos extremos informales, Pavón la consolidó formalmente. Los hombres que llegaban a la Presidencia desde las Provincias, como Avellaneda, Roca o Juárez Celman, no tenían tampoco una visión federal. La ciudad los seducía con sus grandes aires. Al percibir el desequilibrio con las modestas ciudades provincianas, trataban de proyectar en éstas su propio poder, sin hacer nada para madurar en ellas una capacidad de gestión autónoma. De allí el uso inmoderado de las intervenciones como instrumento de dominio y manipulación política. Cuando Roca entregó el mando a Juárez Celman le dijo: ... Os transmito el poder, con la República más rica, más fuerte, más vasta, con más crédito y más amor a la estabilidad y más serenos y halagüeños horizontes que cuando yo la recibí.... Si estas afirmaciones del Presidente eran ciertas y lo eran desde su perspectiva, en todo caso simplificaban la realidad. Pocos años serían necesarios para comprobarlo. Mientras, la inmigración continuaba creciendo rápidamente —115.000 personas entraron en 1886; 120.000 en 1887 y en 1890 alcanzaron a llegar 260.000—. Era mano de obra que venía a trabajar. No debía perder tiempo. Pero mucha de la que pensó trabajar la tierra terminó en la ciudad, donde el aumentar la oferta comprimía los ingresos de la que ya estaba trabajando. En los primeros años de la administración Juárez Celman, el crecimiento fue milagroso. Los problemas se perdían como anécdotas que nadie tenía en cuenta. Los negocios afluían y la ciudad brillaba más cada día. Sobre ese hechizo se publicó un día un libro bajo el seudónimo de Julián Martel. Se llamaba La Bolsa. En una narración apresurada describía personajes no totalmente verosímiles. No obstante, bono la fuerza tremenda de una crónica absolutamente testimonial. Pinta a una comunidad agitada por esa magia compulsivo que empuja hacia los espejismos y condena a las mariposas a consumirse en la luz. Uno de los personajes importantes de la obra, que lleva el nombre poco convincente de Granulillo, expresa:... que caucionando a un alto precio, en el Banco a cuyo Directorio pertenecía, mil títulos de las Catalinas, que habían comprado entre todos, adquirían un nuevo capital para comprar más títulos todavía y estos nuevos títulos comprados -añadió- también podemos caucionarlos en otro Banco, para comprar más títulos aún. Podemos repetir la operación al infinito y cuando menos acordemos, al encontrarnos con ganancias inmensas, retirar de los Bancos los títulos caucionados y... Más adelante otro personaje con cara de muchacho precozmente depravado en las secretas crápulas de la escuela decía: He conseguido cien boletas de electores, estoy seguro de que cualquier candidato a quien yo se las ofrezca me pagará buen precio. Y en otro párrafo Martel va señalando a los ocupantes de los espléndidos carruajes que desfilan por la avenida Alvear: allá va el fundador de veinte sociedades anónimas cuyas acciones, ficticiamente valorizadas, recuperarán tarde o temprano su verdadero valor !ay, el cero!. Allá van nuestros héroes todos envueltos en el torbellino que confunde las carrozas de la mujer pública con el majestuoso landó de la familia respetable y el ligero vehículo del tinterillo ensoberbecido a quien quizás aguarda la cárcel al término de su carrera vertiginosa... allá va como inmensa visión apocalíptica, una sociedad entera levantada en vilo por el agio y la especulación celebrando la más escandalosa orgía del lujo que ha visto y verá Buenos Aires...! El valor documental de este testimonio refleja la aceleración de una época, a través de un espectador que construye con personajes de ficción un reflejo fiel de la realidad. La tierra —dice Guido— era el objeto principal de la inversión capitalista y su precio subía vertiginosamente. Lo que se había comprado veinte días atrás, se vendía al día con diferencias del 300 al 400 % y la Bolsa, que reflejaba tal estado de cosas, constituía una locura mayor. Su recinto se había transformado en una rueda de afiebrados jugadores. Este ritmo se sobrecargaba con concesiones de obras férreas que no estaban basadas en estudio alguno de conveniencia, ni menos, aún, de prioridad. La camarilla en torno al Presidente, que gobernaba el sistema cerrado del poder, pujaba para que esos trenes fantasmas pasaran por sus tierras recién adquiridas para que aumentase su valor especulativo. Carlos Pellegrini —fino observador de la realidad— escribió una carta al presidente, en la que con precisa concisión describe el ojo de la tormenta: Los Bancos Hipotecarios —dice, citado por Balestra— fueron puestos al servicio de la especulación con lo que se exageró el valor de la tierra y se mantuvo la tierra sin cultivar, los bancos garantidos se fundaron con mayor capital que el necesario y se apresuraron a colocarlo y lo colocaron mal, por las influencias perniciosas que pesan siempre sobre los bancos de estado, el oro importado al país para garantía de la emisión fue lanzado a la plaza en persecución de una quimera y el papel producido por su venta fue igualmente entregado a la plaza para fomentar la misma especulación que se trataba de combatir. 1889 fue el año en que estalló la burbuja. Galbraith, en su excelente análisis del crash americano de 1929, hace algunas, reflexiones útiles a este relato. Para comenzar, anota que el número de especuladores era relativamente reducido con respecto al total de la población. Lo sorprendente —dice— ... fue la manera en que llegó a ser central a la cultura. Más adelante observa: Mucho más importante que la tasa de interés y la provisión del crédito es la parte sustancial. La especulación en gran escala requiere un extenso sentido de confianza y optimismo y convicción de que la gente común ha de ser rica. Cuando rápidamente se iba deteriorando la Presidencia de Juárez Celman, comenzó a conmoverse el espíritu cívico. Viejas y nuevas fuerzas se unieron en una agitación sin precedentes. La figura más patética que emergió entonces fue la de Leandro N. Alem, tribuno inflamado, poseído por ideales puros de reivindicación de un pueblo empobrecido, del cual fue la voz. Apasionado y violento, soñaba con dirigir una profunda revolución que lo llevara al poder. Del Valle, enérgico talentoso, también increpó al gobierno con verba acusadora. El General Mitre, ya serenado, era el vicio prócer ante cuyas virtudes republicanas cesaban las críticas. Mientras, el oro subía y el valor de las tierras bajaba. Los Bancos suspendieron sus créditos. Aquellos que tenían autorización para emitir moneda no rescataban las emisiones que debían recoger de la plaza y éstas quedaban como emisiones clandestinas. Llegó el momento de desatender la deuda externa y sus compromisos impagos oscurecieron aún más el panorama interior. La respuesta al desorden creciente puso otra vez en evidencia la tenue estructura jurídica de la República. Un grupo de oficiales del Ejército comenzó a urdir una conspiración juntamente con civiles encabezados por Del Valle, Alem y un discreto pariente suyo destinado a la fama nacional: Hipólito Yrigoyen. Carlos Pellegrini, años más tarde, describió así a su reacción de nuestra cultura: cuando un maquinista imprudente atiza la hoguera y cierra todas las válvulas, se expone a hacer reventar la caldera, también es evidente que, cuando una máquina no funciona regularmente por culpa del maquinista, no puede aceptarlo como un principio de mecánica racional que el único remedio consiste en hacer volar la máquina y al maquinista. La revolución del 90 fue improvisada y cruenta. Era un intento más que sería seguido por muchos otros de hacer volar la máquina y al maquinista. En el Noventa sólo se Consiguió que volara el maquinista. Juárez Celman hizo esfuerzos de toda índole para conservar el poder. La intentona fue resumida por el senador Pizarro quien dijo en la Cámara: La revolución está vencida, pero el gobierno está muerto. Y agregó:... el Ejército está anarquizado y perdido, la Armada Nacional perdida y anarquizada; la disciplina militar ya no existe. El ejército y la armada han desaparecido como institución regular... las finanzas están arruinadas; el crédito público y privado perdidos; el comercio agonizante, la liberta política suprimida. En una palabra: las instituciones son un montón de escombros como el que acaba de hacer el cañón en nuestras calles... La cultura había sido, una vez más, un grupo minoritario, era acompañada por buena parte de una mayoría silenciosa que no podía expresarse. Seguía siendo un recurso accesible y aceptado para enfrentar la desorganización endémica, tal como lo había sido desde 1810. La repetición de los rasgos respondía a una configuración cultural a la que el país estaba habituado. El autoritarismo no residía solamente en ese grupo minoritario sino en el sistema social entero. Juárez Celman tuvo que renunciar obligado por la presión general y la amenaza del uso de la fuerza. En ningún momento se planteó el uso de los instrumentos constitucionales del juicio político. Este mecanismo de emergencia nunca fue considerado por nuestra cultura como un medio apto para enfrentar situaciones extremas. Otra vez se recurrió a la mecánica irracional de hacer volar la máquina y al maquinista. En el texto de su renuncia, el Presidente no reconoció ninguno de sus errores. Era bastante obvio que así ocurriera. Nuestra cultura ha eliminado la autocrítica por amor propio. Juárez Celman afirmaba haber desempeñado su cargo con lealtad y patriotismo. Una frase aislada resumía su convicción, adoptando una posición de víctima: Mis nobles esfuerzos han sido inútiles. Para él los seres y las cosas se lo habían impedido. Carlos Pellegrini aceptó la Presidencia después de que un grupo de banqueros, terratenientes y comerciantes ricos suscribieron un empréstito interno que les propuso en una reunión privada. No podía hacer otra cosa frente a los problemas inmediatos. No tenía tiempo ni vocación para cambios profundos en las costumbres políticas que criticaba. De todas maneras no se le hubiese permitido. El oro siguió subiendo. A principios de 1890 estaba a $ 215 y llegó a $ 410. Pero el Presidente tenía la cuota de confianza mínima, toda la autoridad que se podía tener en tiempos tan inciertos y era hombre lúcido y decidido. Lo primero que había que poner bajo control —como siempre—, era la deuda externa. Y para ello —como siempre— no había otro recurso que llegar a un acuerdo con los acreedores del exterior. Para esto, los tiempos —como siempre— eran desfavorables. Los banqueros (en Londres) no querían ni oír hablar de la Argentina. El panorama era muy hostil en Gran Bretaña. Baring Brothers, la casa bancaria que había canalizado fondos al país desde 1824, enfrentaba la bancarrota debido a nuestra falencia. Según datos de Ferns que cita The Economist, los títulos nacionales argentinos habían bajado de L. 26.157.000 a L. 13.379.000 y los provinciales y municipales de L. 29.903.000 a L. 9.218.000. Lo que era aún peor, no había compradores. El 14 de noviembre de 1890 el Banco de Inglaterra acordó con Baring soportar la mitad de las pérdidas ocasionadas por los infortunios argentinos. Pellegrini tomó al año siguiente algunas medidas de gran importancia: canceló operaciones fraudulentas de tierras, obras públicas y concesiones garantidas de extensión de vías férreas innecesarias. Atacó duramente a los Bancos de Estado, denunciando en el mensaje presidencial su responsabilidad en la crisis al prestar dinero sin garantías. Había ordenado la liquidación del Banco Nacional, obteniendo una sensible baja del oro y creado la Caja de Conversión. El 26 de octubre de 1891 inauguró el "Banco de la Nación Argentina" instando a su directorio —presidido por D. Vicente Casares— a prestar su atención a los intereses de toda la República. Pronto llegaban las elecciones de 1892. La Unión Cívica, el nuevo partido creado a raíz de la crisis, propuso como candidato al General Mitre, a la sazón en Europa, quien aceptó la candidatura y a su vuelta al país fue recibido clamorosamente. Después, los acontecimientos se precipitaron. Roca propuso al candidato hacer un acuerdo de partidos y pasar por alto la elección. Mitre aceptó la idea. Alem y los cívicos reaccionaron airadamente a esta decisión regresiva, que era un paso atrás negando otra vez la participación de la ciudadanía. Allí nació la Unión Cívica Radical. Mitre hubo de renunciar a su candidatura. Entonces Eduardo Costa, Gobernador de Buenos Aires, sugirió como candidato a Roque Sáenz Peña. Roca, a quien no convenía la personalidad de este joven y brillante jurisconsulto, se arregló para inducir a Mitre a presentar como candidato a Luis Sáenz Peña, padre de Roque. Hombre mediocre, que no tenía vetas peligrosas como su hijo, tachado de modernista, palabra que para quienes la pronunciaban tenía matices estremecedores. Luis Sáenz Peña aceptó su candidatura filicida y Roque renunció a la suya al día siguiente. Cuando él mismo alcanzó la Presidencia lo hizo ya enfermo y murió poco después. El régimen había perdido una gran oportunidad.Alem nunca abandonó la idea de una revolución triunfante, a cuya cabeza veía su propia figura de profeta iracundo. Hijo de un mazorquero ejecutado, cuyo cadáver había sido expuesto en la Plaza Mayor, en su celo tenía también una vieja y respetable ansia de reivindicación de su nombre. Los radicales, por su parte, una vez más tejían apresurada y desordenadamente los hilos de otro intento armado. Hasta conquistar el poder por las urnas, la Unión Cívica Radical, primero con Alem y después con Yrigoyen, conspiraría constantemente. Esta actividad era la reacción clásica al sistema político cerrado de los liberales. A partir del pensamiento de Alem, levantó la bandera de una intransigencia —signo frecuente en nuestra historia— rechazando toda concertación que discutiese sus principios. El partido sería con el tiempo otra organización insular sin concesiones. Octavio Paz, refiriéndose a Latinoamérica dice: Entre nosotros... las ideas tuvieron una función de máscara, así se convirtieron en una ideología... es decir en velos, que interceptan y desfiguran la percepción de la realidad. Tanto el liberalismo de la generación del 80 como el radicalismo que se le opuso, desarrollaron una ideología en torno al poder. La percepción de la realidad que es cosa viva, cambiante y proteiforme, se resiente al ser sujeta a una rigidez que la simplifica y la desfigura. La generación del ochenta se fue extinguiendo con el siglo diecinueve. Sus propias contradicciones internas le hicieron perder el dominio de los acontecimientos y de alguna manera el régimen pasó a ser espectador de un trayecto al que todavía usufructuó sin impulsarlo. Era la inercia que mantenía las apariencias, pero de las lesiones de las crisis de 1899 y 1890, no se recuperó jamás. Faltaba la conciencia de los problemas permanentes. Había sido la generación más fructífera y más innovadora desde la emancipación y había logrado movilizar recursos sin par en Latinoamérica, haciendo de la Argentina la nación más moderna de América del Sur. A la generación del 80 le fue dada la tan estupenda cuanto dificilísima tarea de modelar un gran país, no solamente en su economía, sino en su política. Su fracaso parcial no le es imputable, porque hizo lo que pudo. Pero nosotros, sus descendientes, tenemos la responsabilidad de analizar su itinerario e indagar dónde equivocaron el camino. No para acusarlos ni erigirles en responsables de nuestros propios errores, sino para arbitrar la corrección que sea posible. El país asimétrico acentuaba su desequilibrio en esa última década del siglo. El curso que resultó de la desproporción entre el poder y el desarrollo de Buenos Aires y el del resto del país, volvería al siglo siguiente a manifestar su recurrencia. A los tiempos tumultuosos seguirían los autocráticos y a éstos de nuevo aquéllos. Con formas distintas, como lo requiere la historia humana, la Argentina es la tierra del déja vu.
Un excelente estudio de Thomas Mc Gann reseña nuestra política exterior respecto a Latinoamérica y demuestra que la foja de servicios arden tina re vela ausentismo y oposición. Así, la Argentina no concurrió a ningún Congreso ni suscribió tratado alguno interamericano en las sucesivas invitaciones que lo fueron formuladas (1826; 1847; 1856; 1852; 1880). En 1888, la Argentina con el Uruguay convocaron en Montevideo un Congreso Sudamericano de Derecho Internacional Privado que excluía al resto de América. Al inaugurarlo, el Ministro de RR.EE. de Juárez Celman, Quirno Costa, destacó el hecho auspicioso de la benéfica influencia en Latinoamérica de nuestras instituciones liberales... y la inmensa riqueza de nuestros dilatados territorios. Manuel Quintana y Roque Sáenz Peña, hombres promimentos de su generación, fueron delegados. Su brillante desempeño los llevó a representar al país en el Primer Congreso Panamericano de Washington en 1889. Allí fueron. Su singular comportamiento fue ejemplo de la mentalidad argentina de su tiempo. Desembarcaron en Nueva York y partieron en seguida a Washington, donde el 2 de Octubre se inauguró la Conferencia, presidida por el Secretario de Estado Mr. Blaine. A esa inauguración no asistieron. Según informaron a Zeballos, Ministro de Relaciones Exteriores, no estaban dispuestos a que la conferencia estuviera dirigida administrativamente por los Estados Unidos. A esa misma hora se vistieron de levita y con sombrero de copa (y) salieron a pasear por las calles de Washington en un carruaje abierto —su ausencia voluntaria quedó así explícita—. La conferencia recién inaugurada entró en receso y el gobierno invitó a los delegados a viajar seis mil millas por la Unión para conocer su grado de desarrollo. Dice escuetamente Mc Gann: Entre los setenta y tras delegados y auxiliares que constituían el elenco de la conferencia, los caballeros de la Argentina fueron los únicos que declinaron la oportunidad de examinar la prosperidad material de los Estados Unidos. José Martí, el gran poeta y patriota cubano que residía en Nueva York y era cronista de La Nación, describió así este viaje al interior: El tren... lleva siete coches y uno con baño y barbería y biblioteca y salón de beber, y otro con comedor de cocina francesa y cinco criados, y otra con la prensa y la electricidad y cinco para habitación de los viajeros, con el criado al pie, y el colchón de plumas, y la luz eléctrica a la cabecera: la máquina es maravilla por ligera y segura, y da el calor y mueve los frenos, no mudaron de carros en las 5.400 millas los viajeros, ni hubo tren palacio más cómodo y ostentoso. En él no van ni la Argentina, ni Méjico, ni Chile, ni Lafayette Rodríguez, ni Bolivia. Era largo el viaje para los delegados. Se han quedado en Washington. La crónica difiere de Mac Gann. Los argentinos no eran los únicos ausentes. Las razones de los demás las desconocemos; la de nuestra gente, podemos intentar interpretarla. ... el argentino típico no tiene más vocación que la de ser ya el que imagina ser, vive pues entregado, pero ya no a una realidad sino a una imagen... y en efecto, el argentino se está mirando siempre reflejado en la propia imaginación. Es sobremanera Narciso,.. Esta sagacísima observación la escribió Ortega y Gasset en 1925. Parece inspirada en el estilo de los delegados a la Conferencia Panamericana. Estos eran miembros del grupo reducido de la sociedad que poseía buena parte de la inmensa riqueza de nuestros dilatados territorios Su calculado desdén dejaba claro su sentimiento de superioridad. Les parecía por demás superfluo enterarse de los adelantos de los Estados Unidos. Al reanudarse las sesiones, la delegación entró en pronta polémica con los americanos. La Argentina estaba muy fuertemente ligada a la Gran Bretaña, cuya rivalidad comercial con su ex-colonia iba en aumento. La virtual dependencia de nuestro país actuó como prejuicio poderoso en el Congreso. El diario el Sun comentaba: Están vendidos a los Ingleses estos sudamericanos que se lo oponen a Blaine. La actitud personal de Manuel Quintana expresa ciertas particularidades suyas y del grupo social al que pertenecía, pero no era incompatible con su desempeño eficaz como delegado argentino. La síntesis de Martí es elocuente: Y sin ira, y sin desafío, y sin imprudencia, la unión de los pueblos cautos y decorosos de Hispano-América, derrotó el plan norteamericano de arbitraje continental y compulsorio sobre las repúblicas de América, con tribunal continuo e inapelable, residente en Washington. Y cita al Evening-Post: El arbitraje acordado es con poca diferencia, al del proyecto de alcance y raíz que presentaron juntos, en un día inolvidable ya en la historia de América, el Brasil y la Argentina. El narcisismo, ese deleite en la imagen de sí mismo, común en las clases gobernantes de la Argentina, existía también por otras causas en un estrato muy distante del sistema social porteño: Por aquellos días, despuntaba apenas una forma de baile que caracterizaría a nuestro país y llegaría a ser la canción-síntesis de nuestra cultura, como los negro-spirituals o el jazz lo son de la cultura negra americana. Sus orígenes dan lugar a polémicas porque sus raíces son múltiples. Son muchos entonces los que con penetrante intuición, han explorado su música, su letra y su coreografía. Tulio Carella, que ha puesto en este empeño harta lucidez, llega a decir que ningún trabajo serio sobre los usos y costumbres de los argentinos sería completo en la actualidad, si no se incluyera el estudio del tango. Escritores como Jorge Luis Borges, Ernesto Sábato y Ezequiel Martínez Estrada han reflexionado sobre el tema. Especialistas como José Gobello, Horacio Ferrer, Vicente Rossi, León Benarós, Carlos Vega, Miguel Etchebarne, Héctor y Luis Bates, y muchos otros lo han analizado en su singularidad cultural. La habanera cubana, heredera de la contradanza española que al decir de Rivera llega a lo largo de la década de 1850... se transformó en milonga a la que según Ventura Lynch (1883) sólo la bailan los compadritos quienes han creado como una burla a los bailes que dan los negros en sus sitios. Fue el compadrito entonces, quien introdujo el tango en nuestra cultura. Carlos Estrada lo describió así:... lleva oculto en la cintura un cuchillo de riña y no son raras las veces en que concluye sus tertulias con tajos a diestra y siniestra con marcas en la cara o con feroces cuchilladas en el vientre. Engreído y orgulloso, siempre está prevenido y ve ofensa en un gesto o en una mirada.. Sea lo que fuere la génesis del compadrito, híbrido triple del gaucho, del gringo y del negro —dice Lugones —es un personaje desarraigado, el orillero, el marginado— y por lo tanto inseguro, que explora en cada incidente su situación incierta. Sólo la punta y el filo pueden darle alguna respuesta. En un ritual cruento cuestiona permanentemente su identidad. Su coraje es compulsivo. Es formación reactiva la que lo lleva al desafío. Si marca o mata se afirma en la vida, al cuchillo lo impulsa su angustia existencial y en la respuesta juega su piel... El compadrito comenzó burlándose de los pasos del candombe negro. De este remedo sacó el puro deleite del corte y la quebrada. Absurdamente —dice León Benarós— es una pareja de hombres la primera que se aviene a bailar el tango en alguna esquina. El tango parecía solamente cosa de hombres y cita a Evaristo Carriego ... al compás de un
tango, que es "La Morocha", De las esquinas, el tango pasó a los peringundines: ese nombre de confusa etimología señalaba a cafetines frecuentados sólo por hombres: cuarteadores, troperos y reseros, que bailaban entre sí. Con la aparición de la mujer —el compadrito, como lo subraya Gobello no era misógino— la coreografía se enriquece. Mientras el bailarín negro se deslizaba junto a su compañera en un solo block —cuenta Andrés Carretero— el bailarín blanco y pardo trastroca la coreografía al convertirse en el centro y eje del baile. José Sebastián Tallon retrata magistralmente a un guapo de la época: el Cívico, que transitaba de los veinticinco a los veintiocho años de edad... En el conventillo, su habitación relucía... Retratos de él en profusión... decorativamente, jugándose como bailarín en un corte o una quebrada... En esos retratos el hombre baila con una mujer. Contrariamente a una impresión superficial, nada hay sensual en sus evoluciones. La mujer es un objeto que debe seguir la figura principal. Ella baila con él. Pero él baila solo. El acto narcisístico y su goce son solitarios. A la mujer sólo se le exige que baile bien. Poco importa su aspecto. El tango se hizo entonces exhibición sacralizada, de la que el bailarín es el oficiante. Los espectadores contemplan sin participar. El hombre es un solista con la conciencia clavada en sus pies que son su espejo, contrapartida de aquel otro espejo que es la hoja pulida de su cuchillo. Sólo ellos reflejan sus únicos triunfos. Sólo ellos lo defienden de su ostracismo de orillero, de sus dudas, de su incertidumbre. Cuando Mr. Henderson, uno de los delegados de los Estados Unidos, le hizo un comentario y le habló de su ausencia en la gira, Manuel Quintana contestó: Yo he estado donde me manda mi deber y donde me pareció mejor estar. La perplejidad de su interlocutor fue su espejo. Allí se reflejaba la suficiencia de un país con dilatados territorios. Esa respuesta coherente con su imagen de sí, lo defendía también de su simultánea inseguridad frente al desmesurado modelo americano. En los dos extremos del espectro social, igual perspectiva egocéntrica. Ambas coincidían en su estrechez. La insularidad, el rechazo de las referencias, agrandaba la propia imagen dejando percibir apenas girones del universo exterior. Rasgos simétricos en seres muy distantes revelan la unidad de una cultura. Denuncian la trama que vincula las vibraciones del sistema social que la constituye. Al descifrar la múltiple codificación que almacena nuestra historia, se adivina la presencia invisible de viejos fantasmas, que llegan desde el borde del tiempo para intervenir en la vida de cada día. El tejido cultural es un tapiz vivo y alerta, donde todo se conserva y todo se transforma en una dialéctica incesante entre pasado, presente y futuro. El tango fue la voz, el testimonio de una manera de ver el mundo desde una perspectiva dada, en un espacio-tiempo único y limitado, pero con secretos vínculos con antiguas perspectivas desde ángulos ya borrados. Recibió mensajes remotos que le llegaron de la pampa y de su ganado silvestre, que el gaucho degollaba para comer. También de la ciudad, con sus esplendores y con sus miserias, con sus formas de vida y sus exclusiones. El resentimiento del orillero nace en una economía que lo margina y en una política que lo usa. El tango no pudo haber sido otra cosa. Ni un canto venturoso al porvenir ni un llamado a la aventura gozosa. Tampoco una incitación al descubrimiento de cosas nuevas. Esa voz del tango puso letra a una cultura tensa, como una espiral viva cuyo diámetro se va contrayendo, mientras dibujaba en el piso sus contorsiones, sus cortes y sus quebradas, sus idas, sus vueltas y sus interrupciones súbitas. Dos perspectivas coincidentes, en los dos extremos opuestos de la sociedad, ajustaban su enfoque a su propia imagen y desde allí, mirando hacia dentro, construían su tabla de valores. Con tan estrecho espectro se tejió buena parte de la cultura nacional, inspirada en el Puerto.
