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EL DESTINO CIRCULAR DE LA ARGENTINA EDUARDO TISCORNIA CAP. XIV El destino circular de la Argentina 1810-1984 Apéndice Breve nota bibliográfica y bibliografía
Si se usan los tres modelos: el convulsionado, el dominado y su combinación, para recorrer cronológicamente la historia argentina hasta la fecha, se compone el siguiente cuadro: 1810 a 1830: Sistema social convulsionado. Conflictos internos y luchas externas. 1830 a 1852: Sistema social dominado por Juan Manuel de Rosas y su grupo Político-económico. Represión, resistencia y luchas externas, originaron el modelo combinado. 1852 a 1862: Sistema social convulsionado por la guerra civil entre la Confederación y Buenos Aires. Intento frustrado de organización nacional sobre la base de la Constitución de 1853. 1862 a 1880: Sistema social dominado después del triunfo de Pavón y modelo combinado por la lucha contra los caudillos del interior. 1880 a 1889: Sistema social dominado por el subsistema políticoeconómico que mantuvo el control de la sucesión del poder. Fuerte crecimiento horizontal. Modernización legislativa. Aporte inmigratorio. Libertad de expresión. 1889 a 1916: Sistema social dominado-convulsionado. Seria crisis económica. Rebelión de 1890. Constitución de partidos políticos opositores. Ley Sáenz Peña. 1916 a 1928: Sistema social con breves períodos convulsionados. Presidencia de Hipólito Yrigoyen, caudillo personalista y absorbente que no impuso su dominio a la sociedad. Abuso de intervenciones federales. Conflictos gremiales graves. Conflictos parlamentarios que no excedieron los carriles constitucionales. La Presidencia de Marcelo T. de Alvear se vio particularmente favorecida por circunstancias económicas internas y externas. 1928 a 1930: Sistema social convulsionado. Segunda Presidencia de Hipólito Yrigoyen. Crisis económica internacional. Conflictos sociales y políticos. Desorden en la conducción general del Estado. 1930 a 1932: Sistema social dominado. Golpe de estado del 6 de setiembre de 1930. Se inauguró la secuencia de usurpaciones del poder por el subsistema militar profesional. Acatamiento del subsistema judicial a través de una Acordada de la Corte Suprema de la Nación. Se comprobó la debilidad de las defensas del sistema social frente al autoritarismo. 1932 a 1943: Sistema social dominado por el subsistema político a través del control fraudulento de las elecciones. Períodos convulsionados. Epoca llamada por la oposición: década infame. 1943 a 1946: Sistema social dominado por la usurpación del poder por el subsistema militar. Sistema social convulsionado por conflictos internos del arma Ejército con crisis en octubre de 1945. 1946 a 1955: Sistema social dominado-convulsionado. Presidencia de Juan D. Perón. Figura de caudillo carismático. Personalismo fuertemente autoritario con restricciones a la libertad. Persecución a los opositores. Propaganda del Estado. Censura. Mejoramiento de la condición de las clases obreras limitado por crisis económicas. Levantamientos armados reprimidos. Grave conflicto entre la Presidencia y la Iglesia. 1955 a 1958: Sistema social dominado. Golpe de estado del subsistema militar y derrocamiento del Presidente. Conflictos dentro del arma Ejército. Restricción a las libertades. Censura. Persecución a los opositores. levantamiento armado con muy fuerte represión. Elecciones con electores proscriptos. 1958 a 1962: Sistema social convulsionado. Presidencia del Dr. Arturo Frondizi. Hostigamiento constante del subsistema militar. Conatos de sedición. Respeto a las libertades civiles. Conflictos gremiales y políticos. Derrocamiento del Presidente por el subsistema militar. 1962 a 1963: Sistema social convulsionado. Presidencia del Dr. José María Guido. Hostigamiento parcial del subsistema militar. Conflictos en el arma Ejército y entre armas ... Ejército-Marina. Elecciones con electores proscriptos. 1963 a 1966: Sistema social convulsionado. Presidencia del Dr. Arturo Illia. Respeto a las libertades civiles. Conflictos gremiales. Derrocamiento del Presidente por el subsistema militar. 1966 a 1973: Sistema social dominado por el subsistema militar. Presidencias de los Generales Juan Carlos Onganía, Roberto Levingston y Alejandro Lanusse. Restricción a las libertades civiles. Persecución ideológica. Censura. Conflictos en el arma Ejército. Sistema social convulsionado. Tentativas fracasadas de acuerdos entre fuerzas políticas. Elecciones con electores proscriptos. 1973 a 1976: Sistema social convulsionado. Presidencias de Héctor Cámpora, Juan D. Perón e Isabel Perón. Predominio inicial de ideologías subversivas de izquierda y derecha, Terrorismo, Desorden económico, administrativo, gremial. Derrocamiento de la Presidente por el subsistema militar. Demostración de la incapacidad del sistema social y en particular del sistema político para corregir el mal funcionamiento del Estado a través de los instrumentos constitucionales. 1976 a 1984: Sistema social dominado. Usurpación del poder por el subsistema militar. Terrorismo. Fortísima represión. Acción parapolicial violenta. Extensa persecución ideológica. Fórmula político-autoritaria, económico semiliberal. Restricción de todas las libertades públicas y civiles. Ocupación reticular del sistema social por el subsistema militar. División jurisdiccional del poder entre las tres armas. Conflictos dentro de cada arma y de éstas entre sí. Desorden económico, político o internacional. Conflicto sin resolver con la República de Chile. Conflicto armado con Gran Bretaña con derrota militar y cuantiosas pérdidas. Conflictos con los Estados Unidos y con Europa Occidental. Acercamiento político y económico a la URSS y a los países Noalineados. Conflictos sociales y gremiales constantes. Estado convulsionado del sistema social. Esta descripción condensa el desarrollo de este ensayo en las páginas anteriores. A ella pueden agregarse algunos comentarios que completan la historia clínica con un diagnóstico. Las hipótesis fundamentales que desde la perspectiva del autor resultan claves en el mal funcionamiento de la cultura argentina se dividen en dos partes: a) La estructura inicial de la que parte la emancipación Todo país colonizador pone su sello en las colonias que funda,transmitiéndole formas y valores de su propia cultura. La España de los dos primeros siglos de la conquista y la colonia, proyectó fundamentalmente su celo misional antiherético a través de órdenes religiosas militantes, como jesuitas, domínicos y franciscanos, que trajeron a Indias el ardor de la Iglesia de la Contrarreforma. Esta