La reubicación social, política y económica que sucedió a Mayo de 1810, prefiguró en rasgos generales el futuro de la cultura de la comunidad recién-descolonizada. Muy pronto fue visible que el estamento criollo mercantil y el terrateniente en expansión ocuparían el vacío de los españoles. Así se producen dos polarizaciones casi simultáneas: la del poder político y económico de una alta burguesía que se va a consolidar con cierta rapidez en la provincia y la del dominio de Buenos Aires sobre el resto del país. Se comenzó entonces a ordenar la nueva configuración cultural, que repitió en el interior el fenómeno porteño con respecto a las relaciones de las familias o grupos más ricos y la masa del pueblo. El 50 % de la población urbana del país estaba en Buenos Aires. La distribución territorial total era de un 61 % en el Norte y en el Litoral el 39 % restante. La guerra exterior exigía gastos considerables y levas de soldados, cargas que soportaron en grado mayor las clases más bajas. En esta primera fase de la formación de una nueva cultura, es notable el heroísmo y el denuedo con que se luchó por la liberación americana. Es obvio que las campañas militares introducían un factor de desorden múltiple, que no era el más propicio para la aparición de los valores que se necesitaban para construir en la paz una Nación. Pero muy pronto se mostraron rasgos que probarían ser constantes y que no eran resultado de la guerra con el exterior. Era la constante disensión interna, que hacía muy difícil organizar la política y la economía. Fue así que la discordancia, la violencia y los brotes autocráticos, crearon un campo muy fluido de tensiones en pugna por posiciones de poder, que se manifestaron tanto en el interior como en la ciudad porteña ya a partir de la Primera Junta de Gobierno. Este clima de inestabilidad interna, fue en su mayor parte el resultado de conflictos personales y del incesante cuestionamiento de la legitimidad de quien estuviese en el ejercicio del poder. Este fenómeno, repetido a través de la experiencia de la conquista, se trasladó como invariante a la historia nueva que se estaba formando. La ambición, el amor propio, el egoísmo, se manifestaban con una intensidad que dificultaba el mínimo consenso para ordenar un país. Este comportamiento, visible en la aurora de la independencia, se fue imprimiendo como un rasgo cultural persistente y se mantiene como una de las líneas ostensibles de la configuración antropológica. Ruth Benedict estudió, en la costa noroeste de los Estados Unidos, una cultura llamada Kwakiutl cuya conducta estaba dominada en todos los aspectos por la necesidad de demostrar la grandeza del individuo y la inferioridad de sus rivales. El comportamiento de los kwakiutl tiene rasgos familiares con algunos de los que se entretejieron en la formación de la cultura argentina desde su emancipación. Es así que se llegó a la anarquía de 1820 y al ambiente de reservas, reticencias y falta de unidad que dio estilo a los primeros cien años de la república. El desarrollo tempranamente asimétrico de Buenos Aires y el interior se marcó ya en 1811 y se selló en 1880 con la capitalización porteña. La debilidad inicial del interior respecto de los ingresos aduaneros del Puerto, limitó la capacidad opositora del país frente a su provincia más poderosa. Ella se hizo guerrera, tuvo resistencia y tuvo argumentos, pero sólo alcanzó al hostigamiento y no al equilibrio. Otro aspecto muy importante en la configuración de la red de invariantes de nuestra cultura, tiene antecedentes también en 1811 cuando, ya decidida la antinomia Moreno-Saavedra, se propuso crear una Comisión de Seguridad Pública destinada a la vigilancia y a la indagación de sospechosos de sembrar ideas subversivas de la opinión general sobre la conducta y legitimidad del actual gobierno... Estas persecuciones y las sucesivas medidas de censura que culminan a menudo clausurando diarios como El Censor, Mártir o libre, la Prensa Argentina y muchos otros, marcan la persistencia de las tendencias despóticas durante el primer centenario. Las guerras internas y las disensiones, los cambios continuos de autoridades, las leyes represivas, eran distintas formas de limitación de la libertad de expresión y de movimiento. El grado de inestabilidad que las guerras de liberación habían justificado, pasaba a ser un componente crónico al cual la población debía adaptarse. Las maneras en que esta adaptación era posible, variaban según las clases sociales, pero todas ellas, aún las más poderosas, eran sensibles a los altibajos, a las amenazas de invasión, a las contingencias económicas, a la escasez y al peligro. Esta situación exigía volcar muchas energías al mero ejercicio de conservar ciertas formas de equilibrio social. La cultura incorporó muy pronto la incertidumbre, como constante de su vida diaria, a su concepción del futuro probable y, en diversas épocas, durante esos primeros años, hubo de convivir con el miedo y con el terror, enfermedad del ánimo que aqueja a las poblaciones como el cólera morbus... Este desorden profundo que domina el siglo, revela la pugna de grupos con fuerzas parejas que no alcanzan a constituir subsistemas dominantes a pesar de sus ambiciones. Sólo cuando renace el fenómeno de los caudillos, algunos de ellos organizan verdaderos subsistemas cerrados como el que Juan Manuel de Rosas llevó hasta sus últimas consecuencias. La aparición del caudillo revela una intuición que identifica las ansias secretas de la masa y una relación mágica de ésta con el hombre que tan bien las adivina. Rosas resultó ser el caudillo de más éxito, porque, sin duda, además tenía una inteligencia singular. Dice Martínez Estrada: ... La moda del federalismo y el nombre de Santa Federación que da a la República, delatan que el orden colonial puede subsistir al amparo de las nuevas instituciones. Con tal estratagema crea un doble juego de la función gubernamental, el de las formas y el de los hechos, el de las palabras y el de su sentido traslaticio, el de la legalidad y el de la fuerza... El sistema de Rosas es dominante, política y económicamente. Con él los intereses de la Provincia alcanzan un predominio no limitado por ninguna ley ni acuerdo. De allí su resistencia a elaborar una Constitución para todo el país. De la administración de Rosas, en medio de una política interior y exterior confusa y profundamente conflictuada, cabe destacar su firme actitud que obligó a Francia y a Inglaterra a dos tratados —Mackau primero, Southem y Lepredour después—, para reconocer los derechos de nuestra nación, amenazadas por sus acciones fuera del ámbito del derecho de gentes. Dice Miron Burgin, comentando la economía cerrada de Rosas y el grupo de grandes ganaderos bonaerenses: Rosas Abolió virtualmente el sistema de enfiteusis; extendió las fronteras australes de la provincia y aseguro a la industria ganadora una abundante provisión de tierras a precios razonables. Sólo por esto Rosas mereció la gratitud de los ganaderos y los productores de carnes y cueros. Ningún otro grupo social obtuvo mayores beneficios del régimen rosista, ni hubo ningún otro que estuviera más interesado en mantenerlo incólume. No obstante, en lo que se refiero el comportamiento de ese grupo tan beneficiado, otra cita de Martínez Estrada, esta vez tomada de Alberdi, dice: En lugar de ponerse a restaurar a su viejo dictador desacreditado, los intereses lo dejaron caer en el destierro de Southampton y se dieron nuevos instrumentos y agentes vestidos a la moda, hablando en lenguaje de la libertad, pero cuidando de guardar el poder absoluto que Rosas ejerció; poder absoluto que quedó intacto en el poder de los intereses y riqueza de toda la Nación Argentina, que quedaron como estaban, concentrados y acumulados en el centro metropolitano de comercio, de la riqueza, del gobierno de todo el país. Este poder absoluto que quedó intacto en el poder de los intereses... concentrados y acumulados... pasó por un interregno, el de la renovación de la lucha con el resto del país hasta Pavón y se afianzó definitivamente con la llegada de la inmigración y la extensión de una pampa húmeda sembrada con trigo y maíz. Después de la Conquista del Desierto, que aleja las fronteras ya definitivamente, se consolidó desde la primera presidencia de Roca, el segundo gran sistema político-económico dominante del siglo diecinueve, aquel que dio tanto lustre a la generación del 80. Su dominio del sistema social no consistió en privarlo de la libertad, sino en controlar la forma de transmisión del poder. A pesar del don de mando y de otras cualidades, Julio Roca no fue propiamente un caudillo. Su habilidad y el éxito de su campaña contra los indios, lo permitieron impulsar el mayor desarrollo del país desde la época de la independencia. Sus convicciones coincidían con las de los grupos terratenientes a importadores, que había diversificado sus actividades pero no modificado sus principios. El país... dijo en el primer mensaje de su segunda Presidencia debe esforzarse en aumentar y mejorar... aquellos ramos de producción que tienen ya fácil aceptación en los mercados extranjeros absteniéndose de proteger industrias efímeras, en condiciones de irremediable inferioridad, con evidente menoscabo de nuestras grandes y verdaderas industrias, la ganadería y la agricultura... Esta estimación por supuesto, no coincidía con el grupo partidario de la industrialización encabezado por Carlos Pellegrini, Lucio V. López y Migué Cané. La emigración que llegó al país, se encontró con estructuras demasiado rígidas, su acción debió encauzarse en carriles que no eran aptos para aprovechar el gran caudal de energías y de know-how que traía el rico aporte humano. Las líneas ya trazadas en el tiempo transcurrido, operaron como las fracturas geológicas en la tierra habitada.No podían menos que producir, tarde o temprano, perturbaciones en el sistema instalado. De haber existido una visión lúcida del país global y de sus necesidades, la integración de los inmigrantes hubiera podido corregir algunas de las fallas de la primitiva estructura. Ello no ocurrió, perdiéndose una oportunidad única. La rigidez estructural orientó a la mayoría de los inmigrantes, ya la de trabajos estacionales (o golondrina), ya a buscarse caminos propios en la Ciudad, con lo que también se contrajo el nivel de ingresos urbanos, al aumentar la oferta de la mano de obra disponible. El subsistema dominante, al que más adelante se le llamó el régimen, adquirió la convicción de un innato derecho a enriquecerse. De allí la crisis especulativa de 1889, que condujo a la renuncia de Juárez Celman. La cultura de la élite en la última parte del siglo XIX, se desarrolló en forma tan ambivalente que, en las palabras de José Luis Romero: Aun manteniendo con firmeza sus convicciones liberales, en las que veían el signo de la civilización a la europea, los miembros de la nueva oligarquía tendieron a cerrar su círculo y a defender sus privilegios. El liberalismo fue para ellos un sistema de conveniencia deseable pero pareció compatible con una actitud resueltamente conservadora. Durante el primer siglo de cultura nacional se formaron tablas de valores que se combinaron naturalmente, con los rasgos de raíz colonial. Muchos de éstos se mantuvieron intactos y pasaron al tejido estructural profundo, con leves modificaciones de forma. El diario La Nación encomendó a Joaquín V. González, el eminente escritor y hombre público, analizar los primeros cien años. Así se publicó su Juicio del Siglo, que contiene páginas muy agudas. En una de ellas dice: ... a través de medio siglo de agitación constitucional, todavía el problema de la fuerza o la presión gubernativa, de los soluciones violentas, en frente de las formas institucionales, se agita y persiste con los mismos caracteres específicos, cuando no presenta ejemplos de regresiones súbitas de saltos hacia atrás, que ponen la más alarmante duda en los espíritus observadores, sobre las verdaderas conquistas de la libertad y el orden constitucional en nuestro país. A través de trescientos años se incuba en el fondo de la sociedad americana esa honda, ingénita e irresistible pasión del dominio personal, inclinación orgánica al gobierno y al poder que define y orienta los actos de revolución, de independencia e influye en la diplomacia de la guerra, y a veces la preside y la determina González confirma las hipótesis que sustentamos en estas páginas al decir: Ni la educación de las escuelas ni la que viene de la vida han podido destruir los viejos gérmenes, ni menos abatir los troncos robustos que han colocado en nuestros hábitos los vicios, violencias, errores y fraudes originarios de nuestra reconstrucción nacional. También corrobora esas hipótesis de la continuidad de los rasgos culturales Martínez Estrada: Hallamos en el Facundo la primera tentativa de fijar los rasgos característicos del habitante de nuestras campañas. No poseemos otro documento mejor para este capítulo de antropología cultural. Sus hábitos de pereza, altanería, espíritu pendenciero, orgullo mantenido para el coraje y la destreza, desafecto por la familia, amor a la libertad por repugnancia a la ley, es la misma psicología de Martín Fierro... Los valores que inician el segundo centenario de nuestra cultura argentina, arrastran algunas de estás características de su primer siglo independiente, petrificadas en el molde en el que volcó la numerosa inmigración. Era un molde en el que la transgresión a las normas fundamentales del orden político había sido un hábito, cuya repetición era vista sin escándalo. El cuestionamiento a la autoridad no dejaba crear una sucesión legítima. Y cuando esta existía, como desde 1862 a 1916, era el producto de acuerdos concertados en un círculo restringido. Fue en este período cuando los inmigrantes entraron masivamente al país. En la presidencia de Urquiza la población era de 1.300.000 habitantes. En 1869, presidencia de Mitre y Sarmiento, ascendió a 1.737.000 y en 1895, tiempo de Avellaneda a Luis Saénz Peña, a casi cuatro millones que en 1914, épocas de Uriburu y Roque Sáenz Peña, llegaron casi a los ocho millones. La composición demográfica que en 1859/1869 era de 13,8 % de extranjeros, pasó de 1869/95 al 35 % y en 1895/1914 al 42 %. Son también ilustrativas las progresiones crecientes de urbanización: 27 % en 1869; 37 % en 1895 y 53 % en 1914. Y dentro de éstas las correspondientes a la ciudad de Buenos Aires, que en 1852 tenía 85.000 habitantes que pasaron a 500.000 en 1889 y a 1.224.000 en 1909. De éstos, el 50 % eran extranjeros. (Datos citados por Gladys Onega en su libro La inmigración en la literatura argentina 1880-1910). Esta invasión de culturas extrañas produjo, lógicamente, efectos profundos, que es inevitable analizar si se procura entender el proceso de la formación de nuestra cultura nacional. Para comenzar, es menester partir de la base de que en la masa que llegaba al país había un predominio de analfabetos. En lo que respecta a los italianos, basta recordar que en 1861, en su país, eran veintiséis millones con un 78 % de iliteratos, el 70 % de cuyos miembros activos se dedicaba a la agricultura. Entre 1870 y 1900 los campesinos del Sur tenían dificultades debido a la exigüidad de los predios que trabajaban. Era obvio que la atracción de nuestros extensos campos sin cultivar, debía ser muy fuerte. Ello hace más flagrante el error del liberalismo conservador, que no les procuró ni tierras ni capital de trabajo. Estas condiciones adversas explican la urbanización exagerada entre 1889 y 1910, sin desconocer el prodigioso aumento de hectáreas cultivadas, que pasó de dos millones en 1886 a doce millones en 1905. Este hecho espectacular no debilita la hipótesis de que mejor orientada y más apoyada, la incorporación de los inmigrantes hubiera dado otra ecuación demográfica y económica, distinta distribución de energías y otra fisonomía menos frustradora a la urbanización excesiva de Buenos Aires. El 90 % de los inmigrantes se distribuyeron en el litoral. No se modificó la relación demográfica sino que, al contrario, intensificó sus tendencias negativas. Como dice Germán García en El inmigrante en la novela argentina. La novela nos va informando sobre la vida de los inmigrantes que se quedaban en Buenos Aires. Los hombres de oficio fueron albañiles, hojalateros, zapateros, porteros, mayorales, vigilantes o sastres. Las mujeres, sirvientas, costureras, modistas o planchadoras... y agrega: La gente que traía oficio se quedo sobre todo Buenos Aires. Esto contribuyó poderosamente a que surgiera el movimiento obrero organizado. Así fue que en 1878 se produjo la primera huelga de tipógrafos, en 1887 la de obreros zapateros; en 1888, dos huelgas ferroviarias, en 1889 la de obreros carpinteros y albañiles. Dice George Woodcock en Anarchism: La mayor y la más militante de estas organizaciones (anarquistas en Latinoamérica) fue la Federación Obrera Regional Argentina que fue fundada en 1901, mayormente bajo la inspiración del italiano Pietro Gori; creció rápidamente a una participación de cerca de un cuarto de millón... Desde 1902 a 1909 la FORA llevó a cabo una larga campaña de huelgas generales contra los empleadores y contra la legislación antilaboral... la brutalidad de las autoridades y la militancia de los trabajadores incitaron mutuamente a grandes extremos, hasta que el l( de Mayo de 1909 una demostración gigante... fue rota por la policía, quien originó numerosas víctimas entre los manifestantes. En respuesta, un anarquista polaco (Radowitzki) mató al Coronel Falcón, el Jefe de Policía de Buenos Aires, responsable de la muerte de muchos sindicalistas. Después de esto una rigurosa ley anti-anarquista fue promulgada (Ley de Defensa Social) pero la FORA quedó como una grande o influyente organización hasta 1929... La transferencia de los valores de una cultura a otra, se lleva a cabo mediante múltiples influencias con fuerza de penetración inmediata o retardada. La forma más directa y drástica es la conquista armada. Aún así, la cultura invadida puede ocultar sus sentimientos. En este caso, los nuevos valores coexisten con los antiguos, más profundos y paulatinamente ligados al inconsciente. De esta manera se dan los sincretismos religiosos y conviven en un mismo panteón los dioses arcaicos con los dioses nuevos. Así ocurrió con la religión católica, y los antiguos cultos indígenas americanos. Las transferencias culturales producidas a través de migraciones son más lentas y se van entretejiendo en un juego de mutua impregnación con la cultura local. El lapso de 1862-1914, en que llega al país la inmigración masiva, presenta este efecto. Buenos Aires, particularmente, desenvuelve en ese tiempo dos culturas con estrecha influencia europea. Una, la de las clases altas, que actúa en las letras, las artes y la moda, es esencialmente francesa e inglesa. La otra tiene influencias más variadas, pero es primordialmente italiana. Actúa por contacto directo y se manifiesta en los estratos sociales medios e inferiores, a través del lenguaje y de hábitos alimenticios. La describe una abundante literatura estudiada por diversos autores. Francisco Sicardi describe así el fenómeno transcultural: Los padres hablan su idioma, los hijos el lenguaje que aprenden en la calle y que no se puede enseñar en la escuela, el único que van a conservar con todos los giros ingenuos y la riqueza de una lenta y prodigiosa elaboración... Las descripciones del habitat de los inmigrantes la hace Ceferino de la Calle en Palomas y gavilanes con estas palabras: Húmedos los patios, por allí derramaba el sedimento de la población, estrechas las celdas, por sus puertas abiertas se ve el mugriento cuarto, lleno de catres y baúles, sillas desvencijadas, mesas perniquebradas, con espejos enmohecidos ... y ese peculiar desorden de la habitación donde duermen cuatro o seis ... El lenguaje, ese soplo que desde la prehistoria humanizó al hombre, es prueba viva del carácter inventiva de la especie. En el choque de vocabularios resultan híbridos más o menos afortunados, con un origen dudoso de padres desconocidos y que generan palabras que adquieren un sentido preciso y contundente. El lunfardo debe su versión conocida a esta impregnación mutua de los idiomas. Gobello nombra a José S. Alvarez como uno de los primeros lexicógrafos del lunfardo. Lenguaje semi-críptico usado en parte por el bajo fondo que se escamotea a la ley, extendió su acción a través del tango. Uno de sus especialistas, Enrique R. del Valle, afirma que no tiene sintaxis propia... Utiliza la del español, pero con tanta impropiedad que asusta, y es lo que lo hace a la vez más ininteligible. Es en la letra del tango, el...hijo malevo del viejo arrabal , (Tango argentino de Bigeschi) donde afina su descripción de un medio social típico. Son tiempos de apretura como tantos otros:
Si habrá crisis, bronca y hambre (Al mundo le falta un tornillo – Cadícamo—) en un mundo torvo de los suburbios con muchos idiomas, raras ilusiones, bastante desaprensión y no poco realismo: Agarré tren de lujo,
loco é contento Idea Vilariño, en su excelente comentario a las letras de tango en el libro del mismo nombre, observa que ellas no se refieren a temas y motivos universales sino al concreto y diario afán de vivir. Así fue Pascual Contursi el que introdujo la letra del tango y usó el lunfardo para llorar las penas que dejó el abandono:
Percanta que me amuraste (Noche triste) Una síntesis posible para el primer siglo desde la emancipación, sería la siguiente: La extensa, despoblada y descapitalizada colonia del Río de la Plata, se había transformado en cien años. La parte más importante de la modernización había consistido en consolidar un Estado Nacional con una burocracia a la que un nuevo orden jurídico, adecuado a las necesidades de la época, le permitió organizarse y atender servicios que antes no existían. Esta es quizás la parte más reflexiva de la obra de la generación del 80. Así, paulatinamente a partir de la Presidencia de Roca de 1880 y en las palabras de Gino Germani:... en un ritmo que tiene pocos paralelos en la historia de otros países, la Argentina se transformó, virtualmente, en moderna, aunque este proceso arraigó sobre una base económica muy vulnerable. Esta vulnerabilidad se debió a la fuerte dependencia del exterior de todo el subsistema económico y sobre todo a no haber comprendido que las ventajas increíbles que habían hecho de la Argentina casi súbitamente, uno de los grandes países exportadores de granos, eran ventajas relativas, sujetas a un corto plazo y a una determinada división del trabajo internacional, precaria e incontrolable para nosotros. Porque a la desmesurada extensión horizontal de los cultivos que habían multiplicado la producción agrícola, debieron haber seguido las inversiones industriales que aumentaran el valor agregado a las materias primas y las investigaciones destinadas a la invención de técnicas que perfeccionaran la siembra, la recolección y el almacenamiento de las cosechas, que es aún, un problema nacional que está lejos de haber sido resuelto. La coincidencia provisoria de una modernización económica con un aporte considerable de brazos, motivó la formación de una clase media importante, que correspondió durante el tiempo de su expansión, al desarrollo de países con un futuro de solidez sostenido, induciendo a perspectivas más optimistas que lo que la realidad confirmaría en el porvenir. Ello se debió a que una estructura económica capaz de un crecimiento autosostenido es un fenómeno cultural y no solamente económico. Es decir, depende de la acción conjunta de los demás subsistemas del sistema social, especialmente de la visión del subsistema político y de sus programas de desarrollo social, del grado y naturaleza de los conflictos entre los subsistemas y de su capacidad de consenso frente a intereses encontrados. Esta concepción implica la economía subordinada al comportamiento del sistema social en su totalidad y a su capacidad de defensa para moderar las tendencias al desorden que nuestra cultura manifiesta en un grado superlativo. Afirma el convencimiento del autor de que los problemas que aquejan a nuestro país, no se resuelven solamente con buenos programas económicos, si no se atienden simultáneamente otras prioridades como la educación a la reorganización del Poder Judicial, únicas medios de consolidar un tejido social resistente a la agresión. El modelo elegido a fines del siglo diecinueve radicó en un canje de materias primas por productos manufacturados, lo que más adelante se manifestó en los términos de un creciente deterioro de los términos del intercambio comercial, entre otras razones, porque la incidencia de la investigación tecnológica y la elevación de los niveles de vida en los países industrializados, aumentaron los costos de sus productos a un ritmo diferente del que podían incrementarse los precios de venta de los nuestros, con el agravante suplementario, de que los precios los fijaba el mercado comprador y no el vendedor. La falta de capitales suficientes que se interesaran por la industria o los transportes y la concentración urbana, orientó a esa clase media, potencialmente productiva, a tareas de intermediación o al ingreso en los servicios del Estado. Durante la mayor parte del primer siglo, desde 1830 hasta 1916, puede decirse que hubo en la Argentina una clase dirigente homogénea, formada por los grandes terratenientes, los importadores de mayor importancia, los banqueros y los abogados más conocidos. Antes de 1830 y después de 1916 es incorrecto hablar de clases dirigentes, porque no hubo homogeneidad alguna permanente entre los distintos grupos con poder económico o político. Si los intereses representados eran los mismos, se había perdido la posibilidad de combinar racionalmente sus mutuas demandas. Es a esa clase dirigente a la que se deben atribuir los aciertos y los errores de la época del ejercicio de su poder. A ella se incorporaron los políticos con éxito y las nuevas fortunas que resultaron de la época expansiva y especulativa de la economía. La existencia de una clase dirigente homogénea, asegura en principio la consistencia y la continuidad de una política y eventualmente de un programa económico, como sucedió en las últimas décadas del siglo diecinueve. Estas ventajas evidentes disminuyen, si se tiene en cuenta que la concentración del poder implica un dominio del sistema social, la restricción o la supresión de libertades, y el riesgo cierto de que los intereses del grupo gobernante y los del sistema social no coincidan enteramente y que por lo tanto, la distribución de las cargas y de los beneficios sea desequilibrada. Octavio Paz comenta: durante más de un siglo América Latina ha vivido entre el desorden y la tiranía, la violencia anárquica y el despotismo. Agrega más adelante: La democracia ha nacido de la conjunción entre las teorías e ideas de varias generaciones y las acciones de distintos grupos y clases, como la burguesía, el proletariado y otros segmentos sociales La democracia no es una superestructura, es una creación popular El desarrollo de la democracia ha existido en mucho mayor grado en algún país de América Latina, como Chile, que pudo lograr un tejido social más compacto y flexible a la vez como para gozar de épocas de un desarrollo político, que si bien estaba dirigido por una clase, ésta era suficientemente dispuesta a la concertación como para asegurar un margen de libertad y opinión de la civilidad. Entre nosotros, el principio constitucional de la división de los poderes fue, desde su sanción constitucional, una teoría política y no una práctica jurídica. No tuvimos nunca, lamentablemente un subsistema judicial independiente como el que destaca Tocqueville al decir:... el poder dado a los tribunales americanos de fallar sobre leyes inconstitucionales forma todavía el más fuerte antemural que nunca se haya levantado contra las tiranías de las asambleas políticas... Estas raíces, hondamente prendidas en nuestro suelo, seguirían dando frutos nocivos hasta fines de nuestro siglo
Luis Sáenz Peña, como se ha visto en el capítulo IX, llegó a la Presidencia en virtud de la facilidad del sistema cerrado que permitía designar candidatos, cualesquiera fuesen sus cualidades y sus defectos. Lamentablemente, la acción conductora no llegaba mucho más allá. Se influía definitivamente en la elección. Después, la propia lógica de las cosas conducía el resto. Sáenz Peña tuvo un acierto, quizás el único, que fue además de corta duración. Nombró ministro de Hacienda a un hombre muy hábil, Juan José Romero. En las palabras de Ferns: Probablemente ningún ministro de Hacienda argentino haya hecho tanto bien concreto en tan corto tiempo como el Dr. Romero y tal vez fue por eso que su vida oficial fue tan corta. Romero era experto en materia financiera. Realista en la percepción de los problemas, vio claramente que sólo se podía pagar lo que se podía pagar. Obvió entonces el paso habitual de contraer nuevas deudas para saldar las ya contraídas y ofreció un plan de pagos a los banqueros ingleses ajustado a las condiciones reales. En caso de no aceptarse la propuesta, amenazó con una moratoria unilateral. Consiguió su objeto. Las exportaciones agropecuarias, liberadas de la opresión externa, nivelaron la balanza de pagos y el país salió de su penosa coyuntura de cesación de pagos. Luis Sáenz Peña había sido el resultado de una maniobra personal de Julio Roca, que atendió sus propios intereses. Al proponerlo en lugar de su hijo, sólo tuvo en cuenta lograr la neutralización de un adversario peligroso que podía empañar sus expectativas. Las consecuencias de esta cabriola política se verían más adelante. Todavía el núcleo cerrado se podía mantener, aunque cada vez más sacudido. Las provincias estaban continuamente perturbadas por golpes y contragolpes, parlamentos paralelos y otras maneras novedosas de presentar viejos hábitos. Manuel Quintana, ministro del Interior, por su parte, no escatimaba el uso de las intervenciones federales, demostrando así su escaso respeto al espíritu de la Constitución; inclinación que al fin y al cabo, era la de todo el grupo gobernante. A las sublevaciones seguían las renuncias en el gabinete nacional. En la parte superior de la cúpula, como una trinidad última cuya unidad era independiente, sin gobernar, pero influyendo para lados distintos, Mitre, Roca y Pellegrini. Este último, en un gesto insólito en ese escenario, aconsejó a Sáenz Peña el nombramiento de su antiguo enemigo político, el Dr. Del Valle, hombre inteligente y combativo, crítico del régimen. Sáenz Peña lo designó en la importante cartera de Guerra. Los radicales repudiaron la designación y se negaron a colaborar. Para resumir la intensidad de la desintegración cultural, bastará transcribir la síntesis cronológica del libro con el que Horacio Guido cubre la época.
Julio 8: Desarme de la Provincia de Buenos Aires. Julio 23: Elección de un senador nacional en reemplazo de Varela. Triunfa la UCR y se incorpora Alem. Julio 24: Desarme de la Provincia de Santa Fe. Julio 25: Desarme de la Provincia de Corrientes. Julio 29: Los radicales, conducidos por Hipólito Yrigoyen, se levantan en armas y toman las municipalidades de la Provincia de Buenos Aires. Se concentran en Temperley y marchan sobre La Plata. Igualmente los cívicos nacionales a las órdenes de Campos se levantan en armas para ocupar el gobierno local. Agosto 9: Del Valle desarma a Campos y reconoce como gobernador provisional a Juan Carlos Belgrano. Agosto 10: El Congreso interviene a Buenos Aires. Agosto 12: Renuncian Del Valle y todos los ministros. Es la cuarta crisis de gabinete. Quintana es designado ministro del Interior, acompañado por Eduardo Costa en Instrucción Pública, José Antonio Terry en Hacienda y Luis María Campos en Guerra. Al día siguiente se declara el estado de sitio y se intervienen todas las provincias convulsionadas.Setiembre 17: Los radicales se sublevan en Tucumán y deponen al gobernador Próspero García. Setiembre 24: Revolución en Santa Fe. Candioti y Lisandro de la Torre ocupan la provincia y sitian al interventor Bernal. Setiembre 25: Alem es proclamado en Rosario Presidente Provisional. Octubre 2: Roca entra en Rosario y se sofocan todos los grupos revolucionarios radicales del Interior.
El 22 de Enero de 1894, Luis Sáenz Peña a su vez renunció ante el Congreso y el 23 José Evaristo Uriburu, Vicepresidente de la Nación, asumió la Presidencia completando el período sin alternativas que valga la pena mencionar.En 1894 fue elegido Manuel Quintana como Presidente de la República. Pellegrini hizo el siguiente análisis: Ha recibido el país en plena descomposición política, con prácticas... que no son invención de los actuales mandatarios, sino herencia atávica; es el cacique que el cristianismo convirtió en caudillo y el caudillo que la instrucción convirtió en autócrata, conservando los antiguos hábitos y prácticas de mando absoluto y tratando al pueblo como a la primitiva tribu sumisa y obligada a obediencia pasiva. Está rodeado por camarillas más o menos cultas o ilustradas, pero que se disputarán el predominio con propósitos exclusivos y egoístas. No existe opinión organizada, viril y eficaz, que lo sostenga y aliente, si se resuelve a proceder, a pesar de todo y de todos... Carlos Pellegrini, en 1904 —dos años antes de su muerte— visitó los EE.UU. Desde allí escribió seis cartas en las que el ejemplo americano le hace reflexionar sobre sus antiguas ideas. Es uno de los casos poco frecuentes entre nosotros de una entereza capaz de reconocer sus errores. En estas cartas hay muchos párrafos ilustrativos de su actitud. Entre ellos algunas dicen así: Hay aquí (en los EE.UU.), pues, un Gobierno verdaderamente representativo, republicano, federal, un pueblo que se gobierna a sí mismo y 15.000.000 de ciudadanos que votan. ¡Cuán humillante y triste es comparar todo ésto con ese simulacro de Gobierno representativo que impera en la Argentina y en toda Sudamérica! Su lucidez y su integridad permitieron a Carlos Pellegrini evolucionar hacia una visión diferente y más civilizada de la política. Pero fue una figura excepcional en su tiempo. Desgraciadamente, sus conclusiones no hicieron escuela. La narración histórica de este ensayo tomará ahora como centro de irradiación de los fenómenos políticos y sociales que se desenvuelven hasta 1930, a la compleja e interesante figura de Hipólito Yrigoyen retrocediendo en el tiempo, ya que su biografía que desborda con su influencia las primeras tres décadas del siglo veinte, comienza en 1852. Durante su actuación a partir de 1912 los demás personajes desaparecen de la escena, como ocurre con un gran actor que ocupa el tablado entero con su presencia. Muerto Carlos Pellegrini en 1906, el único gran carácter que queda de las épocas doradas del siglo diecinueve es Roque Sáenz Peña, uno de esos hombres esclarecidos que llegan tarde a la historia de su tiempo. Formado dentro de las ideas del grupo que finalmente lo lleva al poder, su lucidez le hizo ver el desgaste y el anacronismo de ese esquema. Tuvo apenas tiempo para impulsar la ley que lleva su nombre y lo hizo venciendo profundas dudas y acaso resistencias sentimentales. Fue un triunfo de su racionalidad y cumplió con su deber íntimo al dar paso a una concepción del país que era aún un proyecto vago, centrado en lo que se llamaría la reparación. La personalidad de Hipólito Yrigoyen fue singular en extremo. La forma en la que se desenvolvió su trayectoria es sobremanera curiosa. Descendiente —como su tío Leandro N. Alem— de un rosista, tiene ciertos rasgos apenas aprehensibles que lo acercan al Restaurador con una suerte de parentesco psicológico, con sus mismas raras intuiciones, el misterio en el que se movió su vida privada, su retraimiento. No fue hombre que respondió a intereses personales ni de grupos. Sus acciones no tuvieron por objeto favorecer objetivos patrimoniales privados. No tuvo atracción sensual por el poder y los privilegios que depara, pero sí una inmensa ambición de poseerlo, para cumplir la tarea misional que él mismo denominó reparadora. Su historia fue por demás extraña y la manera en la que ejercitó su autoridad señala la influencia de un factor magnético capaz de mover muchedumbres. Caudillo sin palabras, jamás arengó a la masa de sus adeptos y sin embargo ésta espontáneamente sustituyó a los caballos que debían arrastrar su carroza; huésped habitual de la penumbra, se ocultaba tras las persianas para no ser visto por quienes le aclamaban. Alcanzó una inmensa popularidad sin planearla con expertos, como por añadidura. Su niñez, compartida con Leandro N. Alem, que a sus once años había visto a su padre colgado de una horca en una plaza pública, cuando Hipólito tenía apenas uno, explicaría un comportamiento paranoide. Perseguidos los rosistas por los unitarios vencedores de Caseros, sus primeros tiempos fueron tristes. La compañía de su tío no era por cierto para alegrar a nadie. Leandro era taciturno. No olvida, no olvidará nunca, la visión de su padre deshonrado, colgado de una horca, sirviendo de espectáculo escribe Manuel Gálvez en su excelente biografía de Hipólito Yrigoyen. Las impresiones recibidas en la primera niñez, dejan huellas que ningún tratamiento conocido logran borrar. Una buena terapia analítica puede procurar una convivencia aceptable con los fantasmas, pero ellos nunca desaparecen. Yo era el hijo del ahorcado. Yo era el hijo del mazorquero Alem confesará Leandro. E Hipólito era el nieto. En su casa no ve sino mujeres que padecen y lloran dice Gálvez. Tal escenografía común, sin embargo, hace de ambos hombres distintos. Uno, el tío, orador arrebatado, especie de Juan Bautista de una religión que conoce sólo parcialmente y otro, el sobrino, el que sabe los ritos secretos y las palabras que se dicen en silencio. El mundo al que se asoma Yrigoyen, es el hermoso, nuevo mundo que recibe inmigrantes que van cambiando la ciudad. Su padre, Martín Yrigoyen, es uno de ellos, un vasco francés que le lega sus genes tenaces, esos que tanta falta le van a hacer en su largo camino. La adolescencia de Hipólito es reservada y reticente. No se le ve con otros. No participa en juegos y fechorías. Viste de oscuro, es reservado y aprende sin cesar, no tanto por lo que lee, que no es mucho, sino por lo que oye, por lo que observa. Su tío crece en prestigio. Alem va dejando atrás —un poco, no todo— sus angustias infantiles. Se vincula, se le conoce, habla bien y tiene influencia. Tanta, que lo hace nombrar a Hipólito —que sólo tiene 20 años— comisario de Balvanera. Era barrio medio indómito, ese. Tiene espíritu propio ese barrio en el que hay pocos gringos. Barrio de los "compadres" y de los "galleros". Allí los amores se inician y se eternizan en los zaguanes junto a las rejas. Pero la gran pasión de este barrio romántico es la política. Política de facciones, de fraudes, de balazos. Durante algún tiempo la llamarán "la provincia de Balvanera", esta descripción de Gálvez, sitúa el lugar donde Yrigoyen pasa cinco años en su primera experiencia pública. En las comisarías se puede aprender mucho sobre el hombre y también sobre la mujer. Y la mujer va a ser figura importante en la vida de Yrigoyen, siempre, claro está, en su estilo recatado, semioculto, que será el obstáculo para reconocer sus hijos naturales cuando los tenga. Yrigoyen aprende. Va sabiendo cómo es la política y lo que esconde en sus pliegues. También cómo funciona la policía. Esto le será útil algún día, en su época de conspirador y de gobernante. A las gentes de pronto nos llegan informaciones gratuitas que no parecen ser útiles hasta el momento preciso de necesitarlas. La escuela de miserias que pasa delante del comisario lo deja conocer desde adentro al sujeto caído, entregado, que no puede más con el peso de su angustia. Leandro Alem, mientras, ha ido y venido de la guerra. Estuvo en Cepeda del lado de Urquiza y en Pavón del lado de Mitre. Después, en la feroz —e insensata— guerra del Paraguay. Allí lo hirieron. Es mozo valiente, quiere distinguirse, no teme al peligro. Sin esas cualidades no se puede hacer política. Son épocas tumultuosas como tantas otras de esta historia argentina. Un día hay tiros. Alem está con Aristóbulo Del Valle, orador tremendo. Después de los tiros a Alem le asaltan la casa y entra en una época de ostracismo. Sin este apoyo a Yrigoyen lo exoneran. No le queda otra cosa que seguir sus estudios de derecho. Había entrado a la Universidad eludiendo con astucia la necesidad de presentar certificados de estudios que no había hecho. Allí muestra otra faceta de su complicado comportamiento: No ha entrado por la puerta sino por la ventana dirá Gálvez. Tampoco se sabe si realmente llegó a recibirse alguna vez de abogado. De todas maneras permitirá que se le llame doctor. Puede presumirse que terminó su carrera. Pronto entrará en la política. A las calladas. Como todo la suyo. Así fue candidato a diputado provincial. Sin haber hecho ninguna campaña. Su tío se ha encargado de ponerlo en una lista. Tiene veinticinco años. Cuando lo eligieron formó parte de la comisión de presupuesto. Hablaba poco y cuando lo hacía, tenía una precisión que se destacaba de la verbosidad parlamentaria habitual. Comienza, sin proponérselo, a diseñar una imagen pública que alimentará a veces conscientemente, a veces por intuición, pero siempre con prudencia. Porque el camino que llevará a Yrigoyen al poder se va trazando a su lado por una proyección casi metafísica, que no dependió sino indirectamente de sus acciones u omisiones. Su personalidad esquiva mantuvo una conducta coherente y austera, que lo alejó voluntariamente de la propaganda pública. Su imagen se fue entretejiendo con retazos de anécdotas en la imaginación del pueblo, que la recibió como su única esperanza, como su única expectativa, como su única reivindicación posible. Es en esta curiosa génesis que se manifiesta claramente la identidad de un caudillo. Rosas en parte —en la parte de su capacidad de misterio— también proyectó su propio ectoplasma en la fantasía de sus seguidores. Pero se preocupó —como lo hemos visto— de provocar la admiración directa con su habilidad campera, con su belleza física, con su agilidad ecuestre. Yrigoyen, en cambio, no hizo nada por mostrarse a su pueblo. Era hombre bien plantado, de buena estatura y la tez ligeramente oscura que denotaba su línea indígena por vía materna... sus facciones eran regulares y de rasgos delicados... Su voz era una de las cosas que difícilmente se olvidaban. Poseía una memoria napoleónica. Hombres y nombres no se le olvidaban jamás. Los favores y servicios que se le prestaban tenían infaliblemente recompensa... Tenía una voluntad recia, que no conocía la fatiga ni la decepción... Su inteligencia era clara y penetrante, pero intuitiva, cordial, más que razonadora... Todas estas cualidades, mencionadas en otra excelente biografía, la de Félix Luna, completaban a la más importante, a la que lo hizo caudillo y que también describe la misma obra: Poseía cierto don de adivinación, cierta mágica sensibilidad que le permitía captar sutilmente sentimientos casi no gestados, ideas no expresadas aún..., lo que le granjeó más tarde una mítica aureola de catador infalible de hombres.. Pero sin duda su núcleo irradiante lo constituyó la coincidencia de sus ideales mesiánicos con las necesidades del pueblo urbano, con esa parte de la cultura porteña naciente que hablaba con distintas voces, italianas, españolas, griegas o turcas, en lenta pero constante maceración con las otras, las autóctonas, las criollas, y que resultó en un gran clamor de ansias de hacerse oír, de participar, de dejar el margen para entrar en el ruedo. En esa época -1880- Yrigoyen tenía treinta años. Por razones que ninguno de sus biógrafos aclara, fue nombrado profesor de la Escuela Normal de Maestras en una cátedra que comprendía Instrucción Cívica, Historia Argentina y Filosofía. Allí llegó... a adquirir fama —probablemente merecida— de mal profesor... dice Gálvez. No por falta de conocimientos sino de vocación docente. Vive ya demasiado ensimismado con sus propias visiones como para interesarse por sus alumnas. En todo caso, por responsabilidad, estudia Filosofía, porque de las otras dos materias sabía lo suficiente. Y por esta senda llega al krausismo, que adopta como sistema. El fundador del krausismo: Karl Christian Friedrich Krause (1788-1832) es casi un desconocido en la historia de la Filosofía. Pero su influencia política en España y de allí en Latinoamérica fue muy grande y posterior a su muerte. La escasa mención que existe de su filosofía, lo ubica en el idealismo alemán de Fichte, Schelling y Hegel. Ana Siemsen, citada por Antonio Fabra Rivas, habla de su lenguaje de ejemplar oscuridad: Sus neologismos —dice— hacen muy difícil para un alemán la lectura de sus obras. Julián Sanz del Río, su introductor en España, no hablaba correctamente el alemán y Menéndez y Pelayo al comentarlo, trascribe un párrafo de su prosa castellana en estos términos: ... Lo puro todo, a saber, o lo común, es tal en su puro concepto (el con en su razón infinita, desde luego) como lo sin particularidad y sin lo puro particular... siendo lo puro todo —con todo— lo particular relativamente de ello al modo principal de su totalidad... La filosofía de Krause que postula la libertad, la tolerancia y la fraternidad, presenta todos los caracteres de la época racionalista y de la Revolución Francesa dice Siemsen. Estos principios solo germinaron —anacrónicamente— en España en 1868, y culminaron en una revolución ese año —la llamada gloriosa— que destituyó a Isabel II. Curiosamente, de un conjunto de ideas oscuras, transportadas en un lenguaje seminteligible, se habían filtrado algunas suficientes, para dar fuerza a un movimiento libertario que apareció en la fugaz República de 1873/1874. Sanz del Río le dio su especial configuración como ideario reformador y europeizante de la anquilosada cultura española, escribe Osvaldo Alvarez Guerrero —Salmerón, Castelar, Azcárate, Costa, Posada, Giner de los Ríos y Cossio—, son algunos de los nombres que impulsaron el cambio. Yrigoyen sacó lo suyo de Krause. Muchos años después -en 1920- escribirá a Marcelo Alvear un largo telegrama de clara filiación Krausista: Clamor, clamor de agonía de los mundos de lo efímero. Propensión íntima de mi espíritu, fue siempre, guardando silencio en la solicitud, meditar el querer las cosas del océano. En la actitud hierática del elegido, portador de la canastilla de mimbre se despierta el devenir... En esta prosa posterior de Yrigoyen para la que aún faltan treinta y cinco años, hay una profunda unidad con sus convicciones juveniles, con sus sueños de redención y rescato de la humanidad. En especial de la Argentina, sumida en la escoria y el oprobio que es para él el Régimen. Esa convicción que adquirió de joven, tomó alas de la ética del Estado que inspiró Krause, se sumó a sus aún indefinidas ansias de reparación de su propia historia remota, se fortaleció en la soledad y lo llevó a una austera renuncia de toda función pública. Cuando las probabilidades que se entreveían de corregir el Régimen parecían inexistentes, Yrigoyen conspiró. Lo hizo a su manera, en 1890, en 1893, en los cinco años que preceden a 1905 cuando estalló el movimiento contra Quintana, sucesor de la segunda Presidencia de Roca y que inicialmente procuraba la caída de éste. En realidad, no era ni uno ni otro, era el sistema al que había que erradicar. En ese lapso pasaron cosas graves en la República. La fiebre especulativa de 1889, el derrumbe del juarizmo, la semiquiebra nacional, Carlos Pellegrini en la Presidencia. Roca —siempre el Zorro— condenó la candidatura de Bartolomé Mitre a una nueva Presidencia proponiéndole un acuerdo, que Mitre, que no advirtió el peligro de la invitación, aceptó. Alem y Del Valle estallaron indignados y allí nació la Unión Cívica Radical, instrumento que llevaría a Yrigoyen al poder. Luis Sáenz Peña, candidato en lugar de su hijo, mantuvo el sistema ya en decadencia, diez años más. Para Yrigoyen ese instrumento no fue nunca un partido. Esta concepción parcial era antitética con su hambre de absoluto. Para él fue la causa. Es decir, lo elevó a primum movens, de sus aspiraciones de trascendencia. En esos tiempos ya se había distanciado de Alem, el tribuno fogoso e impulsivo, al que tanto lo debía. Los motivos de este desencuentro se ocultan en los pliegues de estas dos complicadas psicologías. Sólo se sabe que Alem se consideró muy defraudado en sus expectativas. Yrigoyen organizó una revolución en 1898. Trabajo minucioso, de relojería. Su estilo en ésta y en la próxima —la de 1905— es siempre de persona a persona. Cada una de éstas después actúa como la piedra que cae a un lago, en círculos en expansión. Pero domina con su influencia la opinión de la Provincia de Buenos Aires. Gobierna el partido sin control, pero también sin prepotencia, con modos