acción de una sola fe como núcleo de la acción colonizadora, coincidió con la unidad demográfica a través de una emigración restringida, primero sólo a los castellanos, y después al resto de España y una unidad de enseñanza primaria centrada en los principios del catecismo, y universitaria en la filosofía escolástica. La preservación de esta unidad de principios exigió la censura de textos como medio normal, que se sumaba a la escasez de noticias de ultramar debido a la limitación de los medios de navegación de la época. Este tráfico de personas y de informaciones, controlado por la distancia física y por la política real de Carlos V y de Felipe II, se mantuvo en los reinados siguientes debido al absolutismo político español. A esta insularidad inicial en la que crecieron las colonias de Indias hasta el siglo diecinueve en que comenzaron a liberarse, se agregó la propia insularidad de España que rechazó la apertura de ideas que el Renacimiento italiano primero y la Reforma después, habían difundido a través de Europa, especialmente después de la invención de la imprenta. La gran aventura humanística europea fue combatida por la clausura dogmática del absolutismo religioso-cesarista que cerró sus fronteras a las novedades. El control de la emigración española a Indias tuvo otro efecto estructural: el de la insuficiencia de los pobladores europeos iniciales y la baja condición de muchos de ellos, según lo acreditan los documentos de la época, expresados en cédulas reales, correspondencia de Hernán Cortés a Carlos V y otros testimonios. Esta calidad de hombres hechos para la aventura heroica y para denuedos sin fin, aguerridos como estaban por múltiples batallas, lamentablemente, no era la mejor cepa para fundar pueblos. A ellos se sumaba la falta de mujeres blancas ya que durante mucho tiempo casi no hubo emigración femenina a Indias. La cruza se hizo entonces con indígenas pertenecientes a menudo a etnias primitivas que no había construido ciudades, es decir, que no eran civilizadas. Tal fue el caso de nuestras culturas precolombinas nativas. A esta insularidad que hemos descripto, se le agregó una insuficiente distribución en un inmenso territorio, donde se fundaron ciudades más de una vez por razones circunstanciales, estableciéndose así centros escasamente poblados y muy distantes entre sí, generando núcleos con falsas autonomías y viabilidad precaria o, por el contrario, el crecimiento exagerado de una ciudad como ocurrió con Buenos Aires. Al concentrarse paulatinamente la insuficiente población cerca del Puerto único de ultramar, se inició un desequilibrio demográfico que será agravado con el transcurso del tiempo y que no fue corregido nunca. Sus consecuencias políticas y económicas registradas por la historia argentina, incidieron negativamente en el desarrollo de la República. La ciudad colonial se organizó con rasgos en los que influyó toda esta historia imperial. Juan Agustín García ha descrito sus características. Las más importantes señalan la rígida estructura social, el estatismo burocrático y la centralización, todos signos de una forma autoritaria que sería heredada por nuestra cultura a partir de su liberación. La rica provincia de Buenos Aires, el ganado caballar multiplicado en la pampa entre ambas fundaciones y el ganado vacuno traído a Buenos Aires por Juan de Garay, sellaron la futura fisonomía agropecuaria. Fueron acontecimientos que orientaron la suerte de la República y marcaron fuertemente su cultura, al agregar al desequilibrio demográfico, el económico y el político.
b) Las influencias en el desarrollo posterior de la cultura desde 1810 hasta nuestros días La nueva organización se inició en 1810 con la ocupación por los criollos mejor colocados, de todas las posiciones abandonadas por los españoles. El nuevo sistema social heredó una estructura que básicamente dejó intacta. Con ella recibió también el legado de la insularidad, el autoritarismo y las insuficiencias demográficas, tanto en número de pobladores como en su distribución. Los conflictos internos entre facciones comenzaron muy pronto. El Gobierno pasó de la Primera Junta a la Junta Grande, de allí al Primer Triunvirato, y de la Junta Grande a ser la Junta Conservadora. Todo entre el 25 de Mayo y fines de 1811. En los primeros meses del mismo año hubo un golpe de estado. En 1812, otro. Con él se disolvió el Primer Triunvirato y se formó el Segundo. No se respetó la libertad de prensa. Los diarios aparecidos entre 1812 y 1815 fueron clausurados. La censura es un mal endémico cuya herencia sólo fue interrumpida por cortos lapsos, hasta el día de hoy. Una comunidad cercenada en su acceso a la información, se forma en un ambiente estrecho, el único que conoce. A la insularidad básica se agregaba así, una contracción más al exiguo campo de noticias existente. Este enrarecimiento intelectual es percibido por la minoría que, o termina por acostumbrarse a esa dieta magra, o se exilia. El conflicto ocasional es signo de vitalidad y enriquece las perspectivas, proponiendo distintas soluciones posibles. Cuando se presenta como una actitud de antagonismo constante, traba el sistema social. El Gobierno recibió nueva forma, que una revolución varió por otra no más estable dijo el Congreso de Tucumán en 1816. Las nuevas formas que recibían los Gobiernos repercutían sobre la sociedad. La incertidumbre impregnó desde sus comienzos la cultura que se estaba formando. Resultó un signo prematuro de su porvenir y uno de los peores obstáculos para su consolidación y desarrollo. Ante su persistencia se crearon defensas malsanas, que inyectan valores nocivos en el sistema social. La disponibilidad para la improvisación o para el aprovechamiento indebido de oportunidades, crean en el cuerpo de la sociedad un sedimento de mala fe y de desconfianza que la va tiñendo indeleblemente. A los conflictos, los cambios de Gobierno y la incertidumbre, la cultura responde convulsivamente. Esa respuesta se puede hacer crónica y fija un estilo fatigoso que desgasta energías en movimientos inútiles, en pérdidas de tiempo, en largas esperas de acontecimientos que no se producen jamás, porque nunca se reúnen las condiciones necesarias. El descreimiento y la frustración agotan los recursos creativos de la comunidad. Con la llegada masiva de la inmigración, recibida sin prepararle un escenario para su óptima utilidad, con escasas posibilidades de acceso fácil a la tierra, sin capitales de trabajo ni créditos, se produjo en la ciudad del Puerto una invasión de extranjeros. Esta mezcla de culturas próximas pero diferentes, enriqueció