suaves, valiéndose de hombres de condición diversa que lo sirven con perruna fidelidad y romántico desinterés dice Gálvez. Puede destacarse ese romántico desinterés como movilizador. Existía sin duda ese sentimiento en la micro-cultura de esta ciudad nueva de fin de siglo. ¿Era el reflejo dorado de las mieses de Lugones que inspiraba ideales de renovación, de alguna forma de pureza? Era la frustración que buscaba redimirse? Era la energía que, dispersa, anhelaba cauces ciertos, que la mentalidad frívola del gobierno no había ni siquiera imaginado? Era todo eso y más, que captado por el caudillo se transformaba en objetivos de acción concreta, en molde de sueños no formulados, de ansias sin palabras. La revolución fracasó. Yrigoyen no quiere que se derrame una gota de sangre. Su tarea es limpiar las manchas, no multiplicarlas. Hay demasiadas páginas sucias en la historia. Cumple con sus objetivos, pero el ministerio de Del Valle a quien procuraba apoyar el movimiento, abandonó el gobierno. La imagen de Yrigoyen se agrandó. Su renuncia a todo cargo público revelaba un político distinto cuyas ambiciones iban más allá de la sensualidad del poder. En rigor de verdad, esta forma de apego no surge de la historia de este hombre tan singular. De haberlo tenido podría haber sido un déspota oriental sangriento y codicioso, tanta era su fuerza como caudillo. Tan ciegamente fue seguido por la muchedumbre. En setiembre de 1893 los radicales de Tucumán se levantaron en armas. Esta vez los capitanea Alem. Hipólito Yrigoyen no tiene nada que ver. El movimiento duró vivo apenas unos días y Alem terminó preso. También Hipólito, por las dudas quedó alojado en el Ushuaia, un barco viejo sin camas pero con ratas. La brecha entre ambos —tío y sobrino— se ha hecho infranqueable. La lucha es sorda, pero sin cuartel. Formulado o no, para Yrigoyen el desenlace no puede ser otro que la desaparición de Alem. Su primer y único móvil es —dice Gálvez— la convicción mística de que el país necesita salvación, de que sólo él podrá salvarlo y de que Alem es un obstáculo a la realización de su mandato... El partido la patria, y el cumplimiento de su misión en la vida, están por encima de los lazos humanos. El fanático no necesariamente es un exaltado. La palabra proviene etimológicamente de fanum, templo. Nace por lo tanto da una inspiración religiosa. Tiene de ella la seguridad dogmática, la basejuris et de jure —que no admite prueba en contra—. También la persistencia. La fe inconmovible que es sostén y explicación de la tenacidad. El fanático no es ni puede ser frívolo. Lo que caracteriza la frivolidad es la fractura; el vocablo latino del que desciende, valía tanto como cántaro roto, es decir la pieza quebrada, las partes dislocadas. Por lo tanto, lo discontinuo. El fanático tiene sobre todo continuidad y concentración de objetivos. Yrigoyen es un fanático introvertido; su tremenda energía interior está siempre bajo control. De allí sus maneras tranquilas, su fuerza serena. Alem preparaba una revolución en 1892 que Yrigoyen consideraba prematura. Se le hizo el cargo realmente gravísimo de que la había denunciado a Pellegrini. Pero repitiendo la cita de Gálvez se trata del cumplimiento de su misión en la vida. Sobre ello no hay más que conjeturas o quizás solo lo que en el derecho anglosajón se llaman pruebas circunstanciales. En Mayo de 1896 Alem empeoró su carácter taciturno. Según Gálvez, dice, refiriéndose a su sobrino: Alimenté una víbora en mi pecho para que luego me mordiera el corazón. Alem era demasiado simple y demasiado exaltado para comprender la ambigua conducta de Yrigoyen. Está desesperado. Ninguna de sus expectativas se ha cumplido. Ve la obra de su vida, la Unión Cívica Radical, en franca disolución. El final, como el de todo suicida, es una agresión angustiada a todos aquellos a quienes atribuye sus desdichas. Su sobrino está sin duda a la cabeza, después el régimen, al final la sociedad entera. En su carta de despedida declaraba acabada su carrera: Para vivir estéril, inútil y deprimido, es preferible morir: Sí, que se rompa pero que no se doble! Así termina este precursor que anunció el triunfo del pueblo. Perseguido por sí mismo, por su pasado. Su figura de profeta inflamado tenía un aire del Antiguo Testamento y respetable es su historia trágica. En 1896 también murió Del Valle, otra de las figuras que las contradicciones de nuestra cultura anularon, sin aprovechar su talento. Si Bernardo de Irigoyen pasó a ser el jefe visible del radicalismo, el verdadero jefe era Yrigoyen. Su posición real se consolidaba. En 1897 se vuelve a plantear la candidatura presidencial. Los dos grandes partidos pueden ponerse de acuerdo. Yrigoyen se enfrenta con Mitre. El vicio patricio, ya harto de ruido y de furia, aspira a una concertación de fuerzas. Como bien resume Gálvez: Mitre es político realista. Yrigoyen es un hombre de principios inmutables. Mitre prefiere que se salve el país. Yrigoyen prefiere, por ahora, que se salven sus principios. Para conseguir sus fines, utiliza todos los recursos ocultos que le dicta su intuición. Hostiga, crea dificultades. Todo silenciosamente, trabajando entre los hilos, cambiando los decorados. Pero allí aparece otro gran político: Lisandro de la Torre. Con un talento, lucidez y coraje para los cuales el país lamentablemente no tuvo destino. Renuncia al partido airadamente, denunciando a Yrigoyen: El Partido Radical desde su origen —dice— ha tenido en su seno una influencia hostil y perturbadora que ha trabado su marcha, que ha desviado sus mejores propósitos y que ha convertido toda inspiración patriótica en un debate mezquino de rencores y ambiciones personales. Cuando después de nombrarlo lo acusó de haber antepuesto a las conveniencias del país y a los anhelos Repartido, sentimientos pequeños e inconfesables... estalló la algarabía con revólveres a la vista. Yrigoyen y de la Torre se batieron en un duelo feroz. A sable, con filo, contrafilo y punta. Yrigoyen jamás ha empuñado un sable y su adversario es buen esgrimista. Después de un asalto de treinta y cinco minutos, los médicos decidieron que de la Torre no puede continuar. "Me ha pegado dos hachazos, lo felicito" dice el herido, citado por Gálvez. Por supuesto, no hubo reconciliación. Yrigoyen redactó un manifiesto en cuya letra está toda su filosofía, no la Krausista, sino la suya: Cuando se abriga fe en la causa por la que se ha combatido, se salva ante, todo la pureza del principio, en la convicción de que horas propicias le darán la victoria, porque los pueblos que llevan en su seno un porvenir grandioso, avanzan siempre en la conquista de sus verdaderos anhelos Muchos años después, en otro párrafo del telegrama a Alvear, en su lenguaje críptico, se referirá a esta larga travesía del desierto: He cobijado bajo el viento de demencia de los míos, la chispa argentina de las forjas de la epopeya. Y sordo, sordo en mis propias en entrañas, al alboroto de los que huyen en pánico o se rehúsan a la ofrenda mística de su ser, siempre he ignorado el gesto que renuncia y no he nunca vivido de mi propia vida sino las indomables rebeliones de mi sursum humano, en humildad profunda frente a las cosas de lo absoluto... Esperando que la razón inmanente esclareciera nuestros juicios de pastores y rebaños. El radicalismo entró en esa época en un largo eclipse. Yrigoyen está solo. Magníficamente solo en su soledad, escribió Gálvez de este tiempo de espera. Roca de nuevo es el Presidente. Bernardo de Irigoyen el Gobernador de Buenos Aires. Aunque se había acercado al ideario radical, en realidad estuvo siempre más cerca de los conservadores. Era lógico que volviera a sus orígenes. Las elecciones siguen siendo programadas. Las provincias responden al Zorro, al que el paso del tiempo no ha cambiado. Los reclamos de los obreros de la industria naciente, son agitados por inmigrantes anarquistas y enérgicamente reprimidos por la policía. Yrigoyen inicia una lenta labor revolucionaria; cree que no hay otra solución que tomar la justicia por su cuenta y esta tarea le llevará cinco largos años. La hace a su manera, de nuevo de persona a persona, pacientemente; otra vez el trabajo minucioso, de relojería. La vocación por la penumbra y hasta los rasgos paranoides nutridos en sus experiencias infantiles, se unían a la tenacidad, articulándose en el tejido de su memoria asombrosa. Registraba todos los mensajes y tenía el inventario de todos los hilos. Se aproximó a oficiales del ejército. Les describió el régimen con las palabras que sabía usar en el coloquio individual. Era difícil no dejarse convencer. Conmovían sus descripciones sobre las iniquidades del sistema y el porvenir de oro del radicalismo. Así se fue tejiendo la trama revolucionaria en la esperanza de la gran reparación radical. Yrigoyen no había descuidado sus negocios particulares. Necesitaba una base suficientemente sólida si quería triunfar en política. Compró y vendió un par de campos. Los trabajó retirándose a sus ranchos austeros para disimular sus andanzas de conspirador o para aislarse en una meditación que lo llevaba a reencontrarse consigo mismo. Necesitaba la soledad campestre para palpar su fuerza interna, y templar cada día, como en un entrenamiento, su control de sí. En 1903 faltaba un año para terminar la Presidencia de Roca. El candidato más firme parecía ser Carlos Pellegrini, que estaba muy distanciado del Presidente después del famoso episodio de la unificación de la deuda pública. Una vez más el heroico Zorro ha de impedir el acceso de un hombre superior a la jefatura del Estado. Lo que había hecho con Roque Sáenz Peña lo vuelva a hacer con Pellegrini. ¡Quieren hacer Presidente al mayor de mis enemigos! exclamaba. La candidatura fue votada y se le ofreció a Manuel Quintana. La revolución tan cuidadosamente urdida por Yrigoyen, ha debido estallar antes de las elecciones. Por una razón u otra fue postergada. De todas maneras podía hacerse en cualquier momento. Fuese quien fuese el Presidente siempre estaría contaminado por los vicios del Régimen. Aquí resalta la singularidad del personaje. En la descripción de Gálvez: ... Yrigoyen ha ido postergando la revolución... Formidable conspirador, es por su lentitud, un mal revolucionario. Carece de aptitud para la acción. Su acción —prolongación de su interioridad— es indirecta y consiste en explicar, en transmitir lo que tiene pensado, no en ejecutarlo. Son los otros quienes fundan los comités o se lanzan a la revolución. Gálvez captó bien la personalidad. Ella será la peor enemiga de su gobierno. La energía brillaba —y acaso se consumía— en la ensoñación. Quien se impregna de lo absoluto baja a lo relativo con gran dificultad. Casi podría decirse con cierta repugnancia. El mundo astral de la perfección moral, con el sol de la redención del pueblo vilipendiado, era un sistema planetario en sí, del cual costaba trabajo salir para lo que él mismo llamaba despectivamente "efectividades conducentes". En el ya citado telegrama a Alvear le dice:... Tal vez se haya Ud. un tanto enredado en las cosas que exigen ser resueltas... El 3 de Febrero de 1905, estalló el intento. El gobierno declaró el estado de sitio y el alzamiento fracasó una vez más. Yrigoyen había cumplido con su conciencia y sus imperativos categóricas. Lo demás, en su fondo determinista, no le incumbía. Antes de la hora no es la hora... canta una vieja letra francesa. Y no siempre son los hombres los que deciden cuándo es la hora. Si la revolución ha fracasado, su espíritu inspirador no quebrantó su fe. Quintana aplicaba la mano dura —siempre enguantada— a los obreros descontentos. Yrigoyen había hablado de ellos en un manifiesto. Era la primera vez que alguien entre los fuertes los mencionaba con alguna comprensión. La imagen del jefe radical se va haciendo más visible. Dice Gálvez: Ya Empieza a considerarlo el Pueblo como el Apóstol de la libertad y de la igualdad, como el Profeta que anuncia los tiempos de ventura. Lo misterioso de su destino se hace visible. Félix Luna cita a Horacio Oyhanarte: Como en un trípode, en tres principios fundamentales se sustenta la Unión Cívica Radical: La Revolución, la Intransigencia y la Abstención. Son tres principios que integran una sola doctrina: la de la reparación fundamental. En 1906 murió el Presidente Manuel Quintana. Lo sucedió su Vicepresidente José Figueroa Alcorta, que gobernó con hombres de Pellegrini; Yrigoyen y el joven radicalismo fueron impotentes para lograr la modificación de la práctica electoral, a pesar de entrevistarse personalmente con el Jefe del Estado. Este, a pesar de su pellegrinismo, no participaba de las íntimas convicciones de aquel eminente estadista. Las fiestas del Centenario agotaron el fasto nacional, que detrás de su frivolidad dejaba ver la debilidad de su estructura. Las próximas elecciones fueron las últimas en el estilo del régimen. Roque Sáenz Peña fue electo Presidente de la Nación. En su corto reinado habitó en la Casa Rosada, y revivió algunas de las evanescentes gracias de la Belle Epoque, vistiendo al personal doméstico con libreas palaciegas de calzón corto. Pero a pesar de su salud declinante tuvo la fuerza y el coraje de reformar el sistema electoral. Lo hizo con dudas perfectamente comprensibles. De allí su advertencia, válida para siempre: Sepa el pueblo votar! En la ilustrativa antología de testimonios de la década del 10, de Osvaldo Pelletieri y otros, se cita a Ezequiel Ramos Mejía que dice de Sáenz Peña:... Antes de los cinco meses de la asunción del mando no podía resistir a las tareas del cargo que acababan, de minar su quebrantada salud... Al comentar su muerte, agrega una nota de Caras y Caretas del 15 de agosto de 1914: La República entera lo respetaba y lo quería, porque a su firmeza de propósito y a la amplitud de su política se debe el resurgimiento institucional del país y la vuelta de los partidos a la fecunda lucha democrática. Victorino de la Plaza asumió la Presidencia y al abrir las sesiones del Congreso de 1914, en texto citado por Carlos Ibarguren, lamentó la desaparición de los antiguos partidos Autonomista y Nacional, aludiendo a las nuevas agrupaciones extremas que eran el radicalismo y el socialismo. Con la Ley Sáenz Peña, el radicalismo podría levantar ya la abstención y presentarse a las elecciones de 1916. Yrigoyen rechazaba el calificativo de caudillo: No concibo que la faz de mi persona puede presentar aspecto de caudillo... me valoro a mí mismo más que a todas las caudillerías juntas. La grandeza de nuestros apostolados, simboliza los altos y mejores atributos del espíritu nacional... Ellos han llenado de luz todos los ámbitos.. No hay duda de que se trató de un caudillo sui-generis. Su estilo tiene singularidad que lo distinguen de los demás caudillos latinoamericanos. Guarda, sí, con éstos, algunas analogías esenciales, entre ellas la cualidad de relación instintiva que da a la comunión de sus adherentes una participación sacralizada. Lo que Yrigoyen representaba para sí mismo era esa figura de alucinado misterioso... irreductiblemente identificado con la patria misma, sereno auscultador de sus anhelos e intérprete fiel de sus imperiosas revindcaciones según su propio retrato (Proteo, 12 de Octubre de 1916). Esos ideales expresados en tan oscuro lenguaje no los recibía el pueblo por cierto a través de sus palabras, sino desde esa curiosa alquimia que es la fama: el conjunto de equívocos que hay en derredor de un nombre, según la precisa definición de Rainer Rilke. Los rasgos se iluminaban con rayos de imaginería según el código de cada uno, para coincidir todos en esa unción que no necesitaba justificarse. Cuando llegó la elección, Yrigoyen era el candidato obvio. De acuerdo con sus convicciones renunció ante la Convención partidaria. En el texto de la renuncia escribió: Un gobierno no es más que una realidad tangible, mientras que un apostolado es un fundamento único, una espiritualidad que perdura a través de los tiempos. Era congruente con su conducta querer conservar ese sumo sacerdocio, y no descender al llano de los Presidentes de la República: En 1909 había expresado en una carta al Dr. Molina: Extraviados viven los que piden programa de gobierno a la causa reivindicadora... Para Yrigoyen ella era como un fuego sagrado que lo purificaba todo y hacía toda explicación irreverente. Su renuncia había sido espontánea y sentida. No era un recurso como los que empleaba Rosas para conseguir la suma del poder público. La tarea misional con la que se había ungido Yrigoyen se consumaba destruyendo el mal, no administrándolo desde el gobierno. Lógicamente terminó por aceptar la carga de la realidad tangible. Pero, fiel a sus principios, no presentó ningún programa, porque no creía que fuera necesario. Con 450.000 votos ganó Yrigoyen la elección. La primera minoría fue de Concentración Nacional con 200.000. El 12 de Octubre, día de la asunción del mando, el pueblo desunció los caballos de la carroza presidencial y lo llevó desde el Congreso a la Casa Rosada. Este frenético espectáculo no se veía desde Rosas. El gobierno de Yrigoyen se desenvolvió según la constitución de las cosas, como decía Alberdi. Reflejó las virtudes y las carencias de sus principios en su actitud frente a su caudillo. Fue honesto. Mantuvo a la guerra europea, al conservar la neutralidad y al señalar enérgicamente los atropellos del Imperio Alemán. Lo fue también al denunciar la política de la Sociedad de las Naciones. Fue personalista pero no dictatorial, respetó la libertad civil y la de expresión, pero hizo uso extenso de las intervenciones federales en nombre de la reparación. Yrigoyen —dice lbarguren, que fue adversario político— no tuvo un personalismo totalitario, pero absorbía todo cuanto te era posible manejar o disponer El Partido Radical no era —ni razonablemente se lo podía pedir que fuese— una organización preparada para gobernar. Aparte de esa honradez que estaba en su tradición, no tenía equipos administrativos ni estaba dispuesto a trabajar con los hombres contaminados por el régimen. lbarguren habla del predominio de gente inferior por su incultura e ineptitud... y que la atención primordial, ... casi exclusiva, fue encaminada a satisfacer... los intereses partidarios. Gálvez, por su parte, aunque admira muchos rasgos del Presidente, admite que Salvo alguna excepción, los ministros de Yrigoyen carecen de influencia en el gobierno y de iniciativa y acción propias. Todo lo absorbe la desmesurada personalidad de Hipólito Yrigoyen. Y agrega Es explicable que los nombramientos los haga él sólo, sin consultar a nadie —el consultar no está en su temperamento— ni reconocer las atribuciones de nadie, sean ministros o jefes de administraciones autónomas, porque él solo conoce al partido hombre por hombre, los que se han sacrificado y sufrido por la Causa, los que descienden de mártires... los que nunca han claudicado ni vacilado... los que merecen recompensas. Solo él sabe estas y otras cosas. En otra parte de la descripción Gálvez dice: El espionaje forma parte del sistema gubernativo y político de Yrigoyen. En las oficinas tiene informantes celosos. Sabe quien se burla de él, quien lo admira... Y... al espionaje de sus fieles debe agregar el de la policía. Nunca ha sido tan minuciosa, como durante su presidencia, el espionaje policial. A estas particularidades propias de todo caudillo personalista, hay que agregar otra que se va con frecuencia entre los conductores de pueblos: la megalomanía. Se trata del juicio que hace cada uno de ellos de sí mismo. Se explica por su identificación sacra con la Patria, la Libertad y la Grandeza. Deriva de una convicción de ser ungidos por fuerzas superiores a las humanas. De esta característica que completa su retrato hay textos auténticos públicos. Mi vida es de los más nobles holocaustos y de las más austeras idealidades. Hay existencias a cuyo través fulguran toda las calidades y condiciones de una época y ésa es la mía. En su último mensaje, al terminar su primera Presidencia, en 1922, dijo: La magna obra de reparación... que salvó a la Nación de todos los precipicios a los que fuera arrojada y la encumbró en el glorioso pedestal de sus tradiciones (constituye) un modelo tan acabado de virtudes cívicas... que irradian en el alma nacional... Hemos asumido el más importante de los cometidos que haya memoria en los transformaciones públicas, esclareciéndolo y resolviéndolo en todos sus caracteres con la mayor precisión y altura. Como se ha visto con la época de Rosas y se volverá a ver en nuestra historia, los gobiernos personalistas son proclives a esta descomunal autocomplacencia, que es el resultado de su apartamiento de la realidad y del angostamiento de sus marcos referenciales. Esta característica no es sólo argentina. A las declaraciones de Romanones, publicadas en la prensa madrileña en Mayo 27 de 1927, encareciendo la necesidad urgente de restablecer la Constitución en España, el general Miguel Primo de Rivera repuso que tanto él como sus compañeras de gobierno eran merecedores de una glorificación que supera a todo cuanto hasta ahora se haya podido hacer en ningún país del mundo en exaltación de sus mejores gobernantes. Parte del lenguaje de la época de Yrigoyen puede atribuirse a las reacciones que provocaba la actitud de la oposición, que desde el Parlamento obstruía todos los proyectos del gobierno. Así fracasaron algunos muy importantes, como tratamiento impositivo, créditos de fomento y la aprobación del Código Rural y especialmente del Código de Trabajo. Los ditirambos de la prensa adicta y las palabras de los dirigentes se sitúan al margen de la realidad espacio-temporal de su cultura. Sus exageraciones revelan la pobreza de los términos comparativos de los que surge su exaltada excelencia y una vez más se pone de manifiesto el autismo implícito en todo culto a la personalidad. Al terminar su período, Hipólito Yrigoyen designó de hecho Presidente a Marcelo T. de Alvear (1922-1928). Luis Alén Lascano dice lo siguiente: El poeta Rafael de Diego, frecuentador y discípulo de Don Hipólito, nos refirió haberle oído decir a quien le preguntara por qué eligió a Marcelo en 1922. Porque nunca me creí inmune a la patada histórica, y elegí entre todos, a quién con menos eficacia podía dármela. El mismo autor sintetiza el período de Alvear diciendo: El equilibrio administrativo, la estabilidad económica y la gran prosperidad del capitalismo mundial previa al crack del 29, parecían señalar un futuro ilimitado al país. Pero en la opinión de Félix Luna... en líneas generales significó un estancamiento en el impulso revolucionario que había inaugurado pujantemente Yrigoyen. Esta impresión refleja sin duda el juicio del radicalismo irigoyenista. En las palabras de su más caracterizado exégeta, Gabriel del Mazo: Cuando llegaron los años 1922-1928, el gobierno de esa época, a pesar de las obligaciones propias de su origen ampliamente popular, desvirtuó el gran rumbo originario. Comenzó una fuerte evolución hacia las fuerzas socialmente reaccionarias y hasta llegó con sus partidarios a complicarse en una alianza con ellas... A este radicalismo lo explica Gálvez citando la descripción de un senador por Santa Fe que no nombra: al radicalismo no pueden comprenderlo ni los hombres que pertenecen a las castas del privilegio histórico de nuestro país, ni los intelectuales que llenan las columnas triviales de los grandes diarios con la esencia de sus cerebros, incapaces de la creación robusta, ni los extranjerizantes, ni los extranjeros que aquí llegan tras la dorada ilusión de la fortuna rápida. Pero al radicalismo lo comprende el pueblo. Ese pueblo —según el mismo senador— había impresionado su alma con el hombre que se inclina con bondad, con desinterés, con benevolencia, hacia el abismo del dolor humano. El segundo período del Presidente Yrigoyen comenzó en 1928 y terminó en 1930. Los muchos años y la intensidad del trabajo —dice Gabriel del Mazo— habían traído con rapidez la declinación física de Yrigoyen... A ello se sumó la gran crisis mundial estallada en 1929, que tuvo intensa repercusión en nuestra América... En el desarrollo de la hipótesis central de este libro, la segunda Presidencia de Hipólito Yrigoyen se tipifica claramente como sistema convulsionado que desata el tránsito al sistema social dominado, que se inaugura el 6 de Setiembre de 1930. Este acontecimiento, junto con otros similares, por razones del método adoptado, será descripto al tratar el lapso que media entre 1930 y 1984.