su ambiente con otras palabras y otras costumbres. Allí, en un espacio reducido, se juntaron nostalgias y esperanzas, sueños y frustraciones que se volcaron en el tango, que es un compendio de esa ciudad en ese tiempo y de la manera de ver el mundo de todo un sector de sus habitantes, que cantan a los suburbios, lloran a la mujer perdida y vuelven a su madre como único valor permanente. De los inmigrantes que llegaron al país entre 1870 y 1920, no menos del 40 % volvieron a sus tierras natales. Aunque la mayoría buscaba tierras campesinas, muchos quedaron en la ciudad donde comprimieron el mercado de trabajo o se dedicaron a tareas artesanales y al servicio doméstico. La generación siguiente aprovechó la movilidad social para ascender a profesiones liberales, formó el núcleo de las nuevas fuerzas políticas y una clase media, factor importante de desarrollo social. El ingreso masivo a la capital agudizó el desequilibrio demográfico ya señalado. El territorio se dividió en dos países: el litoral y el resto, en una relación semi-colonial, de la que Buenos Aires fue la metrópolis. A pesar de esos aires cosmopolitas, esta ciudad, con sus rincones parisienses, fue siempre sólo un reflejo equívoco de una cultura insular. Al finalizar la penúltima década del siglo diecinueve, la tierra, adquirida fácilmente en las distribuciones que siguieron a la ley de enfiteusis y a las Campañas contra los indios, ya atravesada por el milagro inglés del ferrocarril, se transformó primordialmente en un bien especulativo, borrando la relación entre su precio y su valor de producción. La tierra fue apenas un símbolo expresado en números que crecían solos, sin necesidad de poblar los campos o aumentar sus rendimientos. Pero un día reclamó de nuevo sus fueros. Habían llegado la crisis de 1889 y la convulsión de 1890. El hechizo del Progreso indefinido se había roto, pero este grave acontecimiento apenas si dejó algún aprendizaje. El desarrollo portentoso de la pampa húmeda fue un hecho concreto y real. Pero su verdadero sustento estuvo en el mito más que en la indudable realidad. Ese mito de la inmensa riqueza de nuestros dilatados territorios como lo expresó Quirno Costa en 1888, prescindiendo de los factores humanos que son más importantes en las culturas que los dones naturales de suelos fértiles y climas templados. El lenguaje de la generación del 80, fijó el mito en la imaginación popular, siempre parcialmente informada por su insularidad dentro de una ínsula, dadas sus limitaciones para procurarse información por sí misma. El mito es un elemento legítimo de una cultura y se incorpora a su historia conviviendo con la realidad. Fue casi mítica la atracción que impulsó las hazañas de cruzar bosques y sabanas tras Eldorado, como tuvo su parte de mito el ensueño de Colón de haber encontrado las tierras de Cipango. Pero el mito enriquece una cultura, cuando ésta tiene además otros mecanismos para distinguirlo de la realidad y no cuando la sustituye con la persistencia de sus espejismos. El mito de la riqueza argentina confunde, porque es parcialmente una verdad. Frente a tierras europeas y asiáticas castigadas por el trabajo constante de muchas generaciones y la acumulación de habitantes, las tierras argentinas eran milagrosas, verdaderamente de pan llevar. Trabajada para una población exigua, la horizontalidad de la pampa parecía inacabable. Su deslumbramiento no terminaba en la República, sino que conmovía a los banqueros de Europa. Con sus fondos, con su técnica y la mano de obra inmigrante, se haría posible al fin, la noble y gloriosa Nación que estábamos llamados a ser. Cuando llegó la hora de las desventuras provocadas por nuestros propios desvaríos, la fuerza del mito no cedió. No se formaron los mecanismos críticos que en una cultura toman a su cargo la investigación de los errores y la capacidad de su corrección racional. En su lugar se buscaron los culpables, a menudo a través de una vehemencia irreflexiva que entroncó fácilmente con una tradición que siempre atribuía a los enemigos sus equivocaciones. No se trata de negar la evidencia de que existen enemigos y que los grandes países industrializados persiguen sus intereses particulares mucho antes que la justicia y el bienestar de la especie humana. Pero un sistema social integrado, tiene defensas que neutralizan los desafueros y no les asignan más responsabilidades en sus infortunios que las que les corresponden. Si la insularidad disminuye el campo de referencias, premisa imprescindible para construir tablas de valores válidas también en otras sociedades, la incertidumbre, el cambio continuo de gobiernos y la consiguiente falta de un orden jurídico estable, mantuvieron la afirmación de García en su descripción de la ciudad indiana: La sociedad se educa en el desprecio de la ley: idea tan dorminante y arraigada que a poco de andar se transforma en sentimiento... En el porteño, tal sentimiento engendró la figura de la viveza, extraña mezcla autóctona, que une a una total falta de respeto por el prójimo y sus derechos, una certera rapidez para percibir una posible ventaja y no dejarla escapar. Ella esterilizó aptitudes inventivas en maniobras de dudosa moralidad que generaban la sobrestimación en el agente y el resentimiento y la frustración en la víctima. Así el "vivo", difundido y multiplicado por la tolerancia de un tejido cultural débil, se instaló en él, festejado por sus travesuras que compensaban las propias frustraciones de sus espectadores u oyentes de su narrativa, e impregnó muchos rasgos de la vida diaria de la ciudad hasta convertirse en un personaje siempre presente . Es interesan te observar este complejo fenómeno de invasión y seguir sus múltiples variaciones en todos los planos de la vida social Es cierto que la picaresca no es solamente nuestra, todas las culturas tienen sus tipos de picardía, pero en otras sociedades existen defensas que la laxitud social argentina no permite ejercitar. Otro tanto ocurre con la envidia, contra la cual nos previno Ortega y Gasset en 1939. Es difícil afirmar que individualmente somos más envidiosos en esta país que en el resto del mundo, pero es evidente que una cultura tan fragmentada como es la nuestra, produce conflictos que son una fuente constante de envidia y de resentimientos. El autoritarismo resulta una vez más el propulsor de esta situación, al encaramar a las más altas posiciones a mediocres e ignorantes, cuya arrogancia es pareja a la estrechez de sus perspectivas. Un sistema social fuerte y flexible, resiste agresiones que otro débil y rígido no puede soportar. La picaresca nacional ha invadido también al Estado. No existe de su parte responsabilidad fundamental que le haga cumplir con eficiencia los servicios a que lo comprometen los impuestos y las tasas que exige de los ciudadanos. La desaprensión con la que las oficinas públicas atienden a quien llega desprovisto de recomendaciones adecuadas, es pareja con la mora indescriptible de los trámites más sencillos. Los increíbles inconvenientes en las comunicaciones telefónicas, tienen un costo invisible que recarga inútilmente la economía nacional. Las empresas estatales son ineficientes y deficitarias. La insularidad en la que se desenvuelve nuestro país la pagamos con un altísimo precio. No solamente porque estamos colocados fuera de los circuitos racionales que aceptan los hechos como tales, sino, porque aquellos hechos cuyo impacto es insoslavable, los rodeamos de capas míticas que distraen nuestra propia atención y la dirigen una vez más a denunciar a los enemigos, rechazando la realidad por evidente que sea. A esta actitud adolescente la justificamos como defensa de nuestra soberanía cuando en verdad es mera defensa del amor propio. Este nacionalismo mal entendido, porque sólo deteriora y nunca fortalece, es nuestra respuesta colectiva a los infortunios que provocamos con una concepción emocional de la Patria, que no es precisamente la que hizo posible el cruce de los Andes y las horas plenas de la República. El sentido circular de la historia argentina que este ensayo analiza, acaba con la elección sin proscripciones del 30 de octubre de 1983. Se abre con ella la posibilidad de quebrar ese destino que se ha descripto en esta obra y que una vez más se ha repetido. Agobiado por la imposibilidad de administrar sus propias contradicciones, el régimen militar optó por hacer este último llamado a elecciones, previsto en su programa genético como una de las soluciones posibles. Fue una consecuencia inevitable de sus errores y no de su capacidad de aprendizaje y nunca llegó desde 1930, más cerca del caos total. El resultado de las elecciones, precedido por una campaña tan hábil como febril de la Unión Cívica Radical, finalizó con su rotundo triunfo político. La magnitud de su éxito la debió a la presencia de una figura que mostró tener el misterioso fenómeno del carisma, ya analizado en estas páginas en sus tres grandes versiones de Rosas, Yrigoyen y Perón. Con Raúl Alfonsín emergió un líder natural de los que aparecen en tienpos de aflicción psíquica, física, económica, ética religiosa o política como lo describe Max Weber. Es el caudillo con el estilo sereno que necesitaba una gran parte del sistema social, harta de violencia y de corrupción, azorada por la forma autoritaria y desdeñosa de las libertades civiles que había desplegado la campaña del Justicialismo, bajo el signo de la imposición coercitiva de figuras que hacían reaparecer el espectro más salvaje de la compulsión. La otra cara del voto que se comenta refleja la actitud de una cultura que no ha podido madurar por haber sido estimulada en una dependencia a líderes autoritarios como Perón o en un sometimiento al que lo condenaba la opresión y la censura de los regímenes militares. Raúl Alfonsín no puede evitar ser ese líder que entronca con los grandes caudillos de nuestra historia por la espontaneidad de su manifestación como tal y por los fortísimos lazos efectivos que creó en tan poco tiempo con una gran masa de la población argentina. Está en sus manos moderar la proclividad de ésta a la dependencia si acentúa sus rasgos de gran dirigente renovador y no simplemente de un caudillo modernizado formalmente. Es solamente así que podrá aprovechar la frescura y el ansia de cambio de las generaciones jóvenes incitándolas a desarrollar su creatividad y abriéndoles oportunidades que han permanecido cerradas hasta ahora. El Justicialismo por su parte, con casi un cuarenta por ciento del electorado nacional, puede transformarse en un partido real que no ha podido ser hasta ahora por su estructura jerárquica nudamente autoritaria. Abriendo el paso a su parte más preparada para analizar los problemas y promoviendo la educación de sus cuadros podrá evolucionar hacia formas de una social democracia contemporánea y ser una efectiva oposición parlamentaria, apta para compartir el poder. La proximidad del siglo XXI y los graves acontecimientos que han ocurrido en el mundo a partir del fin de la última guerra, han creado un escenario nuevo en Occidente, especialmente a partir de la última crisis petrolera que obligó una brusca modificación de presupuestos y proyecciones que parecían inmutables. La Argentina, uno de los pocos países que tiene riquezas en energía que se dilapidan de una manera por demás irracional, como el gas que desparraman los vientos de la Patagonia, se entretiene en fútiles disputas y en copiosas malversaciones que aumentan las deudas exteriores sin incrementar el aparato productivo que debía pagarlas. La Nación ha llegado a un punto en el que su airada forma de nacionalismo primitivo no tiene viabilidad. Tanto más, si se tiene en cuenta el hecho de que sus estruendosas manifestaciones no han impedido que cediéramos ventajas al exterior, que nos han empobrecido, por desidia o por incompetencia. O por alguna otra de las torpezas a la que nuestra cultura nos ha acostumbrado, batiendo tambores de guerra contra el mundo entero mientras anulamos a los verdaderos valores humanos, condenados a una constante frustración. Los puntos más sensibles de nuestra debilidad están en la carencia de un Poder Judicial independiente. Impregnado por las características de la cultura a la que pertenece, es una valla intermitente y morosa frente al abuso. Su temprana aceptación del autoritarismo, significó el apoyo del derecho a su propia violación. Los innumerables efectos de esta complicidad dan lugar a un estado crónico de indefensión del ciudadano ante los excesos de terceros, —en especial, de los aparatos llamados de seguridad—, y prolongan indefinidamente un desorden en la cultura entera que se manifiesta en su deterioro progresivo. Es por todas estas consideraciones que se impone el restablecimiento de un umbral jurídico, sin el cual serán vanas las tentativas que pueda intentar el sistema social para recuperarse. No hay tarea más urgente que el fortalecimiento del Poder Judicial, dándole independencia y estabilidad, retribuciones acordes con su importancia social y llevando a los estrados judiciales a hombres capaces de ejercitar la ciencia y el arte de juzgar. Es por demás necesario que el subsistema militar, único que por sí tiene