Esta parte del ensayo analiza al sub-sistema militar y comienza procurando aislar algunas de las particularidades que traducen su visión del país y del lugar que ocupa en el sistema social. Más adelante se describirán sus periódicas tentativas para dominar el sistema social entero a través de la usurpación del poder del Estado, sustituyendo por su propio imperio a las autoridades legalmente constituidas. Al relatar los movimientos armados exitosos desde 1930, se comentarán los avances progresivos sobre áreas de la vida social cada vez más extensas, hasta culminar con el golpe de estado de 1976 en la ocupación militar de la Nación por sus propias Fuerzas Armadas, Dentro del sistema social existen dos subsistemas con tan fuerte identidad corporativa y tan amplio espectro de regulación de la vida total de sus miembros, que constituyen una suerte de micro-cultura suficientemente cerrada como para merecer un análisis particular. La profesión militar y la profesión religiosa tienen estas características y es por ello que determinan lo que se llama estado militar o estado religioso. Detenerse entonces en la descripción cuidadosa del agrupamiento que ha tenido la mayor influencia individual en la vida republicana de los últimos cincuenta años, es una tarea ineludible en estas reflexiones. La información existente sobre el tema es suficientemente amplia, y diversas oportunidades han permitido muchas observaciones sobre el comportamiento individual de miembros de las fuerzas armadas en el ejercicio del poder político. Los autores argentinos más destacados en ciencias sociales, se han ocupado del asunto en libros, artículos y conferencias. Autores extranjeros como Rouquié y Potash lo han hecho también con singular sagacidad, escribiendo dos tomos cada uno. Las opiniones escritas y verbales de jefes y oficiales han tenido toda la cobertura de la prensa que su espontánea locuacidad exigía, callando solamente la extensa franja de las noticias secretas y reservadas que los regímenes autocráticos ocultan a la ciudadanía. El perfil militar comienza a caracterizarse con nitidez a partir de la acción del Ministro de Guerra del Presidente Julio A. Roca: General Pablo Ricchieri, quien al decir de Miguel Angel Sconna: Era un profesional cumplido, un militar cabal, sin intereses políticos o de cualquier otro orden fuera de su misión específica a la que conocía como pocos. Ricchieri promovió la Ley 4031, en diciembre de 1901, de servicio militar obligatorio y con ello enconados debates que denunciaron con alguna clarividencia los peligros de la consolidación de un poder armado. Los temores no eran infundados. El fortalecimiento de la institución militar, significó un paso considerable hacia una creciente autonomía, que habría de llegar a una independencia dentro del Estado. Este hecho, cuya gravedad es evidente, fue posible dentro del marca de una cultura en cuya formación han persistido tendencias autoritarias, tanto en quienes ejercitaban el poder ocasionalmente, como en quienes soportaban sus desafueros. Es útil señalar una vez más, que dentro del sistema social, toda ocupación por un subsistema de las áreas de otros, es un hecho cultural no solamente imputable al subsistema invasor, sino también a la debilidad de las defensas del sistema total. Es sobremanera importante destacar que las Fuerzas Armadas argentinas no han intervenido en ningún conflicto bélico durante más de cien años a partir de la guerra del Paraguay y hasta el reciente episodio de las Islas Malvinas. Esta circunstancia, al par que supone una indiscutible inexperiencia en el campo de batalla, llevó a la necesidad de crear condiciones artificiales para preservar el espíritu marcial y para construir el orgullo interno corporativo que dan las verdaderas acciones de guerra. Esta forzosa configuración de un como si, inevitablemente implicó crear y mantener la figura de un Enemigo cuya peligrosidad emergía de su figura abstracta y evasiva y al que se ubicaba en el cuerpo social mismo aunque respondiera a asechanzas del exterior. La tecnología militar en boga en este siglo fortaleció así la acción de los llamados servicios de Informaciones o de inteligencia que se fueron constituyendo y multiplicando en unidades independientes y a menudo rivales entre sí, en todo de acuerdo con la tendencia tradicional a la fractura que tiene el sistema social argentino. Existe una lógica de los servicios que alimenta en sí misma focos activos de suspicacia y recelo, que actúan acumulando informaciones cuya inteligencia —o sea cuya interpretación—, tiene un inevitable margen de subjetividad y se integra en parte con un contingente de fantasmas. Cuando esto, que transcurre entre la alucinación y la realidad, impregna el centro de decisiones políticas a través del dominio del sistema social, se da el tiempo de la caza de brujas y es la fuerza paranoide que anima las grandes represiones. Esta descripción es válida para todos los organismos del mundo dedicados a los servicios informativos y de espionaje. El hecho innegable de su existencia, no es la menor de las pruebas de la naturaleza delirante de la especie humana y de sus instintos suicidas. Junto con la presencia protagónica del enemigo, la imagen de las fuerzas armadas se construyo con la ritualización, es decir una particular y constante presencia de símbolos y gestos combinados y repetidos de acuerdo con un modelo inalterable, cuyo repertorio estrictamente ordenado, constituye el llamado ceremonial militar. Su finalidad es concentrar la atención reverencial hacia personas, imágenes o símbolos que deben ser exaltados, infundiendo en el ser humano, cuando este es objeto de tan especial tratamiento la conciencia de su posición jerárquica y la de los demás a su respecto. Este elaborado y minucioso protocolo funciona como un conjunto sacralizado, cuya infracción no pasa inadvertida. Está acentuado por la vestimenta militar que destaca el rango del usuario. La jerarquía impone un respeto formalizado y ritual del subordinado que se manifiesta en precedencia, saludos y fórmulas verbales. La repetición cotidiana de esta formalización a lo largo de la carrera infunde en los hombres de armas un empaque natural y una proyección de su nivel profesional interno a la sociedad global, que se pone fuertemente de relieve en el ejercicio del poder civil. A esa actividad trasfunden entonces su formalismo castrense, acentuando las notas autoritarias y los rasgos solemnes que abundan ya en nuestra cultura. Las ceremonias militares frecuentemente son acompañadas por una música que acepta ciertos instrumentos y rechaza otros. Excluidas las cuerdas debido a las contingencias de la marcha, usan de las maderas y los bronces, el alegre desenfado de los platillos y la voz rotunda de los tambores, viejos compañeros del hombre en su largo peregrinaje desde el borde de la historia. Así marcan el paso, arrebatan con su ritmo a actores y espectadores y mientras desfila la banda, se levanta un tablado ingrávido de sonidos dentro del cual no existen ni el tiempo ni el espacio. Este micro—universo del militar se completa con ejercicios que ponen su acento en la bravura, en el arrojo o en la resistencia física, cualidades que no tienen correlato habitual en el ideario civil, excepto en ciertos deportes y que al identificarlos con comportamientos exclusivamente viriles, predisponen al hombre de armas a aceptarse sin cuestionamiento, como grupos dominante de la sociedad. La exclusividad del mundo cerrado de las fuerzas armadas, con sus recintos privados, las facilidades extendidas a sus familias y sus accesos a diversos beneficios que los años de ejercicio del poder han multiplicado en un grado difícil de evaluar,los ha apartado de la comunidad a la cual sólo superficialmente están vinculados durante el tiempo de su actividad profesional, ya que ésta transcurre a menudo en cuarteles, bases o en barrios especiales no habitados por civiles. Una constelación tan concentrada de influencias análogas, exalta naturalmente las virtudes corporativas. Así se configura lo que Rouquié describe: el aislamiento de la sociedad global, cohesión y prestigio de grupo, imponen un cierto encierro altanero en la vida militar, un repliegue altivo dentro de la institución que es el horizonte absoluto. La sobreestimación de sí mismo aumenta la autonomía de la sociedad militar ante los poderes públicos.. Esta sobrestimación individual lleva a cierto tipo de narcisismo corporativo que es la versión moderna del narcisismo elitista del siglo pasado. Esta visión del mundo, centrada en los valores del grupo y en un desconocimiento de los valores no compartidos con el resto de la sociedad, puede llegar a extremos de una suerte de apartheid como el que en el cuerpo de ascensores de edificios de las Fuerzas Armadas indica el uso de estos artefactos en una cuidadosa diferenciación jerárquica. Ella reserva sólo para el Personal de tropa la compañía de los Civiles. Los objetivos de la carrera militar son ganar la guerra en una acción concreta. El enemigo debe ser vencido. La negociación no sustituye a la victoria y la habilidad negociadora no es virtud muy respetada. Por eso la política es vista como un vicio que siempre conduce a claudicaciones. Detrás de todo político no se esconden, en principio, sino propósitos subalternos. Por esta razón los gobiernos militares disuelven los partidos políticos como una tarea de urgente limpieza. De lo que se trata es de ordenar el país de acuerdo con normas claras y precisas que regulen la vida nacional en todos sus aspectos, así como los reglamentos internos lo hacen con la vida castrense. La mera existencia del desorden indica a las claras que las normas en vigor son insuficientes. No se llega a considerar caducada la Constitución, pero se le superponen Actas Institucionales que de hecho la desconocen y que ponen énfasis en la autoridad y no en la libertad. Las garantías son suspendidas porque son velos que cubren al enemigo. La cosmovisión militar ve el sistema social como un todo confuso que debe ser modificado de raíz, desterrando de él la inmoralidad que es la fuente de su corrupción. Esta apreciación, simplifica la realidad. Es cierto que hay corrupción o inmoralidad social, pero corregirlas no depende de medidas represivas y punitorias solamente, sino de entender el funcionamiento de nuestra sociedad, dos de cuyas fallas principales son el autoritarismo y la discontinuidad en el manejo de la cosa pública, características ambas que las Fuerzas armadas han acentuado. En el interesante análisis de Gilbert W. Merkx Recessions and relbellions in Argentina, 1870-1970 se relaciona la situación económica con la época en la cual ocurrieron levantamientos armados. Haciendo una tabla año por año que contiene los años prósperos, los de descenso, los pobres y los de ascenso, se llega a la conclusión que el sesenta por ciento de los intentos militares exitosos o no, se produjeron en los años de descenso, en los que de la prosperidad se iba a la pobreza, y el treinta y uno por ciento se efectuaron en años de pobreza. Estas afirmaciones indican una de las causas determinantes. Los años de descenso económico provocan una creciente inquietud social, que acentúan los síntomas de desorden o de amenazas de desintegración y por ende sus fantasmas ideológicos. Además interrumpen el equipamiento de las fuerzas armadas incrementando su insatisfacción y sus temores institucionales. Estas causas, unidas a la dificultad de percibir la compleja naturaleza de los problemas económicos y sociales, desencadenan la acción militar. En las palabras de Merkx: El aumento del compromiso militar con el desarrollo económico no ha estado a la par con un aumento en el éxito con el cual los líderes militares han resuelto los problemas económicos. La economía argentina desde 1948 ha sido caracterizada por lento crecimiento, alta inflación y cortos ciclos de expansión y contracción. Recesiones han desacreditado a los gobiernos militares tan imparcialmente como a los gobiernos civiles. Como Kenworthy ha señalado "es mucho más fácil tomar el poder que implementar la política". La equivocada confianza en su capacidad correctiva de fenómenos complejos, permiten la aparición de un mesianismo salvador que se sustenta en la sobrestimación que hemos llamado narcisismo corporativo. Este se ha multiplicado a través de mensajes entusiastas que se pueden leer en todos los diarios en los días en que se festeja cualquier acontecimiento que haga tomar la palabra a algún jefe de las Fuerzas, acto por cierto no infrecuente. Para señalar la antigüedad de este fenómeno, transcribiremos algunos ejemplos aparecidos en la Revista Militar entre 1930 y 1943: El Teniente Coronel Adolfo Espíndola publicó en el número 354 un artículo titulado ¡Hagamos conocer nuestros conductores! Se trata de un comentario a un libro alemán que había aparecido a la sazón sobre la conducción en la guerra. Dice el coronel Espíndola: Estimo que a nosotros militares corresponde hacer conocer a todos los ejércitos del mundo, cual ha sido la personalidad de nuestros conductores, cual ha sido su obra, en una palabra cual es la contribución de nuestro país al adelanto y perfeccionamiento del arte militar... En la época de la redacción de este artículo, la Argentina llevaba sesenta años sin guerras. En ese lapso, Alemania, —es decir Prusia y el Imperio Alemán—, había peleado en dos grandes guerras: 1870 y 1914-18. En esta última se había revolucionado la estrategia con la introducción del submarino y la aviación, novedades todas que recién estaban llegando al país a través de las traducciones de la Biblioteca del Oficial. Un perfil del oficial argentino que trazó el Mayor Jacinto Hernández, llamó la atención de Rouquié y de él se toma la cita: es el siguiente: Es un hombre que, como el fraile y, vocacionalmente, se ha entregado a servir un ideal, el más puro ideal consustanciado con Dios... Ajenos estos militares a las pasiones que enceguecen y no poseídos de otro afán que el servir a sus compatriotas, son algo así como el agua regia que disuelven las impurezas de los medios en que actúan, no dejando al retirarse, sino ambientes de tranquilidad y ejemplos de funcionarios de austera corrección. Por su parte, en la misma Revista, en Julio da 1943, el Cap. Eduardo Arnulphi escribió su Sentido homenaje de admiración en el que rememora las excelencias, la actuación descollante y las bondades del Ejército nuestro en todo orden... no existe en la vida institucional del país, hecho culminante, pensamiento en acción o idea en perspectiva, sin que encontremos la acción determinante, resuelta, efectiva y promisoria del Ejército nuestro, que siendo siempre numen, brazo,... con todo el contingente de eficacia, de orden, de seguridad, de garantía y de respeto, ha contribuido al encumbramiento nacional, bien sea en forma colectiva o bien sea con el indiscutido aporte individual de sus componentes... Esta descripción refleja la existencia de un mundo específico y cerrado, autosuficiente, porque se nutre de su propia historia y de una tabla de valores exaltada por el narcisismo corporativo. Que tiene en su ámbito como ninguna otra entidad profesional de la República, una autarquía de hecho, que en largas épocas de dominio del sistema social como el que estamos aún almesando, llega a una discrecionalidad absoluta. Todo conduce entonces naturalmente al uso de hipérboles en el lenguaje habitual, que exageran la importancia de hechos o actitudes, calificándolos por encima de sus merecimientos. De esa fuente surge la palabra revolución para referirse a cada uno de los golpes de estado desde 1890 hasta 1966. Las revoluciones que ocurren en un sistema social, modifican cualitativa y profundamente su organización futura. Para Ortega y Gasset significan someter la realidad a un proyecto racional Para Manuel Azaña, en cambio, no se razonan jurídicamente sino que se justifican históricamente. La Revolución Francesa y la Revolución de Octubre de 1917 en Rusia, fueron realmente revoluciones. La Revolución de Mayo lo fue solamente por el hecho de la emancipación del poder colonial, pero no por un cambio interno en profundidad. Los golpes de estado militares acaecidos desde 1930 han sido meros apoderamientos del sistema social, luego abandonados por la imposibilidad de cumplir con los objetivos que cada vez se habían proclamado como justificación del hecho. Ninguno de ellos significó una revolución. Esta palabra es sólo una hipérbole, proclividad a la que nuestra cultura en general es inclinada y en la que el discurso militar incurre con frecuencia. Esta calificación superlativo del acto sedicioso, ineficaz para modificar la realidad, es útil para crear o mantener el mito de la licitud de la intervención armada y a pesar de sus fracasos, a resistir el aprendizaje del repetido error de llevarla a cabo. La mitología de los movimientos de fuerza se nutre con palabras alejadas de la realidad que pretenden significar y no hay aprendizaje posible sin revisar constantemente esa relación y corregir las palabras cuando se alejan de las cosas reales que pretenden representar. Esta introducción al capítulo de las intervenciones militares sería incompleta si no se mencionara el papel que jugó la civilidad en sus diferentes episodios. Es desde luego obvio para este ensayo, que la acción militar no estuvo aislada del comportamiento del resto del sistema social al que pertenece y no fue solamente inspirada por concepciones corporativas castrenses. Los civiles hemos alimentado el mesianismo salvador militar con una fe en su misión correctora del mal funcionamiento de la cosa pública. Los partidos derrotados en las urnas acudieron frecuentemente al arbitrio de la conspiración, tratando de convencer a los hombres de armas de que no se podía seguir así y de que ellos eran los únicos que podían salvar al país. También muchos apolíticos, es decir no afiliados a agrupaciones políticas, hemos golpeado la puerta de los cuarteles. Tanto unos como otros, producido el movimiento, comprobábamos que el sistema social perdía el control de los acontecimientos. Entonces denunciábamos airadamente a los aprendices de hechicero que los habían desatado. Los movimientos triunfantes fueron recibidos con reacciones que iban desde la indiferencia hasta el regocijo y la celebración ruidosa. Este júbilo duraba poco dada la habitual pobreza de los resultados de la operación, pero no suscitó nunca el repudio que debió haber originado si hubiéramos tenido realmente ese demasiado amor a la libertad que Julio Roca nos atribuía. La más flagrante prueba de la ausencia de este sentimiento la dio la Acordada de la Suprema Corte que aprobó de hecho la usurpación del poder del 6 de Setiembre de 1930, actitud que analizaremos cuidadosamente más adelante. Es preciso señalar que tanto civiles como militares errábamos en la intención de mejorar la vida nacional por medios forzados. Ha llegado la hora de admitir que existe una lógica interna que sella el destino de cualquier sedición y que se repito invariablemente en toda tentativa análoga en una secuencia sin salida. El sistema social convulsionado precipita la intervención que lo transforma en sistema social dominado. La inevitable suma de desaciertos que acompaña la gestión autoritaria de hombres sin experiencia en los negocios del Estado, reactiva la convulsión y este acelera su entropía —o sea su tendencia al desorden— hasta límites críticos que lindan con el caos. Cuando se llega a esta zona, el gobierno autoritario descubre de pronto en sí una vocación democrática hasta entonces oculta, llamando precipitadamente a elecciones, con o sin proscripción de electores. Allí se termina el episodio. No ha habido nunca un análisis profundo de los errores cometidos, los cuales, naturalmente, se han vuelto a repetir una y otra vez. Esta fue la secuencia invariable: 1930; 1943; 1955; 1966; 1976. Multiplicación que no se registró como experiencia a pesar de su reiteración por demás ilustrativo. Ni los civiles que participamos en su inspiración, ni los militares que la condujeron en la práctica, aprendimos nada hasta 1976. Al cabo ya de esta última tentativa, cuyos resultados adversos no se pueden aún evaluar en toda su magnitud imaginable, estamos en condiciones de dar por probado irrecusablemente que la ocupación militar no resuelve ninguno de los males de la República. Por el contrario es el comienzo de una espiral descendente cuya programación genética lleva inscripta su propia destrucción. Esa programación está en la lógica interna misma de la acción militar y determina condicionamientos muy rigurosos al grupo invasor, por haberse conferido a sí mismo, al decidir tomar el gobierno por su exclusivo imperio y desde su única perspectiva, el derecho de disponer de la suerte de todo el sistema social. Estos condicionamientos lo imponen prescindir de los correctores externos de una justicia independiente y de las guías de una opinión libre y plural. Lo que es aún más grave por las responsabilidades implícitas, le obligan al encarnar compasivamente a la Ley, a ser el único depositario y la sola fuente de la verdad. Tales responsabilidades solamente se pueden sobrellevar cuando existe un consenso importante que las respaldo y no dependen de la calidad de los hombres que puedan decantarlas. En los diferentes golpes de estado acaecidos han intervenido jefes y oficiales idealistas, honestos e inteligentes y otros que carecían de tales cualidades. Otro tanto ocurre en los gobiernos civiles. Pero éstos pueden tener una base política que aquellos nunca podrán obtener. A esta altura de la historia nos encontramos con una curiosa paradoja. Es la de que un sistema social como el argentino, que como se ha visto, no tiene defensas naturales espontáneas contra el despotismo, termina por crearlas finalmente por agotamiento del modelo militar. Dicho con otras palabras, a pesar de todas sus limitaciones, esta cultura termina rechazando el gobierno de este grupo de especialistas, que al angostamiento de sus campos de referencia, agregan el haber sido formados en una concepción dogmática cuyo fin es defender a la Nación de sus enemigos, no gobernarla. Esta afirmación implica reconocer que el sistema social argentino ha llegado a un grado de complejidad tal, que no puede ser dirigido desde ninguna perspectiva sectorial. Solamente lo puede ser desde una visión plural a interdisciplinaria, abierta al avance científico y tecnológico y profundamente respetuosa de la libertad de pensamiento y de expresión. Es menester que tanto civiles como militares proclives aún a un golpe de estado reflexionen las palabras de Carlos Pellegrini pronunciadas en su último discurso parlamentario poco antes de morir: El Ejército es un león que hay que tenerlo enjaulado y soltarlo el día de la batalla. Y esa jaula, Señor Presidente, es la disciplina, y sus fieles guardianes son el honor y el deber. ¡Ah de una Nación que debilite esa jaula, que desarticule esos barrotes, que haga retirar esos guardianes, pues ese día se habrá convertido esta institución, que es la garantía de las libertades del país y de la tranquilidad pública, en un verdadero peligro y en una amenaza nacional!
El primero de los brotes de mesianismo salvador del siglo veinte, fue el 6 de setiembre de 1930. El apoderamiento por el Ejército de la autoridad de un gobierno legítimo, sentó un precedente cívico. militar de excepcional gravedad, fijando la imagen de una comunidad inestable incapaz de resolver racionalmente sus conflictos. Sobre todo, el aval de hecho de la Corte Suprema de la Nación evidenció la tenue estructura jurídica de la República y la falta de defensas del sistema social frente al ataque a sus instituciones. El gran poeta Leopoldo Lugones había cantado a los ganados y las mieses en épocas casi olvidadas. En 1924 cambió el tono: Ha sonado otra vez, para bien del mundo, la hora de la espada... Pacifismo, colectivismo, democracia, son sinónimos de la misma vacante que el destino ofrece al jefe predestinado, es decir al hombre que manda por su derecho de mejor, con o sin ley... El grupo político y económico que las elecciones habían desalojado del gobierno en 1916, tenía urgencia de volver al poder. Lo ayudaban la depresión mundial de 1929, y la ineficacia del segundo mandato de Hipólito Yrigoyen que había intensificado los errores del primero. Un nacionalismo de cepa tradicional, combativo y elitista, con raíces de inspiración hispánica y católica —conjunción dogmática y autoritaria— inspiró a un grupo de jóvenes con talento literario y sueños heroicos, que encontró en el General José Félix Uriburu al conductor ideal. Hombre de gran prestigio moral, formaba parte de la élite que consideraba natural su acceso al poder pese a los votos en contra. Estudiantes alborotados, grupos nacionalistas armados, pequeñas turbas agresivas del llamado Clan Radical, crearon el clima turbulento cuya ola enardeció las vocaciones insurreccionales. El periodismo, con el diario Crítica a la cabeza incitaba a la rebelión. Dentro del Ejército existió entra 1921 y 1926 un grupo cerrado que se llamó Logia General San Martín donde se había señalado el estado del arma el finalizar la primera Presidencia de Yrigoyen, diciendo: El Ejército está pasando por un período de crisis orgánica y de espíritu que no es posible desconocer. Ella se agrava cada vez más, y si continúa de este modo puede suceder que la institución se precipito en la desorganización y la anarquía.. Por otra parte, un memorándum del Ministerio de Guerra de la Presidencia de Alvear —también citado como el párrafo anterior, por Juan V. Orona— hacía un retrato de los legisladores, probablemente debido a la pluma o por lo menos a la inspiración del entonces Ministro Agustín P. Justo, después Presidente de la Nación, que refleja una total falta de respeto a la institución parlamentaria. Su texto parcial dice que la mayoría de los legisladores... es una masa amorfa, que posee ideas simplistas respecto de los problemas de fondo que interesan a la Nación; son infatuados y, en general ignorantes... agregando para completar la calificación que son vanidosos... No resulta inexplicable que con tal imagen del Parlamento, cuando la segunda Presidencia de Yrigoyen agravó las relaciones entre el Ejército y el Poder Ejecutivo recrudeciesen las ideas de un golpe de estado. La conspiración se puso en marcha a mediados de 1930 con la intención de reclutar efectivos entre los Jefes y Oficiales, uno de los cuales era el entonces Capitán Juan Perón. A él se debe una descripción del desarrollo de esta fase preparatoria del movimiento hecha con estas palabras: Nunca en mi vida veré una cosa más desorganizada, peor dirigida, ni un caos tan espantoso como el que había producido entre su propia gente, el comando revolucionario en los últimos días del mes de Agosto 1930. El Ministro de Guerra de Yrigoyen, en conocimiento del proyecto de sedición, lo instó sin éxito a desbaratarlo, cosa que a estar al testimonio citado, no hubiera sido difícil. El Presidente rechazó toda medida preventiva y el gobierno cayó el 6 de setiembre sin defenderse. El mismo Perón escribe sobre el tema su juicio: la mayor parte de los Oficiales no habían intervenido porque no se les había hablado. Como consecuencia de ello las tropas no habían salido de sus cuarteles sino en una proporción insignificante... Sólo un milagro pudo salvar la revolución. Ese milagro lo realizó el pueblo de Buenos Aires, que en forma de avalancha humana se desbordó en las calles al grito de ¡Viva la revolución!.Esta contribución popular revela la hondura con la que una larga tradición autoritaria había marcado a la comunidad, hasta hacerla acompañar alborozadamente un movimiento sedicioso. Pero la debilidad del sistema social para oponerse al dominio de uno de sus subsistemas habría de hacerse mucho más patente aún con la respuesta de la Corte Suprema a la nota oficial del Presidente Provisional, General Uriburu, en la que le comunicaba la constitución de un nuevo gobierno surgido de la revolución triunfante. La Acordada de la Corte del diez de setiembre de 1930 consideró al nuevo gobierno como de facto citando su propia jurisprudencia anterior que no era aplicable al caso y que incluía una doctrina elaborada por un tratadista internacional del tema, Albert Constantineau presentada de una manera incompleta. En efecto, Constantineau, en el mismo texto invocado, distingue entre un funcionario de facto y un usurpador. Define a éste como quien asume el derecho de gobierno por fuerza, en contra y en violación de la constitución del país. La Constitución argentina en su artículo 22 dice: toda fuerza armada o reunión de personas que se atribuya los derechos del pueblo y peticione a nombre de éste comete delito de sedición. Es decir, que ningún gobierno emanado de un movimiento armado es de facto de acuerdo con la doctrina internacional, sino usurpador, y sedicioso según nuestra Constitución En la Acordada, la Corte afirma que el nuevo gobierno mantendrá la supremacía de la constitución... y lo declara de facto, título que no puede ser judicialmente discutido con éxito por las personas en cuanto ejercita la función administrativa y política derivada de su posesión de la fuerza como resorte de orden y de seguridad social. El Supremo Tribunal debido al principio de la división de los poderes no tenía atribuciones para pronunciarse sobre el acto sedicioso porque escapaba a su jurisdicción. Pero cuando el General Uriburu —probando al mismo tiempo su honestidad y su ignorancia del derecho constitucional— le dio la oportunidad, su pronunciamiento debió haber sido categórico, calificando al acontecimiento que se lo comunicaba oficialmente como lo que era desde el punto de vista jurídico, es decir delito de sedición. Esta Acordada fue de hecho una legitimación del derecho de la fuerza física como fundamento del gobierno. Es posible que de ésta manera impropia los miembros de la Corte creyeran que conservaban aunque muy tenuemente y disminuida, alguna forma de poder judicial que limitara posibles excesos del autoritarismo del Estado. Esta conjetura es válida, porque sería un agravio acusarlos de ignorancia, pero es igualmente válida —y acaso más congruente con las hipótesis de este ensayo— la presunción de que el Tribunal, como parte de una cultura tradicionalmente autoritaria pudo observar sin escándalo al acto de fuerza. La Acordada fue analizada con todo rigor por el Dr. Daniel Antokoletz, en un profundo y extenso comentario cuando Jurisprudencia Argentina publicó la respuesta de la Corte a la comunicación oficial. En el texto de su trabajo dice Antokoletz: En lo sucesivo, podrá definirse la constitución como un conjunto de normas jurídicas que rigen mientras no sobrevenga una revolución... Y efectivamente, el golpe de estado del 4 de junio de 1943 fue el último que el gobierno resultante requirió el mal llamado reconocimiento de la Corte Suprema. De allí en adelante la erosión del derecho se hizo más rápida. El gobierno de Perón tuvo una mayoría suficiente para condenar a todos los miembros en un juicio político a-jurídicos y el golpe de estado subsiguiente que lo derrocó, ya sentó un derecho revolucionario que imperó de allí en adelante en las siguientes sediciones, sujeto a los vaivenes a-jurídicos de la simple voluntad de dominio. El General Uriburu —dice Nidia Areces— había anunciado un levantamiento trascendental y constructivo con prescindencia de los partidos. Hombre profundamente honesto, no era guiado por ningún interés. Participaba de las reservas habituales en la formación militar frente a las prácticas democráticas y en particular a las formas de la representación parlamentaria a la que quería sustituir por participaciones corporativas a la manera del fascismo italiano. Su ambiguo respeto por la constitución lo inducía a reformarla para aplicar remedios enérgicos para el mal que minaba el país. Esta idea no tuvo viabilidad alguna y no se llegó a intentar llevarla a cabo. El movimiento de setiembre persiguió a los nucleamientos obreros más organizados, foco de las reservas del gobierno y durante la breve vigencia de la ley marcial se fusiló por anarquistas a tres trabajadores. Se organizaron grupos adiestrados militarmente por oficiales del Ejército, como la Legión Cívica y la Unión Nacionalista de Estudiantes Secundarios que tuvieron una corta vida. El 5 de abril de 1931 se convocó a elecciones en la Provincia de Buenos Aires. Contra todas las presunciones oficiales ganaron los radicales. Había ocurrido un hecho que se repetiría cada vez que se repitiera el acceso forzado al poder. Los hombres que gobernaban en un campo en el que la censura retenía las informaciones y la policía la libertad, habían cortado su capacidad de percibir la realidad exterior y habían caído en el hechizo de sus propias palabras creyendo haber convencido al pueblo de sus ideas. El gobierno anuló las elecciones y proscribió al Partido Radical. La elección presidencial del General Justo fue así viciada en su origen, escribiría mucho después Matías Sánchez Sorondo, que fuera Ministro del Interior del Presidente Uriburu. Con el acceso del General Agustín P. Justo se inició el tiempo que habría de ser calificado de década infame por sus enemigos políticos para desembocar en otro golpe de estado el 4 de junio de 1943. El nuevo Presidente era hábil político y conocía muy bien al Ejército. Por una parte lo dotó de grandes edificaciones. Por otra vigiló cuidadosamente a los hombres que podían ser peligrosos. Sabía perfectamente que después del 6 de setiembre las Fuerzas armadas no eran ya las mismas. De allí en adelante la atención con la que seguirían los acontecimientos políticos había cambiado cualitativamente. El cambio provenía de una responsabilidad que se habían asignado: la de su misión correctora de los desvíos republicanos. La disposición crítica había dejado de ser contemplativo, para pasar a ser especulativa. De allí a ser activa, el trecho era corto. La época entera del período presidencial de Justo fue la del sistema social convulsionado. Se practicó incansablemente el fraude y se llegó al epítome del cinismo al calificarlo de patriótico. Al soberano no se lo educaba sino que se lo ignoraba y la sociedad, en lo que se refería al ejercicio de los derechos civiles estaba dominada por una minoría. Episodios como el pacto Roca-Runciman que mostró una vez más la dependencia de Inglaterra, y el escándalo del debate de las carnes, que dejó al descubierto el juego nudo de intereses, marcó la época. Los debates de esos días alcanzaron grados inusitados de violencia. El climax lo alcanzó el asesinato en pleno recinto del Senador electo por Santa Fe, Dr. Enzo Bordabehere. La voz de Lisandro de la Torre, hombre de estado excepcional, fue ahogada por el ruido y la furia. El ambiente político del Parlamento rechazaba el razonamiento lúcido y la conducta límpida de De la Torre, llevándolo a retirarse de la escena nacional. Su suicidio fue un testimonio trágico del precio con que paga la República la frustración de sus hombres más valiosos. Justo terminó su período y apoyó la candidatura del Dr. Roberto Ortiz para Presidente. Aceptó sin entusiasmo la Vicepresidencia del Dr. Ramón S. Castillo, que habría de ser Presidente en ejercicio, por la enfermedad del titular del Poder Ejecutivo. Ortiz, como Roque Sáenz Peña años antes, a pesar de su origen fraudulento, estaba dispuesto a preservar la pureza de los comicios siguientes, pero no pudo llegar a hacerlo. Por razones de salud, delegó un poder que no recobraría. La disposición autoritaria de su sucesor, que no tenía las preocupaciones legitimistas del Dr. Ortiz, creó las condiciones aptas para un nuevo golpe de estado. Por su parte, la Segunda Guerra Mundial, dio el marco externo que aumentó la confusión interior. En Octubre de 1941, el Ejército abandonó también la actitud especulativa y pasó a un principio de acción. Presionó directamente al Dr. Castillo, obteniendo algunas respuestas favorables a sus imperiosas demandas. El reloj había comenzado su cuenta regresiva. El Presidente mantuvo la neutralidad argentina frente a la presión creciente de los Estados Unidos que acabaría por denunciar públicamente una presunta filiación germanófila en el Ejército. Para Rouquié esta posición era exagerada. El mismo Embajador inglés, Sir Davis Kelly llegaría a subestimarla. La neutralidad no necesitaba esa explicación. Como país fuertemente exportador de materias primas alimenticias, la guerra aseguraba el comercio exterior y beneficiaba a los países importadores como Gran Bretaña que debía proveer a sus tropas. Estados Unidos era autosuficiente y pretendía una actitud unánime en toda América que Brasil secundaba, pero que Argentina —como tradicionalmente lo había hecho— se resistía a adoptar. Esta firme actitud neutralista entorpeció nuestras relaciones fricción con los Estados Unidos agregando un motivo más de fricción interna en el Ejército que se sentía mal equipado, mientras Brasil era armado por el Préstamo y arriendo norteamericano. La imposibilidad de obtener armas americanas, daría lugar en su momento a un intento de conseguirlas en Alemania, añadiendo así un factor más de desorden. En esos días había malestar obrero. Los años de guerra habían cambiado la fisonomía demográfica del país, Con una fuerte migración interna de las provincias hacia las grandes ciudades, especialmente a Buenos Aires, en pos de trabajo. Los ingresos eran insuficientes y el desequilibrio estructural con el resto del país se hizo aún más agudo. El aumento del costo de la vida, mal endémico argentino, acumulaba en el inconsciente obrero la pesadumbre de una condición que poco tiempo después Juan Perón llevaría a su conciencia, agravando otros temores de los estratos superiores del sistema social que veían con recelo los triunfos soviéticos. El comunismo comenzó su presencia espectral del gran enemigo. El Ejército conocía el grado de desnutrición existente en nuestro país. Lo palpaba en las guarniciones alejadas y en los rechazos de los servicios médicos en la época de reclutamiento militar. Pero su enfoque era profesional. El raquitismo y las enfermedades no daban el material humano que exigía la defensa nacional. El talento y la intuición de Juan Perón fue unir esas dos realidades, la de la defensa nacional y la de la condición social que era la que percibían las clases más bajas. El Vicepresidente en ejercicio había resuelto apoyar con todos los medios clásicos del fraude la candidatura de Robustiano Patrón Costas, magnate azucarero de Salta. Este empeño fue el desencadenante del golpe de estado que se preparaba y que sólo un hombre podía quizás haber conjurado. Pero ese hombre, el General Justo, había muerto en enero de 1943. Así el Ejército, sacudido por brotes de indisciplina interna; desguarnecido por su incapacidad para equiparse, vivía entre fantasmas. Sin unidad de planes ni objetivos, estaba unido en la frustración, en sus recelos y en sus temores de un futuro incierto, gobernado por un sector político que no le ofrecía sino fraude e ineficacia. En las palabras de Rouquié se describe así la época previa al movimiento del 4 de Junio. Se vuelve a conspirar. Pocas veces los móviles de la actividad militar han sido tan heterogéneos, contradictorios e imperativos. De las consecuencias de los atropellos al derecho, originados el 6 de setiembre de 1930, no habían quedado huellas en la memoria de Campo de Mayo. Sólo se había guardado el secreto de que la Casa de Gobierno podía ser un objetivo militar, y que la operación no presentaba mayores riesgos.
Las decisiones militares que dieron fin a la época que se había iniciado con el golpe de estado de 1930, fueron tomadas por razones múltiples a las que no fueron ajenos los orígenes fraudulentos de] gobierno y la perspectiva de continuar en el mismo estilo a través de la manifiesta voluntad del Presidente Castillo de trasmitir el poder a Robustiano Patrón Costas. Existían también otros motivos internos y el externo de la Segunda Guerra Mundial, acontecimiento que se había iniciado con un avance arrollador de las armas germanas que parecía proclamar el advenimiento de una era de militarismo rampante y civilidad regimentada. Aunque preanunciado por diversos vaticinios, la insurrección militar del 4 de junio de 1943, fue una sorpresa para buena parte del país, incluyendo al mismo Poder Ejecutivo, cuyo titular, de firmes inclinaciones autocráticas, no tenía dudas de finalizar su mandato al año siguiente. El grupo de oficiales que en la Escuela de Caballería adoptó la decisión final de ordenar la salida de las tropas no estaba al decir de Roberto Potash, especialmente preocupado por consideraciones políticas de ninguna clase. El único punto en que todos parecían convenir —dice— era que se trataba de un movimiento rigurosamente militar. Los civiles no participarían y los militares debían dirigir el futuro gobierno. Este caso de apoderamiento del sistema social entero a través de la ocupación del Estado por decisión corporativa unilateral de uno de sus subsistemas subordinados, marcó un avance cualitativo sobre el golpe de estado de 1930. La diversidad de motivos que confluyeron para desencadenarlo, el desconocimiento total de la cosa pública y de sus complejidades que evidenciaron sus protagonistas, llevaban implícitas las razones de su fracaso. La orden de salida de las tropas no había provisto siquiera quien sustituiría al Presidente que sería depuesto. El Jefe de Operaciones, General de División Arturo Rawson, se dispuso a llenar ese vacío. Lanzó una proclama al pueblo de la República, que mal podía haber sido calificada como clásica desde el punto de vista literario, pero que sí lo era como justificación del movimiento. Dijo: El Ejército se ha visto precisado a lanzarse a la calle no precisamente haciendo una Revolución, sino cumpliendo preceptos constitucionales. La Constitución le otorga el deber de guardar el orden y el respeto de sus instituciones. En un alto de la marcha hacia la Plaza de Mayo expresó con más profundidad su pensamiento. La corrupción moral se ha entronizado en los hábitos del país como un sistema. El capital usurario impone sus beneficios con detrimento de los intereses financieros de la Nación bajo el amparo de poderosas influencias de encumbrados políticos argentinos, impidiendo su resurgimiento económico. El comunismo amenaza sentar sus reales en un país pletórico de probabilidades... Y en un rapto marcial, el General agregó: Que venía a derrocar al gobierno y que arrasaría con todo lo que se opusiese en su camino. En la mañana del día siguiente se interesó por la situación de los intereses financieros de la Nación, preguntando lacónicamente al Dr. Ernesto Malaccorto, Sub-secretario de Hacienda: ¿Cuánto hay en Caja ? Ya en la Casa de Gobierno el General recibió a una delegación de diputados radicales, —según noticia del diario La Prensa registrada por Rouquié— que lo expresó: la satisfacción conque había sido vista la terminación de un período al margen de la Constitución y de las leyes. Esta visita, por parte de legisladores, permite apreciar el grado de la confusión total de la cultura y su incapacidad de discriminar entre legalidad y atropello a la ley. En las horas siguientes el General Rawson hizo algunas invitaciones para formar su gabinete, omitiendo consultar a sus compañeros de armas. Este resultó, al parecer, un acto imprudente. A las 3.35 horas del 7 de Junio, una concisa noticia periodística oficial dio a conocer su renuncia y la asunción del mando del General Pedro Pablo Ramírez. El 15 de Junio el nuevo Presidente comunicó a la ciudadanía que: Nuestro movimiento debió prever cuatro tiempos. 1() Deponer al gobierno fraudulento y desorganizador 2() Restablecer el orden y la administración; 3() Sanear y organizar integralmente la Administración, depurándola de sus elementos venales, incapaces o parasitarios, 4() Renovar el espíritu nacional y la conciencia patria. En una palabra, dar contenido ideológico argentino al país entero y entregarlo entonces, saneado y renovado en todos sus valores y fuerzas vivas del brazo legal que deba gobernarlo. Y entonces el General, para no dejar dudas sobre su conciencia del presente agregó: Estamos recién en el tercer tiempo o período cuya labor es enorme, porque abarca toda la Administración en todos sus resortes y en el país entero. Pocas pruebas más flagrantes existen de la confusión de las ideas militares en materia de derecho constitucional, que el Decreto 773 del 18 de Junio de 1943, que prohíbe el uso de la palabra provisional referidas al Presidente surgido del golpe de estado del 4 de Junio. En sus considerandos el Decreto dice: Que para designar a las autoridades de la Nación, no deben emplearse otros términos que los consagrados por la Constitución Nacional. Que la Constitución Nacional, texto máximo al cual deben ajustar sus expresiones los documentos oficiales, no usa en ningún momento la palabra 'Provisional' refiriéndose al Presidente de la República, ni siquiera cuando se trata del ejercicio del P E. en caso de acefalía. Y en la parte dispositiva dice: Art. 1(. Cancélase la voz "provisional" del acta de Constitución del actual gobierno y de los documentos oficiales en que haya aparecido y no se emplee otras expresiones que las establecidas por la Constitución Nacional Esta preocupación formal frente a la despreocupación con la que se trató a la carta constitucional, es pareja a la que demuestra la misma Corte Suprema de la Nación, cuando reitera en su jurisprudencia sobre la inconstitucionalidad de una ley, que es un acto de suma gravedad institucional que debe ser considerado "última ratio" del orden jurídico. La transferencia del poder por la violencia de las armas no ha sido nunca considerada como un acto inconstitucional. Implícitamente la jurisprudencia de la Corte —que también alcanzó al movimiento del 4 de Junio al hacerle llegar la transcripción de la Acordada de 1930— coloca a la usurpación del poder entre los actos situados dentro del orden jurídico constitucional. El curso de los acontecimientos dejaba percibir que el Ejército controlaba el poder que había usurpado, pero que no sabía qué hacer con él. Todas las manifestaciones de la época reflejan la más total improvisación. Esta actitud, rasgo constante de nuestra cultura nacional, fue el signo que se imprimió en el movimiento institucional del 4 de Junio. El 27 de noviembre de 1943, el Coronel Juan Perón asumió el Departamento Nacional del Trabajo con el título flamante de Secretario de Trabajo y Previsión. Al ocupar ese cargo —inexistente hasta entonces—, el coronel dio una muestra clara de su sentido político y de su capacidad de invención. En el lapso que medió hasta el 9 de octubre de 1945, el Secretario se destacó nítidamente en el contexto que le rodeaba. Utilizó todos los recursos a su alcance para consolidar su poder, en medio de un recelo creciente de quienes no propiciaban sus métodos de agitación social y que le imputaban promover una lucha de clases que no había existido nunca. La resistencia que fueron creando sus métodos heterodoxos y sus propios errores, generaron una presión que le obligó a renunciar a todos sus cargos. Cuatro días después fue arrestado y alojado en Martín García. En la semana entre el 9 y el 17 de octubre, un Ejército fracasado ofreció el poder a una oposición incapaz de arbitrar lúcidamente los medios necesarios para hacerse cargo de él. Esta última muestra de incompetencia, confirmó el arcaísmo de la auto-denominada élite para asumir la realidad. A la par de los militares los civiles tampoco habían aprendido nada. Para ocupar el poder que estaba a su disposición, sólo debían reflexionar sobre dos evidencias: primera: que el Ejército había aceptado su fracaso y quería deshacerse del poder político, pero no hasta el punto de entregarlo a la Corte como se lo exigía. Segundo: que tenían que tener en cuenta los problemas sociales que Juan Perón había removido. El Presidente Farrell, de acuerdo con el Ejército y la Marina, habían ofrecido al Dr. Juan Alvarez, entonces Procurador de la Suprema Corte y prestigioso publicista, la formación de un nuevo gabinete. Es de sobra conocido el hecho que en momentos de crisis decisiones rápidas y firmes, efectuadas desde el centro del poder ejecutivo, pueden corregir el rumbo de la nación. Pero los ciudadanos espectables a quienes se había elegido, tomaron su tiempo para reflexionar. Cuando aceptaron los cargos y se completó la lista de Ministros era el 17 de octubre. Simplemente, habían llegado tarde.