la fuerza de la coerción armada para lograr sin mayor esfuerzo el dominio físico del Estado, lleve a todos sus miembros y en especial a los más jóvenes, a la reflexión de que la historia enseña que ese dominio es más aparente que real y que es siempre provisorio. La constitución de las cosas es tal, que la formación autoritaria, jerárquica y reglamentaria, que exige la disciplina militar, paradójicamente, sólo puede alcanzar su máximo nivel de eficiencia, cuando el sistema social tiene el grado de libertad que permite el consenso de grupos divergentes y el mútuo respeto entre los poderes del Estado. La prueba más fehaciente de esta afirmación, es la derrota de las Islas Malvinas, sufrida bajo el imperio de un gobierno militar, cuyo poder supremo era coparticipado por los comandantes de las tres fuerzas armadas de la República. El tercer campo al que hay que llevar ahora sí una profunda revolución, es el de la enseñanza en todos sus niveles hasta el postgrado. Las técnicas contemporáneas han elaborado instrumentos de extrema exactitud, capaces de ramificar las redes de interrelación del cerebro humano. Es ahora posible con el uso adecuado de computadoras, ampliar el espectro de la instrucción de nuestros niños y de nuestros jóvenes, para que las nuevas generaciones puedan salir del estado semi-tribal en el que la educación argentina ha estado sumida durante muchos años como resultado de la combinación de ideología y desorden. Pero estos programas exigen también libertad; deben ser administrados sin trabas mentales, sin prejuicios, generosamente, abriendo la puerta al talento y a la creatividad, gracias siempre sospechosas en nuestra cultura, protegiendo las instituciones que investigan y facilitando el ingreso de equipos que multipliquen la capacidad actualmente ociosa de hombres y mujeres sensibles e inteligentes, neutralizados hasta ahora por los bloqueos de una cultura estancada. Derrotar la insularidad ancestral significa ampliar el campo de referencias y dotar a la juventud de medios de encontrar la verdad, no clandestinamente, donde los darán productos falsificados, sino en la discusión, en la duda, en el acceso a la renovación de conocimientos y con ellos a una vida humana más plena. No se trata entonces de movilizar a la juventud solamente para defender una patria a la que nosotros mismos atacamos cada día con nuestra desidia o con nuestra arrogancia, con la indiferencia o con la cobardía. Se trata de incitarlos a examinar su conciencia, para que se pregunten que pueden hacer para construir un país con un alto grado de libertad y civilización. Esta libro comenzó con una frase escrita en el siglo diecisiete y va a terminar con pocas palabras de un poeta de la misma época, ambos contemporáneos de los tiempos de germinación de nuestra cultura en este suelo. Ellas revelan simplemente que el espíritu estaba pronto desde el principio aunque pocos lo percibieran y afirman que todos somos protagonistas y responsables de nuestro destino. Dijo John Donne: Ningún hombre es una Isla completa en sí misma, APENDICE OTRO DESARROLLO DEL CONCEPTO ANTROPOLOGICO DE CULTURA Si bien a los efectos discursivos del ensayo Coincide con lo que Edgar Morin denomina la pensée
ecologique 1 - Otro enfoque de la cultura La cultura va a ser tratada con un enfoque diferente. Se parte de la base de la necesidad de incorporar a la antropología cultural nociones que resultan de los avances de la investigación contemporánea en los diversos aspectos de la vida. Si se procura describir al hombre y su mundo, que es lo que constituye el campo de la antropología, nada más urgente que averiguar qué y cómo percibe el sujeto humano dentro y fuera de él. Para ello, enterarse de las informaciones procuradas por la ciencia y por la técnica actuales resulta imprescindible. Porque el mundo del hombre no es solamente humano y sus culturas tampoco. Las construye trabajosamente conviviendo con otras especies de seres vivientes, visibles e invisibles y además es condicionado por los relieves de la tierra y el agua que le rodean. Es entonces un conjunto interrelacional el que da forma a una cultura en un espacio y tiempo dados. Así han de incorporarse a la antropología cultural contemporánea las informaciones que provienen de disciplinas que han logrado gran desarrollo en las últimas décadas y en las cuales trabajan miles de investigadores en todo el mundo usando instrumentos de alta sofisticación y haciendo experimentos de singular elegancia. La ecología que observa a los seres vivos y su ambiente; la etología que registra el comportamiento de especies animales; la biología molecular que revela la interioridad de las células; la neurología y la neurocirugía que exploran el cerebro; la inmuno-histoquímica que emplea técnicas novedosas para identificar sustancias; las discusiones sobre la extensión de la conciencia humana y en fin, la física del siglo XX que integra al observador y a su experiencia, están modificando las fundaciones mismas de nuestros conocimientos. Lo material y lo inmaterial se están revelando como ordenamientos distintos de una igual energía, como formas diferentes de una misma creación. Es oportuno citar ahora palabras del gran físico Niels Bohr: Ocurre aquí lo que se produce tan a menudo en la historia de la ciencia cada vez que nuevos descubrimientos han revelado una limitación fundamental de ciertos conceptos cuya validez general había sido considerada hasta ahora como indiscutible y es que nuestra visión se extiende y nuestro poder se acrecienta para relacionar entre sí fenómemos que antes podían hasta parecer inconciliables. Dudar de lo conocido puede ser más atrevido que investigar lo desconocido, decía Kaspar. El avance de la ciencia es siempre revisionista. Los organismos vivos y su contexto inanimado interactúan constituyendo un ecosistema. Así entonces para este libro, cultura es un ecosistema que comprende sistemas humanos conjuntamente con sistemas vivientes de su contexto biofísico y sistemas no vivientes de ese mismo contexto físico. La cultura como ecosistema humano-biofísico, es una perspectiva que resulta de una abstracción compleja de sistemas humanos y no humanos, vivientes y no vivientes. Comprende las creencias, mutuas influencias y en general la totalidad de su comportamiento observable en un espacio y tiempo dados. Es la hipótesis de este trabajo que este enfoque global de una cultura es una herramienta válida para discurrir sobre la evolución de cualquier comunidad humana. La comunidad que se observe sea cual fuera aparecerá como articulación de partes que se conjugan o se combaten para cumplir diferentes funciones. Usan diferentes lenguajes para su comunicación, sistemas económicos en la distribución y producción de bienes, sistemas políticos en las formas del poder y de la autoridad, sistemas jurídicos en la enunciación de derechos y obligaciones, sistemas de parentesco en su organización familiar y otros muchos sistemas y subsistemas más o menos formalizados y más o menos transitorios que influyen en su funcionamiento total. Estos sistemas humanos transcurren en un contexto espacial y en un tiempo determinado y coexisten con seres vivientes no humanos con los cuales intercambian energía, elementos e información. Esa coexistencia se lleva a cabo en un contexto físico donde existen sistemas hidrográficos, orográficos, etc. de los que los sistemas vivientes extraen energía, elementos e información. El comportamiento de los sistemas humanos se manifiesta sólo parcialmente si se le aísla del resto del ecosistema. El estudio de los sistemas humanos observa su modo de ver el mundo, el Universo, a sí mismos, sus creaciones míticas o imaginarias, sus productos e investigaciones y en general al uso de la información a la que tiene acceso. 2 - El espacio de una cultura El espacio de una cultura abarca el territorio entero en el que se desarrolla y aquel espacio no inmediato que los sistemas humanos contienen en su concepción del Universo. Las culturas medievales no contenían el espacio americano. Las hoy contemporáneas contienen el espacio interplanetario explorado por satélites. 3 - El tiempo de una cultura El tiempo es el que marca la sucesión de los días y las noches y también el interno y subjetivo. La noción del tiempo ha cambiado desde las afirmaciones de la relatividad. Su consideración subjetiva también es un objeto de la reflexión contemporánea de muchos investigadores. Las culturas mayas y mexicanos o las orientales como la china han sacralizado el tiempo ligándolo a la adivinación. El tiempo es protagonista de la magia, la alquimia y la religión. Es en el tiempo donde ocurre lo que acontece. Es allí donde el azar produce una ruptura o una discontinuidad imprevista. La detonación de la bomba atómica en Hiroshima fue para su comunidad un azar que produjo una fractura irreversible. El azar es un agente inaprehensible antes de su manifestación. Es móvil y ubicuo, proteico y no se puede asir. Por lo tanto es un protagonista invisible del ecosistema cultural que acaso se pueda captar por percepción extrasensorial al que la magia y los encantamientos han perseguido desde que el hombre inventó su humanidad. 4 - De la concepción del Universo La comunidad humana que se agrupa en un territorio dado tiene una particular concepción del Universo y usa imágenes y símbolos a través de un lenguaje con el que expresa su representación del Cosmos y su propio lugar dentro de él. El grado de desarrollo intelectual de la cultura en análisis, sus creencias mágicas o religiosas, sus mitos y leyendas, la calidad y riqueza de su lenguaje, su información científica y su organización política influyen en su cosmovisión. Las traducciones del árabe en los siglos 13 y 14 modificaron la visión medioeval del Universo pero no alteraron las de los Incas o de los Ainus del Japón. La cosmovisión de una cultura no es uniforme tampoco en sus individuos. Depende de su ubicación en los sistemas sociales o políticos de su cultura y de sus condiciones genéticas. Cada cultura se ve a sí misma de maneras que su propia historia le inspira y se juzga de acuerdo con tablas de valores también móviles. La visión que Roma antigua tenía de sí misma no era la misma en la época de Augusto que cuando la invadieron los visigodos en 410. Forma parte de la visión que una cultura tiene de sí misma, la concepción que tiene del mundo y del lugar que ocupa en él. La información por medio de satélites y de televisión ha ampliado la cantidad de imágenes disponibles sobre el resto del mundo. Pequeñas comunidades perdidas pueden asomarse a lugares muy lejanos y hacer comparaciones con otras culturas espacialmente remotas. 5 - En donde se discurre acerca de los signos y de las señales y su importancia en la evolución Para los biólogos, la información es la base de la vida y los seres vivos aparecen ligados por una corriente triple de materia, energía e información. La información se transmite por signos o señales, del latín signum y significar llega de signum y facere de signo y hacer. Si la vida depende de los signos, nacieron juntos mucho antes de tener nombres. Las algas azul-verdosas que son las primeras formas de vida que surgieran, usaron signos hace tres mil millones de años. Cuando aparecen los corales en el paleozoico, dos mil quinientos millones de años después, ya muchos signos se habían diseñado y experimentado. Toda la vida anterior al hombre, anfibios, reptiles, insectos, peces, primates, mamíferos, pájaros y monos fueron multiplicando el mensaje. Con el tiempo aparecieron los símbolos y después los ritos. Antes que Darwin hiciera el viaje en el Beagle -1831/1836- Lamarck había formulado sin llamarla así, una teoría de la evolución. Había sido Buffon, su maestro, quien había observado la variabilidad de las especies. En la lección inaugural de su curso en el Museo de Historia Natural afirmó las primeras nociones transformistas y planteó como teoría, una observación sobre la tendencia de los seres vivos a adquirir formas cada vez más complejas. Lamarck concibió además la idea de que los rasgos adquiridos eran hereditarios. Propuso como ejemplo el cuello de las jirafas, prolongado —según él— por la intención de comer ramas fuera de su alcance. Esta noción fue totalmente rechazada por la ciencia hasta ahora. A. Koestler cita sin embargo a un australiano,—E. J. Steele— que sostiene que en ciertas especies la inmunidad adquirida contra algunas enfermedades puede trasmitirse de una generación a otra. Esta afirmación aparecida en 1979 podrá alimentar una corriente neo-lamarckista. Darwin y Wallace llegaron casi al mismo tiempo a la convicción que en palabras de Darwin es creer que los órganos e instintos más completos hayan sido perfeccionados... por medio de innumerables pequeñas variaciones. Esta idea existía ya, pero Darwin la desarrolló y la fundamentó con enorme cantidad de ejemplos recogidos en su viaje. Así logró provocar una revolución en la Inglaterra victoriana. Se cuenta que al oír la noticia que afirmaba que la humanidad descendía del mono, la mujer del Obispo de Worcester había dicho ¡descender de los monos!; esperemos que no sea cierto, pero sí es, recemos para que nadie se entere. El