El 17 de octubre fue un acontecimiento sólo comparable al día en el que las masas desataron los caballos de la carroza de Hipólito Yrigoyen, para conducido ellas mismas a la Casa Rosada... Era otra vez el encuentro de cada hombre con su caudillo, su reconocimiento cuando ya había perdido toda esperanza de recobrarlo; un violento acto de amor. Arturo Jauretche escribió alguna vez: lo que movilizó las masas hacia Perón no fue el resentimiento sino la esperanza... Era precisamente ella, la esperanza, la que se había reencontrado. Perón fue uno de los grandes líderes carismáticos de la historia argentina. Ello conduce a analizar este hecho de difícil definición. Weber, que ha tratado el tema con singular hondura, puntualizó que la acción de los líderes carismáticos se manifestaba en épocas aflicción psíquica, física, económica, ética, religiosa, política... señalando que el carisma es extraño al mundo de la rutina diaria, él invoca nuevas maneras de vida y de pensamiento. La configuración que liga al líder con sus seguidores, es fundamentalmente afectiva. Las adhesiones son solícitas a irreflexivas. entusiasmo y devoción en actitudes auténticas, que no están relacionadas con los beneficios que pudieran esperarse. Es simplificar groseramente la relación carismática, si se la ata a ventajas materiales Robert Tucker, en un excelente estudio dice: El líder... que puede hacer significativa la verdad nacional y por lo tanto dar al pueblo de su país un sentido de pertenencia a una comunidad nueva y más grandiosa y que al mismo tiempo los puede ayudar a encontrar su camino hacia un nuevo estilo de vida, una nueva ritualización de la existencia, va ciertamente a adquirir un gran carisma en los ojos de los más. Por esa misma característica, sin embargo, es probable que suscite odio fanático en aquellos que quedan adscriptos al viejo orden de cosas en la sociedad. Aquí, probablemente tocamos lo que es un rasgo universal del líder carismático: su capacidad para inspirar tanto odio como lealtad y amor. Así se dio con Juan Perón. Como Yrigoyen y Rosas antes que él, suscitó grandes lealtades y grandes odios. Su caída en Octubre había afinado su sentido político dándole además otras nociones sobre sus compañeros de armas y lo que podía esperar de ellos. Solamente así pudo transitar tanto tiempo la línea que existía entre la Confianza de las masas y la desconfianza militar. Félix Luna en su excelente libro El 45 describe los dos conceptos de libertad que tenían antiperonistas y peronistas. Para aquéllos —escribe— era el derecho a hablar, a escribir y leer lo que se les antojara, saberse exentos de estados de sitio, de atropellos policiales y de abusos. Para los peronistas era: emanciparse del miedo a perder el trabajo, mirar de igual a igual al capataz, sentirse amparado por el delegado sindical... De todas maneras, agrega: La Argentina ya no fue la misma después del 17 de Octubre de 1945... No fue la misma, desde luego. Como tampoco fue la misma después del 13 de abril de 1835, cuando Rosas asumió la gobernación de Buenos Aires, ni después del 12 de octubre de 1916, cuando Yrigoyen hizo el trayecto entre el Congreso y la Casa de Gobierno arrastrado por su pueblo. Rosas, Yrigoyen y Perón, a pesar de sus enormes diferencias, tenían en común el rasgo histriónico que los permitía personificar al individuo que su interlocutor necesitaba para sentirse subyugado. Es solamente así que se puede congregar a una variedad de seres con apetencias y temores individuales, que tienen al líder como único vínculo. Tan extraña conjunción es independiente de aciertos y desaciertos. El caudillo goza de una cuota inmensa de fe. Su crédito no se extingue con sus errores, para los cuales siempre hay una explicación o una disculpa. Tampoco conmueven sus aciertos a sus opositores, porque ellos también transitan por el campo irracional de la emoción. La modernidad de Perón emergió de su capacidad para integrar, en una misma ecuación, a obreros y militares, interpretando separadamente a cada grupo, pero contando con ambos para su política. Conocía la reserva castrense frente a la masa trabajadora, en la que anidaba para ellos, una izquierda agazapada capaz de sacudir la sociedad en orden que ellos soñaban. Sabía que no verían con malos ojos la organización jerárquica que procuraría imprimir a los sindicatos. El 17 de octubre, Perón había aprendido la necesidad de mantener las dos fuentes de su energía política en un equilibrio inestable, que solo a él le fuera dado calibrar. El Ejército también percibió que se le daba una salida a sus problemas bastante mejor que la ofrecida hasta entonces. Así pudo otra vez ponerse en escena la solución electoral, esta vez sin fraude. La oposición, consecuente en la continuidad de su torpeza, proporcionó a Perón, aunque sin proponérselo, un slogan impecable: O Braden o Perón. El gobierno hizo lo que pudo de su parte para allanarle el camina al poder. Cuando Juan Perón leyó su primer mensaje como Presidente constitucional, usó un lenguaje poco habitual. Habló de la victoria del pueblo argentino y dijo que era un triunfo alborozado y callejero con sabor de fiesta y talante de romería. Cantó también a la tierra, describiendo... nuestros campos moteados de hacienda sobre la alfombra de sus ubérrimos pastos. Al llegar al gobierno atendió a las dos fuentes de su fuerza, pero sin perder el control sobre ellas. Promovió la organización gremial pero sujetándola a una personería jurídica otorgada por el Poder Ejecutivo a través del Ministerio de Trabajo. En cuanto a las Fuerzas Armadas, si bien, como dice Rouquié, entre 1945 y 1948, cuando las arcas del estado estaban pletóricas... las inversiones estatales en defensa nacional llegaron al 50.7 % del total de inversiones del Estado no directamente productivas, es asimismo cierto que procuraba demostrarles con sus actos multitudinarios, que la mayoría de la Población estaba detrás de su gobierno y lo defendería en caso de un golpe militar tal como apunta Peter Waldmann. El desarrollo industrial de la época fue primordialmente en industria liviana, con lo que no se disminuyó la dependencia del exterior. Afluyó, sí, la migración interna hacia la capital, acentuando el problema demográfico del desequilibrio con el resto del territorio. La estatización de la época aumentó la tendencia que Helio Jaguaribe denomina cartorial o sea la que ocurre cuando la burocracia política se orienta... a la creación de puestos... como medios de proporcionar ocupaciones parasitarias a la clientela política... El uso de las divisas acumuladas durante la guerra para repatriar deudas y comprar los ferrocarriles, disminuyó las reservas pero no aumentó la riqueza nacional. Fueron actos que agitaron artificialmente el fervor popular, destacando el carácter personalista del régimen. Allí se rompió el punto de equilibrio y se evolucionó hacia formas megalomanía. A ello contribuyó la presencia de Eva Perón, una mujer excepcional cuyo extraño relieve no puede pasarse por alto. Dotada de una gran fuerza pasional, se consumió como una llama viva y agotó muy pronto sus energías. Su carisma completó, sin deslucirlo, el del Presidente, agregándole su verbo encendido que centró en la figura de éste su imagen del bien absoluto y del gran dispensador de todos los beneficios. Eva Perón llegó a tener un ascendiente muy grande por el peso de su propia personalidad. Desde la Fundación que llevaba su nombre fondos cuantiosos, algunos de fuentes espontáneas, otros como resultados de la coacción del aparato del Estado, del que dispuso con habilidad y desaprensión. La Sociedad de Beneficencia Nacional, fundada por Bernardino Rivadavia, fue expropiada en 1946 con todos sus recursos y su organización. Las donaciones y subsidios de la Fundación fueron a mitigar necesidades reales de la población más carente de medios económicos, pero su utilización proselitista, contribuyó a propagar formas de culto laico centrados en la personalidad de Juan Perón y su esposa, acentuando así las tendencias dependientes del pueblo. Muchas de las reformas sociales que el régimen llevó a cabo, fueran transcripción de proyectos presentados en el Parlamento por la bancada socialista y en particular por Alfredo Palacios y otras encontraron su inspiración en programas de la obra de Monseñor Miguel de Andrea. No obstante ello, siempre fueron atribuidas al Presidente. La inclinación del régimen hacia el culto de la personalidad lo hizo marcadamente autocrático. La desviación de la realidad del país, fue creando un mundo irreal paralelo que es propio de un régimen discrecional. Las tremendas energías que Perón alcanzó a conducir se dispersaron una vez más, sin que se tratara de educar al soberano, tarea a la que los caudillos no son particularmente inclinados. El ascendiente de Perón sobre las masas pudo haber influido para establecer en ese sector del sistema social valores sólidos de desarrollo económico en lugar de fomentar las ventajas de la dependencia. El peronismo no fue un factor de maduración de las masas como pudo haberlo sido, ya despertado la conciencia de su condición, sino sólo una nueva experiencia de caudillismo clásico en gran escala, formalmente modernizado. Se asistió en aquellos tiempos —para usar las palabras de Hermann Hesse— a una horrorosa desvalorización del verbo que degradó el lenguaje común, exagerando el descenso del nivel del discurso y acentuando uno de los rasgos más equívocos de nuestra cultura: la peligrosa confusión entre síntesis y simplificación. Esta es la gran deuda que los caudillos suelen dejar impaga. La del uso desviado de los instrumentos que se les dan. A Perón en particular le fue dado mucho: un Estado con una organización vertebrada, arcas repletas y lo que es enorme, un tremendo apoyo popular. El régimen no puso énfasis en la capacidad potencial del pueblo; por el contrario, falseó su imagen actual proclamándolo como un producto perfeccionado por el solo hecho de pertenecer al movimiento. Ello implicaba subrayar la virtud esencial al personalismo: la lealtad, no convocada como adhesión reflexiva, sino como un sometimiento profundo al que se gratificaba con un reconocimiento en alta voz: lo mejor que tenemos es el pueblo. Pero el pueblo debía ser también el que obra, vigila y hace de la lealtad su culto, su ley y su bandera. Es el leal el que se hará justicia con su propia mano el día de la traición. El régimen —dice Ricardo del Barco— estructuró formalmente un partido pero... no tuvo vida y fue más bien una prolongación de los resortes burocráticos del Estado. Cuando un líder carismáticos organiza un partido, lo mantiene en un estado fluido del cual él es el único punto de equilibrio. Es un instrumento de cuyo manejo nadie más tiene el secreto. Ese secreto no lo transmite porque nunca designa herederos. Si Napoleón quiso hacerlo con su hijo, era porque tenía sueños de fundador de dinastías imperiales. En 1955 Perón agravó el conflicto con la Iglesia, que había comenzado después de la muerte de Eva Perón. La doble fuente en su poder se había ido desgastando al deteriorarse la situación económica y acrecentarse el desorden general. Los pasillos del Banco Central estaban vacíos y la represión había aumentado. El 16 de junio de 1955, un grupo de la Aviación Naval atacó la Casa de Gobierno y desató una breve pero cruenta acción de guerra. De ella resultaron pérdidas en vidas humanas y materiales y una victoria transitoria del régimen que respondió incendiando iglesias en la ciudad. Reaparecía súbitamente el espectro de la guerra civil a la española que atormentaba la mente de los argentinos desde 1936 dice Rouquié. El 31 de Agosto, Perón renunció en una carta dirigida al Partido Peronista. Fue una maniobra ambigua cuyo alcance no era claro. Esa noche desde el balcón de la Casa Rosada, prometió responder a cualquier violencia con una violencia mayor. Y cuando uno de los nuestros caiga, caerán cinco de los de ellos. Curiosamente a estas furibundas palabras no siguió el predecible desborde agresivo que podía esperarse. En la masa congregada también habían dudas. Perón se sentía derrotado y había perdido sus virtudes de recuperación. Su caída era inevitable. El régimen se derrumbó poco después bajo el peso de su corrupción, sus errores y sus contradicciones. Perón pasó al exilio desde cuya seguridad y debido a la persistencia de la oposición en su torpeza, seguiría siendo, hasta su muerte, el gran protagonista de la Historia Argentina contemporánea.
La sublevación que depuso a Juan Perón fue diferente de las dos anteriores, tenía en común con la primera su antagonismo con un caudillo de firme base popular. Pero difería de ambas en dos aspectos: el primero fue en su presentación como un acto conjunto de las tres Fuerzas Armadas. El 23 de setiembre, dice Rouquié, el General Lonardi entró solemnemente en la Casa Rosada, donde tres cadetes, uno por cada fuerza, lo entregaron los símbolos presidenciales. Antes de la ceremonia pasó revista a un destacamento de las tres escuelas militares. El segundo de los aspectos diferentes fue más drástico en sus efectos: Y es que ab-initio el nuevo gobierno se adjudicó expresamente un derecho de revolución emanado del mero hecho de su instalación sin tomar en cuenta si la revolución invocada existía o se manifestaba favorable en la realidad política o social circundante como lo dice con precisión Marcelo Sánchez Sorondo en su nota sobre la supralegalidad, publicada en La Ley. Consecuente con este derecho, se subordina expresamente la Constitución en tanto y en cuanto no se oponga a los fines de la Revolución, a un carácter de texto jurídico subsidiario. En lo que se refiere que a tales fines, pronto se manifestaron como imprecisos y conflictivos y culminaron en la renuncia impuesta al Jefe de la Revolución, General Eduardo Lonardi como primer Presidente y a su sustitución por el General Pedro Aramburu. Un contragolpe armado de los peronistas fue combatido con inusitada violencia, que mostró el fondo torvo de nuestra cultura permanece latente, tapado por apariencias de civilización. Ese exceso iracundo prefiguró decisiones fríamente adoptadas. Se ejecutaron treinta y ocho inculpados en el intento, con la vana esperanza de corregir los sentimientos del pueblo a través de la represión. Se crearon comisiones investigadoras que intervinieron discrecionalmente patrimonios privados o sociales movidos por sospechas o simples denuncias. Estas lesiones jurídicas perturbaron gravemente y postergaron el restablecimiento del derecho, que por otra parte era sólo una urgencia ambigua de la revolución, más verbal que real. En las palabras de Rouquié: En lugar de desperonizar a los trabajadores, la Revolución Libertadora reperonizó a grandes sectores populares decepcionados por la segunda presidencia de Perón. En estos y otros yerros el movimiento militar agotó su campo maniobras.De nuevo se llamó a elecciones: ni un minuto antes ni un minuto después, de acuerdo con la formulación presidencial, que sólo omitió precisar las condiciones que debía llenar la hora exacta. El gobierno hizo cuanto pudo para orientar —sin fraude— los votos hacia la fracción radical del Pueblo liderada por Ricardo Balbín. La oposición estaba representada por el sector que encabezaba Arturo Frondizi, que hubiera sido sin duda el hombre de estado más relevante de su tiempo si hubiera podido completar su período de gobierno. Frondizi se dejó llevar por una tentación: volcar para sí la fuerza electoral del peronismo proscripto. Su colaborador, Rogelio Frigerio, logró convencer a Perón de ordenar la canalización de los votos hacia los radicales intransigentes. Para Perón la oferta era útil y así lo entendió. Desde el exilio podía probar su popularidad restante y usar una energía que de otra manera podía quedar disponible y perderse. Se puede comprender que Frondizi se dejara llevar por esta seductora tentación, a pesar de que analizada en esa época con los datos existentes no era teóricamente viable. Había una vieja tradición contraria al compromiso, que venía desde Alem e Yrigoyen, que votaba los acuerdos electorales calificándolos de contubernio palabra que sancionaba antiguamente los matrimonios de hombres libres con esclavas. Más grave aún, era la fractura que dividía nuestro sistema social entre peronistas y antiperonistas, fractura que el gobierno de Aramburu y Rojas había ensanchado. Frondizi obtuvo más de cuatro millones de votos, duplicando los que logró su oposición. Con ellos contó con todas las gobernaciones y la mayoría de los diputados. En una óptima síntesis anota Rouquié: A partir de ese momento se entabló un extraño torneo entre tres protagonistas de recursos políticos harto diferentes: el gobierno legal, las Fuerzas Armadas y Perón. Constituían un trípode inestable sobre el que se instala por mucho tiempo el sistema político argentino: la impotencia gubernamental, atemperada por el golpe de estado permanente. Frondizi había jugado una apuesta racional contra una trama oscura de prejuicios, sospechas, a impulsos autocráticos. Era inevitable que esta lucha sorda tuviera picos de crisis que llevaran el gobierno a un final abrupto. El triunfo había dado al Presidente un prestigio ambiguo, de talento unido a suma peligrosidad. No en vano estaban sueltos tantos fantasmas en el teatro espectral de los servicios de informaciones. Los miedos y apetitos de poder se conjugaban en un hostigamiento continuo a Frondizi, a quien se vigilaba como a un enemigo solapado. Se trataba al fin de preservar los principios de la Revolución Libertadora que no eran otra cosa que un antiperonismo declarado, y una forma de liberalismo económico exangüe, que había admitido las intervenciones discrecionales en los patrimonios privados. Las interpretaciones, formuladas desde prejuicios arraigados, prescinden de los hechos concretos y confirman los prejuicios. En nuestra cultura fracturada, en la que cada individuo tiene una etiqueta, lo subjetivo siempre es más fuerte que lo objetivo. Los trayectos de la sospecha se hacen en la penumbra y la realidad queda al margen. El Comunicado oficial de las Fuerzas Armadas, dado a conocer en la Secretaría de Guerra, anunciando la decisión de destituir al Presidente de la Nación y aparecido el 29 de Marzo de 1962, es un documento que prueba la paradójica concepción del derecho y de la carta constitucional que tienen las armas argentinas. Un breve análisis va a ser útil para reflejar esas convicciones jurídicas y políticas. Comienza asegurando que la grave responsabilidad que toman ante la historia no ha sido sin meditar sobre las razones y las consecuencias de su acción y sin agotar todas las instancias que la situación política y jurídica de la Patria le ofrecía. Reclaman como fundamento de su actividad el haber sido: Respaldo del nuevo orden, punto de partida de la empresa democrática que hacía que no pudieran quedar totalmente al margen que contribuyeron a iniciar... Se mantuvieron por lo tanto, en una actitud de expectación. Vigilaron la marcha del proceso institucional con la mirada puesta en un solo objetivo: la plena realización de los ideales de la Revolución Libertadora. La actitud de expectación y la vigilancia tal como eran entendidas, llevó a las fuerzas a acercar sus sugerencias y su consejo al gobierno en los temas vinculados con la defensa de la democracia señalando paralelismos nocivos o inconstitucionales. Todas estas advertencias, desoídas por el gobierno, lo llevaron a una situación tal que: Ni la unión nacional ni el mantenimiento del orden público estaban dentro de la esfera de sus posibilidades reales. La resultante obvia de este manifiesto desorden fue: Las Fuerzas Armadas recibieron así, otra vez la responsabilidad de restaurar aquellos valores. Sugirieron entonces la formación de un gabinete de coalición que no pudo realizarse por la negativa de los sectores políticos, económicos y sociales a contribuir en la tarea. La renuncia o alejamiento del primer magistrado quedo entonces como la única solución. Rechazada esta alternativa y no pudiendo permitir que la República y los principios democráticos marchen a la deriva... su fervor les llevó a exclamar:Buscamos la Constitución. Nos aferramos a ella como la única tabla de salvación de todos los argentinos.. Este reconocimiento verbal de la sacralización de la letra constitucional como instrumento salvador, llevó finalmente a los representantes de las Fuerzas Armadas a declarar que: Al tomar la decisión de promover el alejamiento del Presidente, creemos salvar la Constitución y recuperar la fe en sus principios. Pocos textos son más ilustrativos de la confusión semántica del diccionario militar. Traducido al lenguaje que surge de la lógica de las cosas, resulta lo siguiente si se repasa lo transcripto de acuerdo con la realidad ocurrida: El haber agotado todas las instancias que la situación política y jurídica de la Patria les ofrecía mientras ejercitaban una vigilancia desde una actitud de expectación que llevó a las fuerzas a sugerir y a aconsejar en tomas vinculados con la defensa de la democracia se manifestó en treinta y cuatro planteos, registrados entre otros por la revista Time. Es decir una presión directa sobre el Poder Ejecutivo, totalmente al margen de toda acción lícita, es decir, permitida por la ley. Al final, para salvar a la Constitución y recuperar la fe en sus principios se incurrió en el delito de sedición prohibido por su artículo 22. O sea se recupera la fe en los principios, destruyéndolos. Algo así como perpetrar una violación para afirmar la castidad. Paradoja que llega hasta sus últimos límites, al punto crítico en la que la afirmación se apoya en el absurdo. Hugh Thomas, en su Historia de la Guerra Civil Española evoca una paradoja aún más dura, la que solía decir el General Millán Astray: !Vivir la muerte! Recuerda la admirable réplica de Don Miguel de Unamuno en la Universidad de Salamanca: He oído, —dijo— un grito necrófilo e insensato: ¡Viva la muerte! Y yo, que he consumido mi vida persiguiendo paradojas que han incitado al enojo incomprensivo de muchos, yo debo deciros, como una experta autoridad, que esta bárbara paradoja me es repelente... La paradoja militar debe también ser rechazada. No solamente por los civiles, sino especialmente por los hombres de armas, tanta es la vulnerabilidad de semejante contradicción en sus términos, como su inconsistencia jurídica. Con esta decisión, así fundamentada, terminó el mismo día la Presidencia de Arturo Frondizi. Ella dejó ver en su accidentado curso todos los matices de una cultura que tiene débiles defensas para mantener su libertad y que acepta la autocracia como uno de los modelos posibles de gobierno. Y de un sistema social igualmente propenso a estar convulsionado como a ser dominado por un subsistema apoyado en la fuerza física. El subsistema político que componían un conjunto de partidos mentidos por el éxito de una maniobra electoral brillante, prefirió el golpe de estado militar y la incertidumbre consiguiente, a conjugar fuerzas en una coalición que hubiera consolidado al gobierno legítimo, consagrado por el medio racional de una alianza popular y con el voto mayoritario a su favor, sin fraudes y proscripciones. En una operación por completo inesperada, José María Guido asumió la Presidencia. Desprovisto de toda sensualidad de poder, tuvo de éste sino sus cargas. Hombre profundamente respetable, sin narcisismo ni arrogancia, hizo lo que pudo dentro de estrechos márgenes de movilidad. Entre las vicisitudes inverosímiles de su corto período estuvieron los enfrentamientos entre azules y colorados, reducida guerra civil entre grupos con idéntica formación autoritaria y sin convicciones profundamente antagónicas, que resultó en una pugna más por cuestiones formales que fundamentales. La decisión final de la lucha favoreció a los azules. De acuerdo con la tradición, los Jefes colorados marcharon gallardamente a retiro. Cobró entonces virulencia la división entre las fuerzas, acentuado el carácter convulsionado del período. La Marina se sublevó, colocando una vez más al Comandante en Jefe del Ejército, General Juan Carlos Onganía, en la posición de defender a un gobierno en cuya legitimidad no creía. Su concepto de la autoridad y de la jerarquía no pasaba por el meridiano constitucional, sino por los reglamentos profesionales. La victoria sobre la sedición naval no significó consolidar al gobierno del Presidente Guido, sino simplemente mantenerlo en su inestable equilibrio. La inquieta calma que siguió, dejó aflorar un efímero y utópico proyecto de Frente Nacional y Popular, que se proponía agrupar a los desarrollistas de Frondizi con peronistas aceptables, nacionalistas y demócratas cristianos. Esta dulce utopía de racionalidad política, que no propugnaba la eliminación del peronismo, encontró la intolerancia invariable de nuestra cultura. La elección siguiente fue nuevamente un acto semi-formal con fuerzas proscriptas, a las que se consideró ineptas para votar. Se repetía el rasgo discrecional que marca con su signo la historia argentina desde el principio. El gobierno del Dr. Arturo lllia se inició con vicios de origen. El Presidente, hombre con mucha calidad, había sido elegido por una elección que nunca se esperó ganar. El partido tampoco estaba preparado para gobernar la compleja realidad que había heredado. Su larga espera, apartado de la tarea de gobierno, no le había dado oportunidad de formar equipos con una mentalidad moderna. Su acción más espectacular fue la denuncia de los contratos petroleros firmados por el gobierno de Frondizi, con miras a asegurar el abastecimiento nacional. El gobierno radical se encerró en una política partidista, vuelto sobre sí y sus más rancias tradiciones. Se marcó entonces un ritmo muy lento de acción oficial y la opinión civil se acercó una vez más a golpear los puertas de los cuarteles (tarea poco lúcida de la que el autor de estas líneas no estuvo ausente) con la ilusión de promover un cambio modernizante en el país. Los crecientes rumores acerca de un golpe de estado llevaron al General Eduardo Castro Sánchez, Secretario de Guerra, a redactar un comunicado en el que recordaba a todos los sectores del país la irresponsabilidad que significa pretender quebrantar el orden constitucional, atentando así contra los derechos y garantías individuales establecidas por la Constitución Nacional, con riesgos y consecuencias imprevisibles. El diario La Nación del 5 de abril de 1966 comentó con optimismo el comunicado y declaró en su editorial: El país debe celebrar como un bien inapreciable el contar con un Ejército que califica a la Constitución como único instrumento capaz de regir la vida de una sociedad civilizada y —agregó—: Esta es una calificación aprendida con dura experiencia. Pero la experiencia no había dejado ningún aprendizaje. El 28 de junio de 1966 el Ejército usurpó de nuevo el poder, expulsando al Dr. Illia de la Casa de Gobierno, en una escena más penosa para las Fuerzas Armadas que para el Presidente de la Nación.