darwinismo también evolucionó a raíz de descubrimientos posteriores: las afirmaciones de Mendel sobre las invariantes de los genes como portadores de caracteres. La identificación de las funciones químicas de los ácidos nucleicos por experimentos de Avery y Mc Leod en 1943, y sobre todo por la decodificación de los mecanismos informativos del ADN hecha por Crick y Watson en 1953. F. Jacob señala que el neo-darwinismo no es otra cosa que Darwin después de Mendel y la biología molecular. El neo-darwinismo o la teoría sintética sostienen que la evolución se hace por innumerables pequeñas variaciones como decía Darwin, a través de millones de años. Pero en 1972 dos paleontólogos americanos N. Eldredge y S.J. Gould propusieron un modelo diferente afirmando que si las innumerables pequeñas variaciones explicaban la micro-evolución, la macro-evolución, es decir la que significa una mutación profunda de caracteres básicos, se hace por fulguraciones, es decir, por súbita transformación de pequeños grupos de una población que se exilia y en contacto con otro medio originan una especie diferente cuyas características se trasmiten genéticamente. En Berlín en 1981 y en octubre de 1980 en Chicaqo, se hicieron coloquios interdisciplinarios de más de 150 especialistas en diferentes materias, en los cuales se discutió la teoría neo-darwinista sobre la base de que la observación de los fósiles no confirma las ideas gradualistas. De todas maneras... la biología molecular confirma la unidad de la vida desde esas algas azul-verdosas debutantes hasta el hombre. La maquinaria bioquímica es funcional y estructuralmente la misma desde la más modesta bacteria a César Imperator. Esa vida utiliza la mayor variedad imaginable para trasmitir información: signos y señales químicas, visuales, olfativas, sonoras y táctiles establecen una red ininterrumpida de mensajes Urbi et orbi. La etología que estudia el comportamiento animal derivó de la zoología, antes casi puramente clasificatoria y tiene registradas miles de formas de comunicion animal. Los pájaros que proclaman cantando su territorio, o los peces que se reconocen por sus marcas y colores. O el caso de la hembra de la polilla Bombix Mori que atrae a los machos emitiendo un alcohol. O la manera de los machos de las luciérnagas que emiten luz cuando buscan compañeras sexuales y a veces se acarreana problemas complicados porque, ocurre que las hembras de otras especies de luciérnagas contestan en el mismo código, pero cuando llegan los machos en vez de darles amor, los devoran. Las cucarachas escapan de la lengua pegajosa de los sapos porque perciben a estos por medio de pelos sensibles al golpe de aire del sapo que se desplaza. Admirable en su complicada poesía son las danzas con las que las abejas trasmiten a sus compañeras la dirección y la distancia en que hay flores con polen o con néctar. Bailan sobre las paredes verticales de las colmenas una coreografía circular cuya clave es reconocida por las demás que poco después emprenden su vuelo nutricio. 6 - El nuevo instrumento El homo sapiens Neanderthalensis tenía un volumen de cerebro 7,50% mayor al del hormo sapiens-sapiens actual. No se sabe a qué se debió esta ligera corrección. Aquel tenía ya todas las características humanas, pasadas ya las versiones intermedias, desde las épocas del Ramapithecus. Se habían extinguido los Austrolopithecus, tanto el Africano de Olduvai como el Robustus australiano y también el Homo Habilis contemporáneo del Africano, pero capaz —a pesar de 750 cm3 de cerebro— de inventar herramientas. El Homo erectus tardío alcanzó 1100 cm3 y el volumen se estabilizó con el hombre de Cro-Magnon en 1450 cm3 alrededor de los 30/35.000 años A.C. El volumen no es por cierto un elemento del cual se pueda inferir una superioridad —los delfines, por ejemplo tienen mayor volumen físico de cerebro—. Pero cuando se estudia anatómicamente a éstos inteligentes cetáceos, como lo hizo Jansen, se encuentra que una gran parte de los hemisferios cerebrales son usados para la localización auditiva. De todas maneras los individuos clasificados como homo sepiens el Neanderthalensis y el Sapiens sapiens, tenían un cerebro completo, al que sólo faltaba la experiencia de su uso. O, dicho de otra forma, el instrumento estaba listo pero no el ejecutante. Resulta difícil imaginar ese itinerario de reconocimiento paulatino de las piedras, de las plantas y de los otros hombres. Esa invención de códigos que un día se multiplicarían en lenguajes y dialectos y que aún no eran otra cosa que sonidos dispersos. Esa invención inédita del hombre que desplegaba milímetro por milímetro su humanidad inexistente poniendo un minúsculo ladrillo sobre otro. Porque ese cerebro, aún órgano anónimo, lo usaba sin saber lo que estaba usando. Sin modelos para imitar, ni manuales que le indicaran qué podía esperar de él ni a qué pruebas debía someterlo. Una pequeña ventana hacia afuera que iba teniendo cada vez un poco más de luz, que le dejaba entrar más cosas de afuera. Esos hombrecillos eran todo: conquistadores; descubridores; inventores; rodeados de ruidos atemorizantes, relacionando algo aquí con algo de allí, el trueno con la lluvia y la lluvia con la sed. ¿Y el primer cazador, cómo hizo? ¿por qué? ¿acaso por imitación de otros carnívoros? ¿Y el fuego de dónde lo obtuvo? ¿Precipitándose a un tronco en llamas? ¿Cuál fue la infinita cadena de tentativas que lo llevó a obtenerlo por frotación? ¿Cuántas veces murió de frío antes de usarlo para calentarse en invierno? Aprendió mucho. No se sabe en cuánto tiempo. Las costumbres de los animales y el modo de reproducirse. Dónde guarecerse en las tormentas o en las noches crudas. Quitó la piel a otros animales y se las puso encima para abrigarse. Distinguió los colores y se orientó para volver después de la caza. Cuando distinguió los colores fue capaz de usarlos y con ellos reprodujo en el fondo de las cavernas las escenas de caza. Si lograba pintar un bisonte podría cazarlo después. Era como una trampa, le apresaba el alma. Así se convirtió en hombre de ciencia que manipulaba pigmentos y creaba su propio universo de color. Se hizo artista admirando su propia creación sin poderlo decir con palabras. Y se hizo mago viviendo la exaltación del poder creador. Así fue confiado a la caza porque los animales estaban debilitados aunque no lo supieran. ¿Pero si esa policromía invasora de sus sentidos nuevos lo consumía? ¿Y si esos animales cuyo soplo quería apresar, para defenderse lo destruían? Allí nació la duda, y con ella la ambigüedad, privilegio humano, incitación a la libertad, a decidir entre lo que puede ser así o de otra manera. Nada menos que el fundamento de la diferencia, la fuerza de la investigación y del descubrimiento. ¡Apenas la fuente del asombro! Muy pronto se enteró de lo que era la muerte. La misma forma que antes, sólo que ya no se movía. ¿Dónde había ido el soplo? Lo temió. En Neanderthal ya enterró sus muertos. Para que no se lo comieran los animales. Y también para que el soplo siguiera su camino. En su lenguaje entrecortado pudo comunicarse cada vez mejor. Al acumular palabras acumulaba recuerdos y con ellos construía la memoria. Relacionó causas y efectos y los incorporó unidos en su repertorio de habilidades. Ya era un técnico. Verificó la existencia de acontecimientos inexplicables. Usó una y otra vez los mismos gestos y los mismos sonidos para protegerse de lo que le hacía daño. Fue entonces mago y después sacerdote. Nadie sabe cuánto tiempo ni cuántos afanes le llevaron estas invenciones. Su aspecto fue cambiando y su cerebro se hizo cada vez más articulado. Estaba en el camino de su humanización. Habrían de pasar miles de generaciones antes de que se pusieran palabras a sus experimentos y se los ordenase en teorías. La comunicación entre sus neuronas cerebrales se fue extendiendo con el ejercicio, sin tener nombres ni para ellas ni para lo que percibía. Pensaba sin saber que ya estaba pensando. El hombre se hizo así ejecutante de su propio cerebro, ese instrumento con un nivel de complejidad dinámica inconmensurablemente más grande que nada que se haya descubierto en el Universo o creado en tecnología de computadoras, como dice el neurólogo Sir John Eccles. Entre el asombro y el amor, el hombre reconoció a sus semejantes. Aprendió a distinguirlos de los demás animales y se reunió con ellos en el mutuo regocijo del encuentro. Cazó, cocinó, se reprodujo. Observó a la naturaleza, gozándola y sufrióndola. Aprendió muchas cosas y olvidó muchas otras. Era el alba del largo día de la humanidad. El ensayo de una convivencia con otros hombres y mujeres. También con los animales y las plantas; con el sol y con la luna. Con el agua de los ríos y las vertientes y las rocas de las montañas. Con el viento, con la lluvia o con el mar de donde había salido sin saberlo ni enterarse. Era todo eso lo que necesitaba para tejer la trama inmensa de la cultura humana. BREVE NOTA BIBLIOGRAFICA Y BIBLIOGRAFIA La frase de Spinoza que guió el espíritu de toda la obra, actuando como un objetivo central de su estructura, la encontró el autor en la lectura de un artículo de Julián Marías que apareció en el diario La Nación. La cita de John Bonne con la que termina el libro, es de uno de sus sermones. La lista bibliográfica es la que efectivamente ha tenido el autor al alcance de su mano durante los dos años que le llevó la realización de este ensayo. Se trata de libros leídos y subrayados, de muchos releídos y de otros que fueron consultados en ciertos capítulos o aún en ciertos párrafos solamente para corroborar una cita o una información. La referencia más constante que usó el autor, fue la excelente colección dirigida por Félix Luna, llamada Memorial de la Patria en su edición de La Bastilla y en los treinta tomos que van de 1804 a 1962. Se trata de un conjunto escrito por distintos especialistas cada uno de los cuales cubre un lapso relativamente corto de nuestra historia. Ello concentra información y análisis. La lectura de esos libros fue hecha pasando a cuadernos en forma suscinta las fases salientes de cada período y en tinta colorada lo que el autor consideraba invariantes que se mantenían en una huella persistente y que eran rasgos manifiestos de la cultura argentina. Así se aislaron las tendencias autoritarias; el carácter conflictivo; la afirmación de sí mismo frente a la ley y frente al prójimo como actitud espontánea, etc. Esta forma de investigación resultó útil para trazar como si fuera a vuelo de pájaro, el itinerario que formó la Argentina actual. Estas lecturas y sus complementarias afirmaban o negaban las hipótesis de las que partió el autor, o sea sus prejuicios, algunos de los cuales se confirmaron, mientras otros fueron rotundamente contradichos por informaciones que él desconocía al comenzar su análisis. En ningún momento trató de mantenerlos artificialmente. Esta consciente preocupación, lógicamente no exime al autor de sus inclinaciones subjetivas implícitas en su naturaleza humana. Otras obras de consulta general fueron la Historia argentina de José Luis Busaniche, una de las favoritas del autor, la publicada por la Academia Nacional de la Historia; la Historia de la Argentina 1515-1943 de Ernesto Palacio; la Breve Historia de la Argentina de José Luis Romero, autor que por otra parte es singularmente agudo y la otra, también Breve historia de la Argentina de Julio Irazusta. La lista bibliográfica comprueba que el autor no rechaza ninguna afirmación o negación por causas ideológicas. Considera que el margen de libertad que ya tiene el hombre por su propia condición, es suficientemente reducido como para que no tenga mayor sentido limitarlo aún más. Por eso, en su casa no hay ninguna clase de censura para nadie, ni verbal, ni escrita. -A-
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BUENOS AIRES - ARGENTINA NOVIEMBRE 1983
La República Argentina, la tierra de los ganados y de las mieses , es desconcertante para todos los extranjeros sin excepción y mucho más para todos los nativos. La literatura nacional cuenta con una colección de estudios especializados que analizan agudamente los distintos aspectos de nuestra realidad y muchos de nuestros fantasmas. Pero no abundan los trabajos que intenten comprimir tan rica información, ordenándola en tal forma que indique algunas claves válidas o al menos discutibles. El autor de este ensayo se ha propuesto esta meta. Lo movió quizás una admirable frase de Spinoza que encontró una vez al azar Ella dice: "No llorar, no indignarse, sólo entender" Al disponerse entonces a tratar de entender este país, al que ha visto siempre tan desmejorado, se le ha ocurrido hacer una historia clínica, investigando su génesis, las secuencias de sus males y sus frágiles recuperaciones. A la interpretación que resulta de este ejercicio de libertad- lujo infrecuente en nuestra cultura autoritaria-, se le puede aplicar lo que decía Vincent D' Indy de la crítica musical. "Es la opinión cualquiera de un señor cualquiera." Esta opinión cualquiera, es la respuesta de este señor cualquiera a una pregunta que urge contestar : ¿Qué pasa con la Argentina?E.T.
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