La sublevación se llamó a sí misma Revolución Argentina y destituyó a los tres poderes, los gobernadores y los intendentes electos. Se ungió Presidente de la República al General Juan Carlos Onganía, quien se inspiró en el modelo del Generalísimo Franco sin poner límite estatutado a su mandato. Dotado de una mentalidad dogmática, profundamente religioso, con una personalidad rígida, con aptitudes para el mando y una concepción absolutamente militar de la autoridad, sus nociones del bien y del mal eran categóricas. Tal maniqueísmo tenía poca latitud para la difícil tarea de modernizar un país, cuya cultura es espontáneamente anacrónico. El estilo del Presidente, como el de su modelo, tenía rasgos monárquicos, con su propia figura en el centro, pero siempre remota. Este régimen trató de renovar la despulida fórmula del 80, de autocracia política con un liberalismo económico sui generis al que las empresas del Estado y entre ellas las que administraba directamente el Ejército, exigían una intervención burocrática constante. Se persiguieron las ideologías que se consideraban corrosivas de la jerarquía. Los manifestaciones de "desorden"y "falta de cohesión", así como elecciones, partidos políticos, huelgas y diversas formas de "indisciplina" y "egoísmos sectoriales", tienen que ser suprimidas para lograr lo principal, la "cohesión espiritual", que surge de la búsqueda del bien común y de la aceptación de cada uno del lugar que le toca. Esta descripción de la manera de ver el mundo del gobierno de Onganía, hecha por Guillermo O'Donnell, ilustra sobre su concepción de la sociedad. En la noche de los bastones largos, quedó muy claro que la pretensión de modernizar el país, en modo alguno pasaba por la Universidad. Tampoco por la ciencia y la técnica independientes de las nociones del bien y del mal que impregnaban a la burocracia autoritaria, según la calificación del autor recién citado. Una orientación maniquea estrecha todo margen de comprensión de los problemas sociales. La explosión del cordobazo que colocó a Córdoba entera en incandescencia, desconcertó por completo al gobierno, e hizo palpable la percepción pública de la base endeble sobre la que se sustentaban el orden y la autoridad. El asesinato del General Aramburu por un grupo terrorista, que a adjudicó un derecho de justicia directa que prometía días peores aún, terminó de corroer la débil estructura de la Presidencia y de su contexto inmediato. El 8 de junio de 1970, el General Onganía fue destituido por la Junta. Ocupó entonces la Casa Rosada, el General Roberto Levingston. Este oficial formado en servicios de inteligencia, resultó una elección poco afortunada. Debió haber sido obvio a quienes lo eligieron, ya que su especialidad no lo había formado para gobernar, sino para vigilar y sospechar. El 22 de marzo de 1971 fue relevado y la Junta retomó el poder, estableciendo un sistema rotativo parra el ejercicio presidencial. El General Alejandro Lanusse fue entonces el Jefe del Estado. Su vocación política y su flexibilidad, atemperaron sus rasgos autocráticos sin borrarlos totalmente. Pero tenía dotes suficientes como para tener una posibilidad de pactar con Perón y convertirse en su heredero política. En este casa la dificultad teórica estuvo en la resistencia visceral de todo caudillo carismático no ya a designar, sino siquiera, a dejar surgir un heredero con probabilidades de sucederlo en su vejez. Por eso no puede sino ser siempre filicida. No era el antiperonismo de Lanusse el que resistía Perón. Eran aquellas cualidades que, ungidas por él, lo hubieran aumentado el prestigio que Lanusse había conseguido en su propia carrera militar. O'Donnell conjetura la posibilidad de que el rechazo de Perón a un acuerdo con Lanusse tenía origen en que las bases de la negociación versaban sobre compensaciones honoríficas —sobre todo la restitución de su grado militar— y económicas que le habían sido negadas desde 1955... cuando otra cosa hubiera sido que se hubiesen ofrecido jugar el papel central en un gran proyecto de reconciliación nacional... (que) lo colocara como gran figura por encima de las obligaciones y trajines del cargo presidencial. La conjetura es aguda, pero no explica la ambigua posición del líder, que sabía que dependía de él fijar las condiciones del acuerdo. Por eso resulta más congruente pensar en la natural imposibilidad de que un caudillo designe un heredero de su gloria. Que así ocurrió con Rosas, con Yrigoyen y también con De Gaulle. Perón nunca se negó a un acuerdo. Pero tampoco lo aceptó. Mientras, no desalentaba a las formaciones especiales. Cuando esta, ambigüedad colmó la medida, Lanusse perdió la paciencia —nunca una de sus virtudes más descollantes— y ante mil oficiales, en el Colegio Militar, dijo airadamente que Perón no viajaría a Buenos Aires... porque no lo daba el cuero para venir... Palabras imprudentes, pero que probablemente no cambiaron el fondo de las intenciones del caudillo. En la época del discurso del Colegio Militar ya los dados estaban echados. Las Fuerzas Armadas no podían volverse atrás en las promesas que habían repetido cuando las perspectivas parecían abiertas. Comenzó entonces el capítulo 1973-1976. Para seguirlo en detalle, en la obra de Guido di Tella: Perón-Perón. y en una prosa muy sobria y documentada, se describe toda la evolución. Esos tres años tuvieron en la izquierda radicalizada un agente convulsivo cuyo hostigamiento hacía imposible toda tentativa de un gobierno nacional. Una juventud turbulenta y peligrosa, que recorrió a las formas más salvajes de la violencia y la coacción, introdujo en el tempestuoso desequilibrio crónico de la Argentina un factor muy difícil de controlar. Reflejo de las frustraciones de millones de argentinos, en un momento tuvieron cierto eco popular que fue registrado por algunas encuestas. Los sucesivos intentos del gobierno para impedir la llegada al poder de un paroxismo sin ataduras, habían fracasado por completo. Cuando llegó Héctor Cámpora a la Presidencia, dice Di Tella: se propagó una actitud que por momentos era festiva, inconsciente o directamente provocativa. En el fondo eran brotes de una manifestación local de jacobinismo, que pretendía lograr una democracia pura sin intermediarios, invadiendo las instituciones e imponiendo cambios por su propio derecho. Ella proclamaba el autoritarismo que existe en todos los estratos de nuestra cultura, alentado por la impotencia, por la sucesión de regímenes autocráticos, por la arrogancia militar y por el constante deterioro de la calidad de vida. La amnistía abrió la puerta de todas las cárceles y legitimó los crímenes cometidos en nombre de la justicia del pueblo. Esta fue la única modernización que casi cincuenta años habían logrado: un terrorismo aggiornato. Fenómeno muy complejo que se presenta en cada cultura con una forma diferente, tiene un fondo común de idealismo crudo y arbitrario, de intolerancia y compulsión mezclado con zonas muy enfermas en sus adeptos que necesitan a cualquier costa encontrar una identidad o compensar una intensa inseguridad. Estas factores y algunos otros, son los que se racionalizan afirmando la intención de terminar con la injusticia y los desequilibrios en la distribución de las riquezas del mundo. La tecnología pone en mano de estos desesperados armas y explosivos que han dado otra intensidad al fenómeno terrorista, y una categoría de peligro internacional. La renuncia de Cámpora y la consiguiente elección que llevó a Perón por tercera vez a la Presidencia de la República, pusieron al frente de una comunidad convulsionada desde hace muchas décadas, a una figura a la que el tiempo y las enfermedades habían casi desencarnado. Perón murió poco después y lo sucedió su esposa Isabel Perón, con quien intencionalmente se había hecho una fórmula por completo insensata. Así, la Argentina, un país con muchos aspectos anacrónicos, tuvo como Jefe legítimo del Estado a una mujer. Isabel impulsó un vuelco hacia una derecha confusa, en un movimiento inverso al que se había impreso en la época de Cámpora. Di Tella —comenta esta contramarcha— ...como uno de esos vuelcos, no poco frecuentes en política, en que la jefatura de un Partido, tratando de apartarse radicalmente de su política tradicional, pierde, el apoyo de sus adeptos sin ganar el del grupo al que la nueva línea beneficia. En una aguda comparación, agrega: En cierto modo, algo similar lo sucedió a Frondizi cuando giró bruscamente hacia la derecha a fines de 1958, conversión en la cual los tradicionales grupos de derecha nunca creyeron ni tomaron por lo que era. El hombre aparentemente más cercano a la Presidencia, José López Rega, organizó sus propias escuadras antiterroristas que rivalizaron en violencia y desprecio por los derechos más elementales de la persona humana con los más desaprensivos de los agentes radicalizados, sentando un modelo para las futuras brigadas represivas del gobierno militar. Los desaciertos de este equívoco personaje llegaron a un punto tal, que se lo obligó a dejar el país. La desaparición de López Rega permitió que reapareciera un sindicalismo soliviantado por una situación económica crudamente malsana y una sed de poder en sus dirigentes que se habían formado en el modelo autoritario de Perón y que propugnaba una conducción con jerarquías que se mantenían en sus cargos utilizando frecuentemente la coerción desnuda y la acción violenta. El largo lapso de interrupciones autoritarias no había ayudado en manera alguna a organizar sindicatos sobre bases representativas que elevasen las formas de defensa de los derechos de los trabajadores y los formasen en el entrenamiento de discusiones racionales. El sistema social seguía acentuando su estilo convulsionado y como era previsible sonó una vez más la hora de la espada. Ya el provicario castrense Mons. Bonamín, se había preguntado si Dios no estaría pidiendo a las Fuerzas Armadas un nuevo caso de ejemplaridad sobre toda la Nación estimulando nuevamente el perfil mesiánico que ningún fracaso había podido empañar. A las 3 horas 31 minutos del 24 de marzo de 1976, un escueto comunicado de una hasta entonces desconocida Junta de Comandantes en Jefe informó a una comunidad cansada, desasosegada y escéptica que: a partir de la fecha el país se encuentra bajo el control operacional de la Junta de Comandantes Generales de las Fuerzas Armadas. Hoy, en 1983, siete años después de ese acontecimiento, esa comunidad ha pasado por diversos episodios surrealistas y a una revista de las múltiples influencias desintegradoras, de un autoritarismo administrado con ejemplar ineficiencia, conjunción que dio al autodenominado Proceso de reorganización nacional un lugar especial en la historia argentina, que tendrá enseguida su breve comentario.
El movimiento iniciado el 24 de marzo de 1976 no va a ser objeto de un largo desarrollo en este ensayo, porque en el momento de escribir estas líneas el país está aún sumergido en sus consecuencias. Solamente se tratará de destacar algunas particularidades que lo hacen singular frente a intentos anteriores análogos. Ellas se suman a la afirmación general de que el denominado Proceso de reorganización nacional, resultó un repaso antológico de todos los errores del absolutismo militar tradicional. Desde las primeras horas de estallado el movimiento, fue evidente su organización meticulosa. Tomar una plaza indefensa no supone por cierto ningún avance en la estrategia o en la táctica militar, pero el despliegue de las tropas fue aséptico y se desarrolló con escasos tropiezos. Lo que pudo advertirse muy pronto fue la precisa división jurisdiccional entre las tres fuerzas intervinientes, en forma tal, que cubrió la República entera, ocupada militarmente por sus propias Fuerzas Armadas como si fuese un país extranjero. Esta división implicó imponer una doble y ambigua autoridad. Una, que derivaba de la acción conjunta de los tres Comandantes en Jefe que se adjudicaron el poder supremo y que se ejercitaba en forma directa o a través de las decisiones ejecutivas de su subalterno inmediato, el Presidente de la Nación, despojado de la mayoría de los atributos constitucionales y limitado a una suerte de actividad gerencial en relación de dependencia. La otra autoridad, emanaba de las atribuciones de cada arma dentro del área asignada por consenso y estaba sujeta a la tradición y a las particularidades de cada una. El país quedó así dividido en lo que metafóricamente podía describirse como tres Grandes Ducados semi-independientes, que podrían evocar vagamente a la ocupación de Prusia en el siglo trece por los Caballeros de la Orden Teutónica. La ambigüedad de esta forma indiscutiblemente novedosa de distribución de la autoridad, se proyectaba en las provincias que pasaron a ser unitarias y regionalizada a la vez. Unitarias, por estar subordinadas al gobierno nacional a través del Ministerio del Interior, regionalizadas, porque pertenecían a uno u otro de los que denominamos Grandes Ducados, que en última instancia respondían a lo que el lenguaje militar llama sus mandos naturales. Es lógico que este doble vínculo, cuyos límites eran por demás abstractos y evasivos, fuera causa de roces y conflictos. Una característica perceptible en todo régimen castrense, es la presencia indeleble de la jerarquía profesional interna, que no se borra por la superposición de otra civil administrativa. Un Gobernador, General o Brigadier, guarda siempre para su Ministro —Mayor o Comodoro— el aura que corresponde a su autoridad militar en cuyo reconocimiento cotidiano ha sido formado. Esta relación, necesariamente rígida, mantiene una distancia difícil de franquear, que quita fluidez a la discusión abierta de los temas de trabajo. Contrariamente a lo que podría haber sido una impresión apriori, la administración militar es lenta por definición. Ello se debe a que a su organización burocrática desarrollada en largos años de paz, se suma la inmensa perplejidad ocasionada por problemas novedosos que nacen de un sistema social conflictuado como el nuestro, para tratar los cuales, no existo una minuciosa reglamentación como la que regula la vida militar. La lentitud descripta se agrava por la desmesurada intervención de los servicios de informaciones que rivalizan entre sí en una ardua competencia de interpretación de indicios. Su pluralidad no centralizada ni coordinada, multiplica la posibilidad de opiniones divergentes entre las fuerzas y entre éstas y los organismos de seguridad, exaltando una autonomía de criterio que retarda las decisiones y genera formas variadas de discrepancia sólo trasmitidas al exterior de manera vaga y evasiva. La suma del poder real, el grado de eficiencia alcanzado en las primeras horas de la ocupación y el éxito de la campaña contra el terrorismo, acentuaron en las fuerzas su perfil mesiánico y salvador de la Patria, nunca perturbado por ninguna reflexión sobre sus reiterados fracasos. La gran cantidad de cargos disponibles contó con la suma de Jefes y Oficiales retirados para cubrirlos en toda la gama de su diversidad. Allí se pusieron en relieve las dificultades en la selección de los hombres adecuados, como consecuencia de la ignorancia de los requisitos que se debían llenar para ocupar una función técnica civil, sin correlato alguno en la milicia. La ocupación de altas posiciones daba lugar en muchos casos a una sensación de omnipotencia que se traslucía en actitudes arrogantes o descorteses. A ellas no era ajena la conciencia de la protección de la fuerza que los había propuesto y el acuerdo virtual entre ellas de convalidar las decisiones de cada una dentro de lo que se aceptaba como su ámbito propio e indiscutible. Ésta tan alta densidad de personal militar en todo el territorio y en el espectro total de la vida pública nacional y provincial, influyó sobre el comportamiento de las fuerzas armadas, tanto como del resto del sistema social. En las primeras, en su asimilación a las actitudes clásicas de los grandes partidos argentinos en sus épocas omnímodas. En el resto del sistema social, en su sometimiento más o menos evidente y sobre todo en su adaptación a las circunstancias. En el subsistema económico y en particular en el campo empresario, dio lugar a la búsqueda y contratación de hombres de armas como Directores o Asesores, que de una u otra manera podían procurar informaciones o contactos con sus pares colocados en función de gobierno. Esta respuesta de adaptación a la realidad, también ocurre en mucha menor escala en aquellos países en los que existe una gran industria de armamentos como en los EE.UU. En nuestro país se presenta con los regímenes militares y en este último movimiento, la ocupación muy acentuada hizo que el Estado nacional y los Estados provinciales se vieran incansablemente recorridos por militares itinerantes de las distintas fuerzas, que cubrieron el país entero con una red informa¡, pero efectiva de esprit de corps. En el lapso que abarca esta parte del capítulo, la censura, que suprimió toda crítica como es natural en un régimen autocrático, no dejaba comentar los errores evidentes de su administración. Si éstos se manifestaban de todas maneras, eran sostenidos por una discrecionalidad que llegó a extremos de absolutismo que no habían alcanzado movimientos anteriores análogos. La represión a todo lo considerado acto terrorista o simplemente desviaciones ideológicas fue hecha utilizando métodos fríamente técnicos que destruyeron una cantidad no especificada de vidas jóvenes. Una patente de corso que permitía al invasor el despojo de domicilios sospechados, integró la codicia a un estilo de ataque que hizo regresar la Argentina a sus épocas más bárbaras. Estos actos, aprobados por los mandos superiores de las tres armas, llevaron a éstos a cohonestarlos con dos leyes, una llamada de pacificación y otra antiterrorista. Aquella cubre los peores excesos ya cometidos y ésta priva al ciudadano de toda defensa frente a la arbitrarie7dad policial. Ambas revelan una total incapacidad para aprender de la realidad y son actos desnudos de autoritarismo y desdén por la convivencia civilizada. Esta revista no puede concluir sin referirse a las relaciones internacionales. En el campo financiero están alteradas por el mayor desorden del endeudamiento exterior que ha conocido el país. En el campo político, el diferendo con Chile y el caso de la recuperación de las islas Malvinas que retrotrajo una justa decisión sobre nuestros reclamos por un tiempo indeterminado, son jalones en una escala negativa, difíciles de superar, aún en una cultura tan desequilibrada como la argentina. Los excesos cometidos por el régimen militar en el lapso 1976-1983 en todos los aspectos de la vida nacional y en uso de la suma del poder público, prueban la afirmación hecha en la primera parte de este capítulo. En la programación genética del autoritarismo desembozado está inscripto su fracaso y en su persistencia en el poder, la desintegración de la República. La deplorable situación de la que partió en 1976 el golpe de estado militar y su inmenso deterioro acentuado por la corrupción, coloca a quien acceda al próximo gobierno en un umbral muy bajo. Sólo se podrá alcanzar la recuperación evaluando la realidad inteligente y serenamente. Combatiendo el falso nacionalismo estimulado hasta ahora, agresivo e insular, o impulsando en cambio un nacionalismo verdadero, el que nace del amor a la Patria, el que lleva consigo el deseo de engrandecerla y civilizarla, no de destruirla. Este es el gran desafío que al retirarse de un poder reiteradamente usurpado desde 1930, nos deja la ocupación del sistema social entero por el subsistema militar. CONTINUACION - CAP. XIV El destino circular de la Argentina 1810-1984 |